Cultura

Meditaciones metafísicas sobre Borges

Magdey Zayas Vázquez | 10 agosto, 2020

Jorge Luis Borges. Foto tomada de britannica.com.

  • Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
  • Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.
  • Le Regret DʼHéraclite

Preámbulo

Escribir sobre Jorge Luis Borges (1899-1986) siempre ha sido difícil, polémico, peligroso… no solo por sus posturas radicales en temas políticos o por su proyección divergente en el ámbito intelectual, sino por la complejidad general de su obra en la cual las categorías metafísicas son una cotidianidad ineludible. Su producción literaria ha sido estudiada desde disímiles matices, pues su grandeza así lo amerita, sin embargo, no abundan los acercamientos filosóficos y es por eso que este ensayo estará dedicado a tal objetivo, pues es perceptible en toda su obra la influencia de la filosofía metafísica procedente de diversos filósofos. Ubicado en el movimiento vanguardista latinoamericano, este importante literato consagró toda su vida a los libros y, por ironía del hado, quedó condenado a la ceguera, condición que, según el propio Borges, le permitió un acercamiento más estrecho consigo mismo, con su imaginación y su creatividad. A ello se debe su retorno a la poesía y que muchos investigadores de su vida y obra, como Volodia Teitelboim, consideren esa trágica etapa como el periodo en que produjo sus mejores creaciones.

No obstante, las influencias filosóficas de Borges provienen, inicialmente, de su padre Jorge Guillermo Borges y de Macedonio Fernández, con quien se propuso, en algún momento de su juventud, crear una “metafísica latinoamericana”. Posteriormente, se convertiría en voraz lector de filosofía y los conocimientos obtenidos tras dichas lecturas le servirían para elaborar todo un universo literario que parte desde sus primeros poemas, continúa con su ensayística y culmina con su cuentística (aunque en sus últimos años también retornó a la poesía como consecuencia inevitable de su ceguera). Es por eso que no se puede leer a Borges sin tener en cuenta que su obra literaria es una serie de enlaces temáticos entre la poesía, los ensayos y los cuentos, como una especie de eterno retorno que se evidencia en el poema Ajedrez, el ensayo Nueva refutación del tiempo y el cuento Las ruinas circulares. Es así que Borges, como todo vanguardista, se preocupó durante su existencia por destrozar los cánones establecidos, lo que le ha ganado el epíteto de “Padre del cuento moderno” (pues el “padre del cuento tradicional latinoamericano” es Horacio Quiroga), mérito justificado debido a la originalidad de su obra profundamente marcada por las cuestiones metafísicas.

Filosóficamente hablando, Borges es un solipsista con tintes cartesianos, influenciado por Berkeley, Hume, Kant, Schopenhauer, Croce y todos los idealistas en general. Ante la religión, se declaró agnóstico, a veces ateo y hasta escéptico, pero también se nutrió de ella para su producción literaria: su poema El Golem es una clara influencia del misticismo judaico; Las ruinas circulares nos muestra el tema universal de la creación del hombre, entre otros. No obstante, su verdadero interés es “la belleza de las teorías filosóficas, mitos, creencias en las que no se puede creer”[1], por lo cual rompe el canon literario de su tiempo y permanece como en una especie de intemperie, de soledad intelectual, pues, aunque fundó revistas y perteneció a ciertos grupos, siempre fue un espíritu libre, inigualable, lo cual lo alejó, en cierta manera, del resto de sus contemporáneos. Es por eso que el mundo para él es un caos donde el hombre está perdido como en un laberinto que crea él mismo de forma individual. Hoy, a 34 años de su muerte, se podría decir que Borges es un ecléctico, pues, de tantas influencias filosóficas, teológicas, literarias y científicas, brotó una magistral obra literaria de carácter muy personal, original, pero a la vez universal, pues recoge lo mejor de la cultura humana casi a nivel global.

Bifurcaciones metafísicas

A inicios del siglo pasado el filósofo y escritor bonaerense Macedonio Fernández tuvo la grandiosa idea de crear una metafísica latinoamericana, empresa difícil teniendo en cuenta que esta vertiente filosófica ya era cuestionada como ciencia en esa época y, por consiguiente, hacía bastante tiempo que los intentos por desacreditarla habían fructificado, pero que Jorge Luis Borges acogió de buena manera, tal vez aun tras la muerte de Macedonio. Cabe preguntarse lo siguiente, ¿habrá logrado Borges tal cometido? La respuesta es compleja, pero se perfilará a medida en que avance este ensayo.

En relación con lo anterior, Anderson Imbert ha planteado sobre la poesía borgeana que esta “incluía en su temario preocupaciones más propias de la metafísica: el tiempo, el sentido del Universo, la personalidad del hombre […] En Borges la metafísica y la lírica son una misma cosa”[2], lo cual conduce a la siguiente interrogante: ¿este intento de crear una metafísica latinoamericana no sería también uno de esos escaños que viene subiendo Latinoamérica desde el siglo XIX con la finalidad de obtener su absoluta y total independencia respecto a Europa? Es curioso que Borges, influenciado por la literatura inglesa de la biblioteca paterna y por tantos autores europeos (y de otras partes del mundo), se interesara por tan colosal faena, que constituye, quizás, una búsqueda de identidad cultural iniciada desde el siglo anterior o, de manera más específica, una búsqueda de identidad nacional, pues Macedonio y Borges consideraban que “debían darle un alma a Buenos Aires, que era pero no existía o, al revés, existía pero no era”[3]. Para comprender esto es necesario retroceder un poco en el tiempo hasta el periodo de conquista y colonización que Europa impuso a lo que después nombró América.

Durante siglos se cuestionó si el arte y la literatura (y los demás componentes de la cultura también) producidas en las colonias americanas se podrían considerar autóctonas, es decir, nativas de cada una de ellas, o simplemente una mímesis de la europea. Lo cierto es que antes del siglo XIX todo movimiento artístico-literario surgido en Europa halló sus ecos en las diferentes colonias, pero, tras las luchas por la independencia de lo que hoy se conoce como América Latina, se comenzó a buscar una independencia mucho más abarcadora, más profunda y completa para las nuevas Repúblicas de esa parte del mundo. Así, en 1823, Andrés Bello publicó un poema titulado Alocución a la poesía, hoy concebido como un “programa de independencia intelectual”, en el cual exhorta a la poesía a que abandone la antigua y desgastada Europa y venga a florecer en el nuevo mundo:

  • Divina Poesía,
  • tú de la soledad habitadora,
  • a consultar tus cantos enseñada
  • con el silencio de la selva umbría;
  • tú a quien la verde gruta fue morada,
  • y el eco de los montes compañía:
  • tiempo es que dejes ya la culta Europa,
  • que tu nativa rustiquez desama,
  • y dirijas el vuelo adonde te abre
  • el mundo de Colón su grande escena[4].

El programa de Bello no triunfó y luego, con el surgimiento del Romanticismo se convirtió en una premisa fundamental del movimiento; no obstante, también fracasó, pues aún continuaban los latinoamericanos muy atados a modelos estéticos oriundos de Europa. No es hasta bien avanzado el siglo XIX que surge el Modernismo y con él se logra al fin, según los estudiosos actuales, la verdadera independencia intelectual de Latinoamérica, pues fue el primer movimiento literario que se llevó de América a Europa y no a la inversa como históricamente había ocurrido. En realidad, todo esto se trató de una inquietud metafísica desplazada al campo literario, intelectual, de los latinoamericanos que, de cierta manera, acaso aún afectaba a Borges en alguna etapa de su juventud, pero ya en el siglo XX.

Sin embargo, ¿es posible afirmar con absoluta certeza que sí se logró realmente la independencia intelectual de Latinoamérica mediante el Modernismo? Si se realiza un estudio de este movimiento literario se percibirá que se trata de una combinación de postulados estéticos cuyos orígenes se hallan en la poesía más moderna de la época: Whitman, Baudelaire, Verlaine, Valéry, Rimbaud; pero también de los clásicos españoles de los Siglos de Oro y otras fuentes europeas. O sea, que el Modernismo es una hibridez entre la poesía experimental de los simbolistas y parnasianistas franceses, la del estadounidense Whitman y lo mejor de la tradición lírica europea. ¿No se puede decir que hasta cierto punto aún continuaban los vínculos literarios o intelectuales entre ambos continentes? Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿no es válido afirmar que la inquietud de Borges era, hipotéticamente, la misma de Andrés Bello y los intelectuales posteriores, hasta el Modernismo? La hibridez del Modernismo es, por analogía, la misma que étnicamente aún hoy presentan las sociedades de las naciones americanas y que las ciencias sociales denominan mestizaje. Tal hibridez, es el resultado de un drama traumático que todavía persiste, de cierta forma, y que se puede apreciar en la obra de Borges, pero de una manera novedosa, original y trascendente.

Si Macedonio Fernández tenía la idea de crear una metafísica latinoamericana, Borges sí logró construir toda una metafísica artístico-literaria (por denominarla de alguna manera) sustentada en sus preferencias por la filosofía idealista y el solipsismo, que le permitió desplegar una profunda obra de carácter filosófico y literario a la vez. “Sin duda a Borges le vino bien la filosofía como inspiración, pero no es menos cierto que Borges también les ha venido bien a los filósofos, sea como inspiración directa, como apoyo o como razonable ornamento”[5]. Tal es el caso de filósofos y pensadores importantes como Michel Foucault, Ilya Prigogine, Richard Rorty, Umberto Eco y el propio Savater, quienes, de una u otra manera, han declarado en algún momento la influencia de Borges en sus respectivos pensamientos.

Obsesionado con el tema del tiempo, Borges asume en sus textos la teoría nietzscheana del eterno retorno. Así, en el poema Ajedrez, compuesto por dos sonetos modernos, nos presenta la vida de manera análoga con el tablero de dicho juego antiguo, sumergida en una lucha eterna de la cual es imposible el escape, pues los jugadores son prisioneros de sus destinos. La cuestión metafísica brota al final en el último terceto cuando establece la jerarquía de los movimientos en relación con el juego y los participantes de este:

  • Dios mueve al jugador, y este, la pieza.
  • ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
  • de polvo y tiempo y sueño y agonía?[6]

Se trata de una especie de parodia de la condición humana y de la posibilidad de que su realidad extramental sea una ilusión, pues Borges, solipsista, idealista, duda de la realidad comprendida como el entorno del hombre al cual ve como una simple marioneta que carece de libre albedrío, similar a la pieza de ajedrez en sus manos, ya que es manipulado por un Dios quizás también manipulado por otro Dios y así sucesivamente en un ciclo infinito (eterno retorno). Aquí Borges se opone al realismo metafísico de Aristóteles al contradecir su concepción del Primer motor inmóvil, causa primera de todo movimiento, pues en este poema se alude a una eterna sucesión de manipulaciones graduales, cuyo origen es incierto debido a la eternidad de tal fenómeno. Se puede afirmar que tanto en este poema como en el cuento Las ruinas circulares está presente la teoría del eterno retorno y cierta refutación a la primera meditación metafísica cartesiana, aunque paradójicamente también la confirme. En la primera de sus Meditaciones metafísicas (1641), Descartes expresa su preocupación por el dilema de no poder distinguir el momento de sueño respecto al de vigilia, por considerar que un “genio maligno” nos engaña para no poder establecer tal distinción. De igual forma, Borges se inquieta por semejante cuestión solipsista en el cuento mencionado y en el ensayo Nueva refutación del tiempo. Descartes, concluye que si puede ser engañado por el “genio maligno” se debe a que él (Descartes) existe, es decir, si puede pensar que es engañado, entonces innegablemente existe y así llega a su famoso cogito ergo sum. Por consiguiente, los jugadores del partido de ajedrez existen porque manipulan las piezas del juego y, a su vez, ellos son manipulados por Dios. La simple certeza de saberlo basta para confirmar su existencia. En el caso del cuento aludido ocurre algo similar al poema: un hombre quiere soñar a otro e imponerlo en la realidad. Este hombre creador o mago, tiene certeza de su pensamiento: crear un hombre, su hijo; por lo tanto, existe, según los postulados cartesianos. El ensayo presenta varios argumentos y estructuralmente simula la circularidad infinita del eterno retorno, pues se repiten pasajes que representan semánticamente la idea de la reiteración cíclica de sucesos en el tiempo. Borges llega a la conclusión de que el tiempo no existe, solo es una mera convención humana, y que lo que en realidad existe son los instantes, ya que repetir determinada experiencia deriva en la repetición del tiempo, o sea, los instantes. Empero, Borges parte del argumento solipsista que ya se ha analizado en los dos textos anteriores, pero esta vez toma como referencia a Chuang Tzu:

Este, hará unos veinticuatro siglos, soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre. No consideremos el despertar, consideremos el momento del sueño; o uno de los momentos.[7]

El cuestionamiento es el siguiente: ¿cómo distinguir lo real de lo ficcional si, como afirmaba Platón y reconoció el propio Descartes en su primera meditación metafísica, lo sensorial nos puede ofrecer informaciones erráticas? A ello volveremos más adelante. En cambio, aquí, siguiendo el camino trazado, podemos decir que Chuang Tzu, ante tal desafío, de lo único que puede estar totalmente convencido es de que duda cartesianamente (hipotéticamente hablando, pues varios siglos distancian a ambos pensadores) y si es capaz de dudar, entonces…

Ahora bien, hasta aquí solo hemos centrado el discurso en la confirmación de la meditación metafísica del cogito cartesiano y el eterno retorno en tres textos de Borges: el poema Ajedrez, el cuento Las ruinas circulares y el ensayo Nueva refutación del tiempo, por tanto, a continuación, se abordarán desde la perspectiva contraria, es decir, refutando a Descartes a partir de la postura asumida por Borges, al menos en lo referente a la duda cartesiana, pues el eterno retorno en estos textos es incuestionable.

El segundo soneto que compone el poema comienza con un cuarteto en el que estalla el combate entre los bandos opuestos: las piezas blancas y sus contrarias negras representan dos ejércitos enemigos que no ofrecen cuartel ni tregua uno respecto al otro:

  • Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
  • reina, torre directa y peón ladino
  • sobre lo negro y blanco del camino
  • buscan y libran su batalla armada.[8]

Esta prosopopeya encarna la acción bélica propia de los hombres y, en oposición al dualismo cartesiano entre res cogitans y res extensa, Gabriel Marcel asume el dato metafísico de la encarnación, es decir, el misterio ontológico del ser encarnado: el ser que posee un cuerpo al cual siente como su cuerpo (está ligado irrevocablemente a él) y, por ende, es un ser participado. ¿Cómo se explica esto? Marcel aportó una magnífica respuesta a la filosofía contemporánea: las piezas contrarias son una personificación de dos ejércitos enemigos, los cuales, independientemente de si existe un Dios que los manipule o no, poseen sus respectivos cuerpos que existen en la realidad extramental ambientada en un campo de batalla simbolizado con el tablero cuadriculado de ajedrez, cuya existencia se demuestra a partir de la estrepitosa conflagración y no mediante el cogito cartesiano, porque, siguiendo a Marcel, los cuerpos de los soldados que conforman las filas de los ejércitos en cuestión son los mediadores entre sus propios yo y el mundo, es la forma en que sus yo están y son corpóreamente en el mundo, lo cual les permite a su vez percibirlo (al mundo). De esta forma se puede rebatir el dualismo cartesiano, al menos hipotéticamente, en este texto poético de Borges. A través de la encarnación Marcel “pretende poner fin a toda interpretación dualista: materia-espíritu, alma-cuerpo; sin desconocer estas polaridades, de modo de no caer en un materialismo o en un espiritualismo, pues reconoce que en estos puntos se da una unidad indisoluble y misteriosa. […] Marcel cree que este modo peculiar de «abrirme al mundo» y de «ser en el mundo», que es a partir de mi ser encarnado, testimonia de modo privilegiado la esencia de mi relación con el mundo que es a través de la participación”.[9] Lo anterior se puede aplicar también al cuento y al ensayo, aunque los casos sean distintos, porque cualquier texto, literario o filosófico-metafísico posee múltiples perspectivas para ser abordado, lo cual enriquece el análisis que de él se realice.

En el cuento, la idea cíclica de un hombre soñado por otro hombre que al final descubre ser también un hombre soñado por un tercero implica una especie de bucle en el que todo se repite de manera interminable. No obstante, en este caso el hombre-mago que sueña a su hijo e intenta imponerlo en la realidad descubre que él es otro hombre soñado, porque el fuego no le hace ningún daño, pues al ser una proyección mental de otro creador, no posee un cuerpo físico que en verdad le permitiera ser en el mundo, a la manera de Marcel. De esta forma, nos percatamos una vez más de que el cogito cartesiano es insuficiente para confirmar la existencia de un ser en el mundo, pues se necesita también de esa encarnación y participación misteriosamente ontológicas de las que hablaba Gabriel Marcel. También se puede afirmar que Chuang Tzu, aunque Borges no lo declare precisamente de esta forma, es un ser real, a pesar de su aparente confusión para distinguir lo ficcional de la realidad, pues, el hecho de que no seamos capaces de percibir las cosas no significa que estas no sean reales. En otras palabras, si Chuang Tzu sueña que es una mariposa o esta sueña que es el primero, uno de los dos debe ser real, de lo contrario ninguno soñaría con el otro. Más aún, la lógica aristotélica indica que el que sueña es Chuang Tzu, pues si Chuang Tzu es un hombre y el hombre es el que tiene la capacidad de soñar (debido a la complejidad de su cerebro altamente desarrollado), entonces, Chaung Tzu es quien puede soñar. Este silogismo es verdadero, pues está compuesto por dos proposiciones verdaderas que devienen en una conclusión de igual naturaleza.   

Conclusiones

La labor creativa de Jorge Luis Borges, como ya se ha demostrado, implica la combinación de lo mejor de las teorías de diversos filósofos para generar todo su entramado metafísico que, quizás, está relacionado con la aspiración filosófica de Macedonio Fernández. Borges no era, en realidad, un filósofo como en otros casos de pensadores en los cuales filosofía y literatura se aunaron productivamente: Nietzsche, Sartre, Camus o, por qué no, Platón; Borges es más un literato que un filósofo, pero su obra está tan profundamente marcada por la metafísica, que resulta insoslayable no percibir sus rasgos en cualquiera de sus textos.

En este ensayo solo se abordaron tres ejemplares ilustrativos de la presencia de cuestiones filosófico-metafísicas en Borges; no obstante, podrían haberse presentado diversidad de ejemplos, como el del epígrafe al inicio que es una clara alusión al pensamiento dialéctico de Heráclito: somos y no somos los mismos, pues estamos en movimiento constantemente. Por lo tanto, el autor que inició la escritura de este ensayo, en este preciso instante ya no es exactamente el mismo. El Borges aspirante a la creación de una metafísica latinoamericana junto a Macedonio Fernández no es, para nada, el mismo de sus últimos años atrapado por una irónica ceguera, aunque continuara siendo Borges. Pero, más aún, al Borges que escribe, según expresó en su poema Borges y yo, es “a quien le ocurren las cosas”[10], de manera que se deslinda en dos Borges: uno literario, y otro que posee un ser y está “encarnado en el mundo”, que vive para que el otro “pueda tramar su literatura”. Así juega con la ontología, dando la impresión de un dualismo metafísico, típico del idealismo, del solipsismo, que abundan en su obra.

Borges es un escritor obsesionado con el tema del tiempo y el solipsismo, por eso no es de sorprenderse encontrar influencias directas e indirectas, declaradas o inferidas de Platón, Descartes, Berkeley, Hume, Swedenborg, Schopenhauer, Nietzsche, entre muchísimos otros que se inquietaron ante la concepción del tiempo y la percepción del mundo que les rodeaba.

En un trabajo con mayor extensión, se podrían estudiar textos borgeanos que presentaran influencias de estos autores y de otros. Además, se podría profundizar, desde otros puntos de vista, el análisis realizado de los tres escogidos para este ensayo, ya que, por solo citar un ejemplo, es evidente la presencia del misticismo de la cábala judaica y la teoría de las ideas de Platón en el cuento Las ruinas circulares, pero eso ya es otra bifurcación de los senderos metafísicos de Borges.

Bibliografía

  • Anderson Imbert E., Historia de la Literatura Hispanoamericana II. Época contemporánea, Editorial Félix Varela, Ciudad de La Habana, 2006.
  • Cabanchik S. M., Sueño y existencia: el cogito cartesiano en Las ruinas circulares de J. L. Borges, [acceso: 14. 05. 2019], www.cenaltesediciones.cl
  • Dávila Dávila J. M., Una competente parodia: el idealismo platónico en tres textos de Jorge Luis Borges, [acceso: 5. 05. 2019] https://www.bn.gov.ar/resources/conferences/…/JMdavilaUnacompetenteparodia.pdf
  •  Descartes R., Meditaciones metafísicas y otros textos, Editorial Gredos [Versión On-Line].
  • Matus E., Poesía hispanoamericana de los siglos XIX y XX. Antología. Tomo I, Editorial del Ministerio de Educación. Editorial Nacional de Cuba, Ciudad de La Habana, 1963. 
  • Savater F., Borges, poeta filósofo, [acceso: 8. 05. 2019], www.ejournal.unam.mx/uni/019/UNI01903.pdf
  • Borges J. L., Ajedrez, [acceso: 9. 05. 2019], https://poemario.org/ajedrez/
  •      , Páginas escogidas, Casa de las Américas, Ciudad de La Habana, 2002.
  • Kaufmann Salinas S., «La metafísica de la existencia humana de Gabriel Marcel», Veritas 28 (2013), [Versión On-Line].
  • Teitelboim V., Los dos Borges. Vida, sueños, enigmas, Arte y Literatura, Ciudad de La Habana, 2004.
  • [1] E. Anderson Imbert, Historia de la Literatura Hispanoamericana II. Época contemporánea, Ciudad de La Habana 2006, 268.
  • [2] Ibíd., 266.
  • [3] V. Teitelboim, Los dos Borges. Vida, sueños, enigmas, Ciudad de La Habana 2004, 56.
  • [4] E. Matus, Poesía hispanoamericana de los siglos XIX y XX. Antología. Tomo I, Ciudad de La Habana 1963, 9. 
  • [5] F. Savater, Borges, poeta filósofo, [acceso: 8. 05. 2019], www.ejournal.unam.mx/uni/019/UNI01903.pdf
  • [6] J. L. Borges, Ajedrez, [acceso: 9. 05. 2019], https://poemario.org/ajedrez/
  • [7] J. L. Borges, Páginas escogidas, Ciudad de La Habana 2002, 244.
  • [8] J. L. BORGES, Ajedrez, loc. cit.
  • [9] S. Kaufmann Salinas, «La metafísica de la existencia humana de Gabriel Marcel», Veritas 28 (2013), [Versión On-Line].
  • [10] J. L. Borges, Páginas escogidas, Ciudad de La Habana 2002, 33.

 

 


Magdey Zayas Vázquez (La Habana, 1985).
Graduado en 2012 de la carrera Licenciado en Educación, Humanidades, en la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona.
Maestría en Didáctica del Español y la Literatura (2017, también en el Pedagógico).
Profesor Instructor de Literatura Latinoamericana de la UCPEJV, desde 2015 hasta 2018.
Profesor Instructor de Literatura Cubana en la Universidad de las Artes desde 2019.