Debate Público

La cizaña, el trigo y un discernimiento para ser fieles a Cristo y a Cuba

Néstor Pérez González | 17 febrero, 2020

Foto de Yoandy Izquierdo Toledo.

Las Iglesias en Cuba, desde sus distintas denominaciones cristianas y la Iglesia Católica, han vivido un duro proceso en estas seis décadas de un sistema de matriz atea, en medio del cual ha sido difícil progresar en el camino de la fe y un estilo de vida social que permita la realización coherente de los valores y principios inspirados en el humanismo cristiano, así como el sano desarrollo de nuestras comunidades, las cuales han vivido acompañadas por la sombra de la penetración de la Seguridad del Estado y el secretismo como concepto más confrontativo.

En una primera etapa, la intolerancia del sistema apostó todo a su superioridad como proyecto “salvador” del pueblo y como “certeza” ideológica de que destruiría a la fe a base exclusión y ataque. La segunda etapa la enmarcaría en estos últimos treinta años y fue caracterizándose por una tolerancia que ha mezclado “palo y zanahoria” para la Iglesia y sus comunidades, así como una cierta relativización ideológica hacia la fe, más de forma que de contenido, por parte del Estado.

Ambas etapas de un mismo proceso han sido difíciles, pero el testimonio y compromiso de unos pocos que dieron su sí a la fe, los jóvenes segregados que no pudieron estudiar o trabajar en lo que deseaban por ese convencimiento de no remplazar lo trascendente por lo efímero, o hasta dos o tres ancianas acompañadas de algún nieto entrando al templo, con o sin sacerdote, para orar en una sencilla celebración junto a algún que otro pastor o sacerdote que pudo y decidió permanecer en Cuba, bastaron para superar el fracaso y el vacío de una ideología que apostó todo, a que por represión, por el miedo o por la relativización moral de muchos, las Iglesias y la fe desaparecerían. Pero no desaparecieron y el fracaso se hizo evidente cuando en la década del 80 en una pujanza sin precedentes en la historia de la Iglesia en Cuba y a tono con el Concilio Vaticano Segundo, la Iglesia Católica alcanzó desarrollar un profundo y arraigado proceso de reflexión eclesial (REC) desde sus más pequeñas comunidades de base hasta llegar al Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) en febrero de 1986.

El ENEC marcó un antes y un después esencialmente ante una ideología que se propuso ser el nuevo Dios y cuyo centro no estaba en alimentar una espiritualidad y un protagonismo ciudadano, sino destruir todo ente de virtud personal para ser una masa o colectivo seguidor de la ideología oficial. El intento fue superado esencialmente desde el testimonio y la cruz de más de dos décadas. El mayor evento eclesial (ENEC) era un hecho fecundo y fue la cruz, el anonimato y el amor a Jesús de una resto fiel de personas humildes, desposeídas del reconocimiento de los nuevos “paradigmas” sociales y poco “preparadas”en su mayoría a los ojos del mundo.

Al término de este evento, el 23 de febrero de 1986, momento complejo a nivel mundial ante el desmoronamiento del comunismo en Europa, el Estado cubano supo evolucionar a tono con su supervivencia hacia una relativa tolerancia. Como que la historia probablemente se repite, los cubanos pudimos pasar “la prueba de los leones” como sucedió en los tiempos del imperio de Roma.

En la década del 60´ fueron creadas las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), similares a campos de concentración a las que fueron llevados una amplia gama de creyentes jóvenes, homosexuales, contrarrevolucionarios, todos mezclados. La difamación constante para dañar la imagen de las iglesias, la persecución y la vigilancia extrema y explícita a las comunidades cristianas y muchas otras iniciativas no habían aportado el resultado esperado. La estrategia no fue volver a la persecución explícita de la fe ante tal impulso misionero. Todo indica que, a partir de la reforma de la Constitución de 1992, un leve giro hacia la tolerancia dio lugar a una sólida estrategia de negociación.

El reconocimiento de cierta libertad de culto no se trataba de un cambio conceptual como política para enmendar un camino hacia lo plural y necesario como lo concibió el Padre Varela en sus “Cartas a Elpidio” cuando expresó: “No hay Patria sin virtud, ni virtud con impiedad”. También nuestro Apóstol, José Martí, cuando expresó en sus escritos; “todo pueblo necesita ser religioso sino, nada en él alimenta la virtud”.

En esta nueva etapa, una serie de realidades se aglutinaron y presentaron nuevos desafíos que aún hoy persisten. Una gran cantidad de personas, entre el entusiasmo y la nostalgia, hacían explícita su fe, a su modo: la estampita guardada, el gesto piadoso, su historia con su abuela o sus serias razones para haber permanecido callado por tantos años. La Iglesia vivió ante sí misma el duro reto de un trabajo que supera sus fuerzas y la escasez de sacerdotes, religiosas y laicos misioneros, las mismas que Jesús supo tratar, cuando dijo: “son muchos los llamados pero pocos los escogidos”, aquellos que están dispuestos a reconocer en las Bienaventuranzas o en el Juicio final del Evangelio de Mateo, capítulos 5 y 25, respectivamente, el nuevo camino de la felicidad perfecta, la alegría duradera y el triunfo del amor.

Del ENEC, la Iglesia Católica tenía mucho para trabajar, quienes se adelantaron a profundizar y encarnar aún más y evangelizar los distintos ambientes a tono con una auténtica libertad religiosa, pronto sintieron el peso de las dificultades propias de un Estado ateo en contenido, que reprimía solapadamente, limitaba la entrada de sacerdotes, dificultaba las reparaciones de templos y cuantos obstáculos pudiera ocasionar. A su vez respondían al entusiasmo de quienes encontraron sentido y valoraron como progreso alcanzar mayores espacios y oportunidades desde el consentimiento negociado, que se concentraban en reivindicar la dualidad fomentada desde el poder político: entre la fe, la práctica cultual y un profetismo encarnado en la concreción de la Doctrina Social de la Iglesia, con respecto a la ideología materialista.

Este nuevo contexto fue ocasión propicia para desarrollar las directrices del ENEC, considero que el Estado ganaba más al contagiar y permear las comunidades desde el espíritu “suave” de quienes con anterioridad ya habían optado entre ser creyentes abiertos o guardar para sí su fe. Fue el momento idóneo para sanar aquellas heridas fruto de la confrontación abierta desde una auténtica espiritualidad cristiana de perdón y reconciliación. No se trataba de culpabilizar, sino de renovar en el compromiso vivido y abierto, compromiso que evidentemente siguió generando contratiempos hasta nuestros días, porque no se puede consentir la idea de servir a dos señores y la idea de la conversión nos lleva a valores y signos de contradicción. Otra vez la cruz, signo de autenticidad en el cristianismo.

De la penetración explícita y agraviante del pasado, que no pudo detener la vida estrechamente ligada entre ministros y fieles, se pasa a una nueva imagen de cercanía y entendimiento, construida con el mejor de los propósitos, quizás, pero a costa de no mantener el compromiso social y el profetismo propuesto por el ENEC. Mantener su compromiso cristiano con su dimensión social, además de cultual, le ha costado a algunos su pellejo y a otros vivir hostigados por las dificultades y discriminaciones sufridas, no solo desde antes, sino también en el presente, por su fidelidad evangélica. Esa fidelidad, vivida clavados a la cruz, comenzó a ser para muchos de un lindo recuerdo, para otros el testimonio, considerado por muchos recién llegados y otros más viejos, como “radical y fuera de tiempo, como un mal necesario que ya no está a tono con los nuevos tiempos. Por fin, vemos también con dolor como esos cristianos, fieles y comprometidos en lo social, han llegado a ser, en algunos casos, para pastores y fieles, un incómodo obstáculo a eliminar, para no echar a perder “lo que la Iglesia ha logrado”.

Desde mi opinión, y con el propósito de aportar en el camino de evangelizar, creo que aun con todos los beneficios y signos de esta última etapa y su evolución, el Estado cubano ha logrado afectar más a la Iglesia con su relativismo y ataque solapado que con los métodos frontales.

La parábola evangélica del trigo y la cizaña nos dice que los sirvientes, al darse cuenta que sobre el sembrado de trigo habían plantado la cizaña, fueron a ver al dueño y le dijeron: “¡Señor, arranquemos la cizaña plantada!” El Señor les contestó a sus sirvientes: “Si arrancamos la cizaña también arrancaremos el trigo pues, no es fácil diferenciarlos. Aguardaremos la hora de la cosecha que es cuando por sus frutos es posible diferenciarlos, entonces el trigo será recolectado y la cizaña arrancada y arrojada al fuego”.

A modo de resumen, a tono con buscar luz desde el Evangelio, creo que la Iglesia puede ser el Señor y sus sirvientes, la siembra de trigo es su labor evangelizadora que se basa en un compromiso coherente de sus discípulos con un único Señor. El maligno debe usar la oscuridad y aunque en el corazón de todos los seres humanos habite el trigo y la cizaña, esta última no puede ser sembrada a la luz del día, sino en la oscuridad de la intriga, la división y la maledicencia. Si evaluamos por los frutos de las obras que producen nuestros hermanos de la comunidad cristiana podremos distinguir a los que edifican fraternidad e inclusión y a los que silencian y discriminan a los que optan política o socialmente diferente al Estado porque sencillamente son fieles a Cristo y a su Evangelio.

Creo que esta visión fue más la experiencia de la primera etapa hasta la década del noventa, en que cambiaron los métodos y se favoreció la penetración y vulnerabilidad en las estructuras de la Iglesia. Este actuar tuvo que ser desde las tinieblas, por tanto aun así no pudo evitar que las comunidades y la Iglesia, en general, alcanzara sus frutos.

En los últimos tiempos la dualidad idílica de participación activa como laicos militantes en las estructuras partidistas y políticas comunistas, en un Estado excluyente de otra forma de pensamiento, organización o acción política plural, parecen facilitarle más las cosas a quienes pretenden, desde el poder y obviando la contradicción intrínseca entre el comunismo tal como lo hemos conocido y el cristianismo, dar legitimidad a la cizaña y opacar la luz del trigo en nuestras comunidades al insertar esta dinámica hasta en el trabajo y las estructuras eclesiales.

Afianzarnos en el espíritu de las primeras comunidades cristianas y abajarnos a lo más sencillo y desde lo más prioritario que es el caminar con y desde el pueblo, es una de las ideas del ENEC que postuló una Iglesia encarnada, orante y misionera. Estas serán sin dudas algunas vías para recuperarnos de esa “mundanización” y de este relativismo moral convirtiéndonos hacia nuevos caminos de espiritualidad auténtica y compromiso coherente con el Evangelio.

Es justo reconocer, y esto para comprometernos aún más, con Cristo, su Iglesia y con Cuba, que atendiendo a los resultados logrados por el Estado en esta dinámica permisiva y de aparente aceptación de solo la parte cultual de la libertad religiosa, se ha impuesto el más severo anonimato para los que, sin dejar de ser fieles a Jesús y a la Iglesia, han continuado soportando la censura, el fastidio y la exclusión del poder político y de muchos de la Iglesia.

Desde el Espíritu que sana nuestros corazones, desde nuestras comunidades sin abandonarlas, cada quien debe mirarse y mirar, preguntarse y preguntar, buscar en sus motivaciones y mecanismos que tratan de racionalizar fuera del Evangelio, hasta llegar a nosotros mismos como parte de la comunidad y de la Iglesia universal, si hemos sido fieles al espíritu y la letra del ENEC que fue incluyente de todos, fuera cual fuera su opción política; que fue vivificante, encendido y profético por ser fieles a las luces del Espíritu y no a lo que dijeran o pensaran desde el Poder.

No se trata de hacer un juicio histórico inapelable y excluyente, ni nada que se parezca, sino de actualizar nuestra mirada, fijar nuestros ojos en Jesús, hacer nuestro discernimiento desde el Evangelio, única fuente de rectitud de conciencia, desde nuestras vivencias y el testimonio martirial de cristianos en el mundo entero y en Cuba. Y, por encima de las luces y las sombras que nos acompañan hoy, dentro y fuera de la Iglesia, poder, con Su Gracia, satisfacer nuestro deseo de fidelidad a Jesús, y nuestro servicio comprometido a Cuba, en Jesús y por Jesús, nuestro único Señor y Salvador, que es el mismo ayer, hoy y siempre. Así sea.

 


  • Néstor Pérez González (Pinar del Río, 1983).
    Obrero calificado en Boyero. Técnico Medio en Agronomía.
  • Campesino y miembro del Proyecto Rural “La Isleña”.
  • Miembro del Consejo de Redacción de Convivencia.