Debate Público

El cambio y las transformaciones

Humberto J. Bomnín Javier | 15 Agosto, 2019

S/T. Fotografía digital de Andy Valle.

Las palabras en su función de nombrar cosas, recorren trayectos etimológicos en la voz de la persona, el honor a la verdad con que se expresen, por la transparencia vivida en la pedagogía de la equidad, por la viabilidad puesta en práctica para el bien de todos, sin manipulaciones, sin falsas intenciones demagógicas.

Pero “diálogo”, “cambio”, “transformación” son sustantivos de una fuerte carga semántica, según el principio democrático, pues la palabra alcanza su realización en la ejecución de la voluntad de todos los integrantes del pueblo, no de una persona o grupo de ellas y cuando lo plasman en consenso entre todos sus integrantes (considerando también las minorías), y en la diversidad de una nación, que se ha de construir para disfrute y bienestar de todos.

Solo en la simbiosis de la diversidad que vivimos, en los ambientes y las intenciones, la angustia, el descalabro, y los deseos que se sufren, por la ansiedad de disfrutar de la alegría de vivir, pues también en las insatisfacciones, viven las aspiraciones de libertad por las que atravesamos. Ellas nacen del desequilibrio económico que sufrimos, por la lógica incomprensión que acarrean las ataduras, los miedos prolongados que padecemos, y que son provocados, esencialmente, por la ausencia de “diálogo”, por los “miedos”, las negativas, la apertura, de todos lados. Todo por la insana costumbre a los silencios.

En casi todas las realizaciones, “el miedo” suele impeler al fracaso. Ello implica atreverse a sustantivar con transparencia lo que queremos decir, a contemporizar las dimensiones del tiempo, del lugar, del espacio, del modo de adjetivar la realidad, de vivir con precisión asertiva, de poner en acción nuestras aspiraciones, mediante proyectos y obras. Eso sí, de forma respetuosa, sin epítetos hirientes, ni invenciones que agredan a la razón, a la inteligencia, a la verdad, a la dignidad e integridad de las personas.

Pero solamente alcanzarían su realización las palabras, urdiendo un fuerte tejido de acción realizable y eficaz que ha de redundar en beneficio de todos, en ese afán de vocación hacia la comprensión, la reconciliación, la fraternidad, entre todos los cubanos y cubanas.

Se trata de una difícil pero necesaria reconstrucción y edificación de espacios para las ideas. Solo entonces pudiera iniciarse el camino escabroso, que devendrá en edificador dignificante para la liberación pacífica, trascendente, constituida en la justicia que ya otros, desde hace tiempo, han venido proponiendo, sin respuestas.

Es en los espacios de diálogo, en la magia y el vuelo de la poesía, la imaginación y la fantasía donde radican las premisas que van dando cuerpo a una realidad nueva, verdadera, pensada y edificada entre todos. Nos facilitaría seguridad y una unidad sin uniformidad, democrática, más abarcadora, diversa, y eficaz en sus alcances, dentro de un contexto de una realidad latinoamericana creyente que no nos debe resultar desconocida por sus convicciones y realizaciones, y que en otros países son mucho más consecuentes arraigadas y coherentes en sus realidades que las iniciadas hace más de cuatro siglos por nuestro propio pueblo.

Así irá expandiéndose el diálogo, desde el espíritu que ha transitado por la oralidad de lo aprendido, que se enseñorea en la justicia, el amor, la verdad, que se compromete con la eticidad manifiesta de los sentimientos, emociones, pasiones y sueños que las personas, los seres humanos disponemos. Por eso el diálogo que expresa la necesidad de abordar lo que nos pone serios, nos infunde temores o nos alegra, o el que surge del placer de aprender y saber, de enseñarnos mutuamente a todos; el que sin importarle las desavenencias que conlleven los sacrificios, a lo que conduzcan tales acercamientos, aun cuando estos molesten o indignen a algunos. Cuando se dice la verdad sin ofensas, ella misma da luz, ilumina la razón del que la escucha, le invita al menos al respeto, a la aceptación, la participación compartida “del otro”, diferente y diverso, pero en igualdad de deberes y de derechos para proponer y concretar proyectos.

Las palabras bien entendidas pueden conducir por los caminos del diálogo para la formación, la comunicación y la información, por los senderos del descubrimiento, del aprendizaje en el ejercicio del derecho a escoger, a dilucidar, a aprender y saber discernir. ¿Qué puede amar con mayor intensidad el cubano y la cubana de hoy, de cualquier edad, que la libertad, la dignidad y el decoro de la persona, sea de cualquier latitud, de cualquier ciencia o filosofía? ¿Alguien puede trabajar y vivir dichoso sin disfrutar el ejercicio del derecho a la justicia en uno mismo y en los demás?

Todos debemos realizar nuestro aprendizaje para alcanzar el desarrollo del pensamiento. Cada cual con su propia inteligencia, sus herramientas, ha de rehacer, redescubrir lo nuevo, a veces desechar lo caduco e improductivo, cada cual en su propia dimensión e interpretación de las realidades temporales que nos rodean, aprender a discernir cuáles son los signos de los tiempos, los valores que merecen nuestra atención y los contravalores de las estructuras de pecado que padecemos y requieren cambiarse y transformarse por patrones que permitan, sobre todo, el respeto en una inicial flexibilidad y aceptación del otro en espacios de participación necesarios.

Sería saludable proponer como inicio para la realización humilde de esta propuesta, la creación de espacios de encuentros en los que se lleven a cabo diálogos e intercambios respetuosos sobre puntos de vista y criterios diferentes, sobre temas de la realidad social, económica, cultural, política y religiosa, entre autoridades gubernamentales oficiales por un lado y por el otro, representantes de laicos y religiosos de diferentes Iglesias y grupos de la sociedad civil, obreros, artistas, profesionales, trabajadores religiosos y no religiosos, empleados por cuenta propia y otros que sean convocados, presenten interés y respeto por este tipo de espacios de apertura, de intercambio, que faciliten el tránsito hacia transformaciones justas más profundas en un futuro mediato.

Solo el respeto inspira justicia y más respeto, la aceptación de la máxima que expresa: “respeta en los demás lo que exiges que se respete en ti”. No es una concesión festiva o encomiástica, es un derecho humano internacional inapelable entre los miembros de una sociedad justa, civilizada e institucionalizada que aspira a la convivencia pacífica y la perfección de los derechos de la persona para una convivencia sana. Todos tenemos el deber de velar por su cumplimiento y que este se ejercite sin exclusión ni prejuicios por razón de la forma de pensar de las personas, sean estos gobernantes o gobernados, para que la democratización de los procesos sociales y económicos sea cada vez más creíble, justa, viable, razonable, sustentable y armónica.

Que el Señor de la Historia permita que la sensatez y la justicia de este llamado propositivo al diálogo respetuoso y cercano, no se quede una vez más en el tintero como letra muerta, y se convierta por fin en realidad viviente, para que todos podamos sentirnos parte verdadera en el establecimiento de la Casa Cuba.

Que Nuestra Señora de la Caridad del Cobre interceda en la consolidación de la unidad, en el acercamiento dialogante y civilizado de todos sus hijos, en el respeto mutuo por la causa común de todos, en el amor a la libertad, la justicia y la paz.

 

 


Humberto J. Bomnín Javier (Pinar del Río, 1944).
Licenciado en Español y Literatura. Fue Director de la revista Vitral de 2011-2012.
Catequista y miembro de la Pastoral de Educación de la Diócesis de Pinar del Río.