Cultura

Confinados

Anisley Miraz Lladosa | 9 diciembre, 2020

Foto de Rosalia Viñas Lazo.

Somnus

  • Vuelvo a ser alguien que sueña un sueño.
  • Ahí, en ese espacio multidimensional,
  • alguien se cerciora por sí mismo
  • que todo sigue siendo el sueño
  • de cuando regresamos a casa,
  • de cuando atravesamos
  • el mercado infinito de lo inconcebible
  • después de cruzar una frontera, un campus minado,
  • o la ingratitud del amigo que nos muerde.
  • Sí, hay sueños que nunca deberían revelarse.
  • Sueños como que abuela muere
  • y el llanto es más alto que los gritos de guerra,
  • que un zigurat mesopotámico.
  • Sueños como que nunca
  • va a terminar esta pandemia
  • que tiene de la plaga de Atenas, de la peste antonina,
  • que tiene un tanto de aquel cólera negro
  • o de la fiebre de los campamentos.
  • Soy alguien que sueña, eso lo tengo claro,
  • claro como saber que la conducta gregaria
  • es solo extensible a los homínidos
  • y está relacionada con la territorialidad,
  • con el miedo al vacío
  • y a su baja densidad de partículas.
  • Soñar detrás de una ventana nuevamente,
  • desacostumbrarme nuevamente,
  • y más allá, el polvo de lo que fue una historia,
  • la historia de lo que pudo ser
  • parestesia de Berger,
  • esa materia fina que no llegó a contarse
  • tras la alambrada 1,
  • tras la alambrada 2,
  • otra alambrada,
  • y después el carrascal de lo que fue una sala,
  • un cuarto improvisado, un cubo de paredes
  • donde todo no es blanco
  • verde
  • azul
  • pero hay que soñar que esto termina pronto
  • que una parte del cuerpo no se duerme
  • y que luego, un día de estos
  • –y acaso nunca nos acordemos
  • de la desesperanza,
  • del tiempo de caer y tener miedos,
  • y no resulte la conexión sináptica–,
  • muera este virus parestésico,
  • podamos volver por fin a casa.
  • Nutrientes esenciales
  • El aguacero se derrumba sobre las lenguas de vaca.
  • Sobre las plantas que tienen ese nombre,
  • u otro nombre cualquiera.
  • Igualmente podría llamarlas
  • por sus viejos vocablos en latín;
  • debería buscarlo en Internet.
  • Ahora llueve.
  • Eso nadie lo duda, no es una fake new.
  • Tampoco es incierto
  • que los organismos que pueblan mi jardín
  • estén radiantes mientras el mundo colisiona
  • y los países se desarman (sin desarme)
  • y los políticos inventan subterfugios
  • más espigados que la corrupción,
  • más incongruentes que la demagogia…
  • Mientras las madres que han perdido sus hijos
  • se rompen en fragmentos de “vidrio del bosque”
  • en trozos de esa materia
  • de la que nunca deben ser
  • los muertos de pie,
  • los cojonudos que aúllan Patrio o Muerte.
  • Mientras la isla sigue acomodándose en la sintaxis
  • que nos hacen tragar como placebo.
  • Las criaturas clorofílicas que mi hermana sembró,
  • que mi hermano en ley sembró,
  • que el antiguo habitante de esta casa
  • dejó para nosotros,
  • agradecen la lluvia.
  • Debo aprender de las plantas,
  • llámense lengua de vacas,
  • o como se nombren según la Wikipedia.
  • Debo aprender de su ciclo de vida,
  • no pensar como humano,
  • y dedicarme
  • a mis nutrientes esenciales, a mi mitosis.
  • Yo sola jamás podré invertir el orden…
  • des-limitar los distintos sistemas…
  • .
  • La realidad supera a la ficción
  • Mi abuela no comprende lo que es una “cola” de verdad.
  • En sus tiempos, la vida era más simple;
  • se viajaba en avión y se podía comprar en otras islas
  • pequeños timos, suvenires esplendentes.
  • Una cola es… una gran fila.
  • Y no precisamente filum de soldados o piezas de artillería,
  • aunque tenga de todo un poco menos.
  • La niebla en los ojos de mi abuela
  • me hace escoger bien las palabras
  • como a coleópteros polífagos entre frijoles negros,   
  • para evitar escarnios, para evitar
  • la añoranza de una elevación aerodinámica,
  • aquel oro epocal de los antepasados.
  • Cola… aglutinante fila de organismos
  • que se fermentan segundo tras segundo
  • entre los baches negros de la hambruna,
  • entre bazofias conocidas y repetibles.
  • Una cola, abuela, es un medio… nunca un fin.
  • Una cola de estas en que aguardas,
  • desconfías de tu memorándum, masticas al de enfrente
  • pero te atragantas con su mascarilla,
  • sus gérmenes, su abrigo para evitar el sol,
  • justo al medio de la árida ciudad,
  • atizando un cloqueo de cristales
  • que nunca terminan de romperse,
  • sobre los restos de cuerpos apagados,
  • muriendo poco a poco, válvula a válvula, arteria a arteria.
  • Ah, una cola, extremo posterior de la abundancia,
  • estructura vestigial in crescendo,
  • llevada a todas partes como un ente maldito,
  • atavismo que nunca nos conecta al tiempo ido…
  • Una cola… tenientes subrepticios a la caza
  • de alguna ideología o un acento día-crítico
  • o la más nimia inconformidad,
  • es para no recordar de qué modos
  • se puede volver a ser humano, ni recordar que un día
  • pretendimos sobrevivir
  • en el increíble mundo de Gumball.
  • La realidad siempre supera a la ficción.

 


  • Anisley Miraz Lladosa (Trinidad, 1981).
  • Graduada en Diseño Gráfico en la Academia de Artes Plásticas
  • “Óscar Fernández Morera” de Trinidad.
  • Ganadora de premios y menciones en varios eventos literarios como la Bienal de Jarahueca (2000), Literatura Infantil “Mercedes Matamoros” (2002), Premio de la Ciudad Fernandina de Jagua (2003), Gran Premio Vitral de Poesía (2003) y Premio Poesía Vitral (compartido) (2004).
  • Reside en Pinar del Río.