Ciudadanía

Ingresos dignos: derecho impostergable

Humberto J. Bomnín Javier | 14 Junio, 2019

Foto de Archivo Convivencia.

“Ver, juzgar y actuar”, versa uno de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) para el análisis objetivo de la realidad, se sirve además del magisterio de la Iglesia, sus vivencias en la experiencia milenaria al servicio de la sociedad de todos los hombres de buena voluntad.

La DSI aborda el análisis de lo que acontece en los ambientes, las relaciones sociales, eclesiales y religiosas en todos los niveles de la sociedad, para anunciar y denunciar todo lo que afecte a la persona humana y su dignidad, al margen de criterios técnicos. Tiene en cuenta, además, la sanación de los perjuicios en las personas de las víctimas y victimarios.

En Cuba existen hoy necesidades y prioridades, entre otras, de carácter económico y en el orden de los valores. La Iglesia, con sus medios de divulgación e información, tiene el deber y el derecho de proteger a la persona humana, de todo aquello que la limite en el orden personal o en sus posibilidades humanas para avanzar hacia el logro de un desarrollo económico armónico, sostenible y éticamente aceptable.

El tema que abordaré, se relaciona fundamentalmente con el aspecto de los salarios, que revierte sus efectos y manifestaciones en todo el ámbito de las interrelaciones materiales y espirituales de la persona, sus conflictos cotidianos, y sus derechos.

Plantearé para comenzar, cuestionamientos constructivos, no confrontativos, eso sí, con criterios respetuosos, basados en la práctica de los de a pie, como criterios de la verdad de todos los cubanos honestos que lo vivimos y conocemos hoy por experiencia sensible.

Para estos propósitos preguntaría: ¿Cuántas personas en Cuba no sienten angustia e insatisfacción cotidiana al firmar la nómina todos los meses en su centro de trabajo para recibir el pago mensual como compensación por los esfuerzos laborales realizados? ¿Quiénes no sienten una angustia y opresión aún mayor, al cobrar la chequera de jubilación, luego de haber cumplido eficientemente más de 25 años de servicios laborales ininterrumpidos y casi siempre durante más de 60 años de vida? ¿Y los que reciben pensiones por la seguridad social, cómo se han de sentir al recibir las cifras más menguadas de todas?

¿Alguien puede negar no haber sentido por mucho tiempo ya, esa gran angustia, mezcla de frustración, desamparo e impotencia, que produce saber que el dinero que recibiremos por nuestro trabajo cada mes, o por haber alcanzado la edad de la jubilación, no nos va a permitir sufragar siquiera el mínimo de nuestras necesidades exclusivamente alimentarias y que en solo unos días, antes de la semana, nos encontraremos sin un centavo en los bolsillos hasta el próximo mes?

Esto ocurre y lo sufre hoy un número considerable de personas en Cuba, asunto del que mucho se habla. No así los medios de comunicación y difusión oficiales ni los responsables elegidos por votación libre y secreta responsabilizados con el deber de responder a estas necesidades y encontrarle, entre todos, una solución definitiva e inmediata.

No se trata solamente del hecho de la veracidad incuestionable de estos planteamientos, sino de cómo es posible la supervivencia de tantos ante tamaña adversidad cotidiana.

No voy a hablar aquí de precios del mercado agrícola y mucho menos del mercado paralelo, o de las tiendas o mercados creados para la recuperación de divisas, ni de los aumentos del precio de productos de primerísima necesidad, ni de los impuestos con que son gravadas las pequeñas remesas en divisas convertibles o los regalos que no todos reciben, pues todos conocemos bien del salario promedio devengado, -a pesar de los aumentos insuficientes de los salarios, por prestaciones y subsidios sociales- y de los precios de los productos recientemente ofertados, y otros que se han disparado vertiginosamente sin correspondencia con lo que se recibe y mucho menos por concepto de jubilación o prestación social y que se sufre a una edad en que todo se torna más difícil.

Pensemos en el cúmulo de acontecimientos y conflictos reales de todo tipo que se derivan de estas limitaciones económicas domésticas, muy a pesar de los esfuerzos insuficientes realizados recientemente relacionados con los aumentos salariales. Enumeraré algunas:

Primero: sentimientos de frustración e impotencia, ante la familia por parte del que labora, o sea, ante las personas que son dependientes económicamente del empleado, (hijos menores, esposa, abuelos ancianos, en las que se producen sentimientos de indignación y desamparo que conducen a caminos plagados de muy graves conflictos.

Segundo: La imposibilidad para los que no reciben remesas del exterior, o para quienes las reciben pero resultan insuficientes, mucho más aún, después del gravamen abusivo impuesto a las mismas; o los que no se encuentran vinculados salarialmente con moneda libremente convertible, o no se dedican a alguna labor “lícita” o ilícita que les permita “solventar” sus necesidades más perentorias.

Otros no pueden adaptarse a ver insatisfechas sus necesidades más elementales y para compensar la ineficacia que se produce por concepto del cobro salarial, se lanzan a todo tipo de relativismo moral casi siempre conducente al delito, ya sea por el camino de la receptación de productos, o por la corrupción que conduce a la violencia y viene a complicar aún más su situación personal y la de su familia, al delinquir. Todo se agrava por las limitadísimas posibilidades existentes para desarrollar la iniciativa personal honesta.

La frustración y la impotencia, conducen a las personas al estrés, a los estados depresivos que desembocan en enfermedades que dañan el sistema nervioso central y dan origen a otras enfermedades de origen psicosomáticas y psiquiátricas como la psicosis y la esquizofrenia, las discusiones familiares por el agobio cotidiano, la insatisfacción y la marginación excluyente que van conduciendo al divorcio y ruptura matrimonial, a la violencia de todo tipo, a la indisciplina laboral y social, a la evasión por medio de la apatía, incluso al síndrome de la estampida hacia cualquier lugar del mundo y mediante cualquier medio, al escape buscando refugio en el alcohol, en el juego prohibido, la prostitución, el jineterismo, la corrupción o las drogas, o cualquier otra desviación en el intento de alcanzar así la supervivencia ilícita.

Estas realidades desencadenan otras, que unidas a muchas más, convierten esta problemática de los salarios en una prioridad que debe tener una solución urgente e impostergable que debemos enfrentar y solucionar todos juntos, pues el asunto relacionado con los precios de los productos, lo realmente devengado y la imposibilidad de cubrir con ellos las necesidades vitales con dignidad, afectan cotidianamente como sabemos fundamentalmente a los de a pie, que constituyen en Cuba, la mayoría de nuestro pueblo.

Una propuesta constructiva y efectiva consistiría llevar a debate público, con claridad y transparencia, esta realidad, y que las personas que tienen que ver con la esfera económica, los salarios, la política de precios y la producción agrícola y agropecuaria, expliquen a la población, cuáles son los proyectos, planes y fechas inmediatas para alcanzar y resolver de manera armónica, definitiva y sostenible esta realidad agobiante que se convierte en locomotora destructora de los mejores valores de la sociedad.

En nombre de la dignidad, el derecho humano a salarios justos y dignos, responsabilidad económica y social de gobernantes y gobernados, que juntos tenemos el deber ineludible de asistir con todos los esfuerzos posibles, “sin prisa pero sin pausa” a que las personas todas, puedan disfrutar de una subsistencia digna, que desde hace ya más de cinco décadas afecta a la mayoría de las familias cubanas en la cotidiana exhortación al esfuerzo de resistir. Resistencia que se hace más penosa y riesgosa cada día por las implicaciones del daño antropológico relacionadas con el deterioro e involución de las personas hacia conductas inmorales de todo tipo.

Es hora ya de lograr de una vez por todas, que el desarrollo armonioso y sostenido de programas participativos y de iniciativa personal, cooperativa y privada permita elevar la calidad de vida del pueblo, que cambie la realidad dolorosa que hoy vivimos y se alcance, con el concurso de todos, una solución inmediata, de manera que no continúen los obstáculos al desarrollo humano en general, ni sea necesario para ello, ningún acto de magia, pues el desarrollo económico de un país debe ser sostenido, creativo y armónico en todas las esferas de la vida social, los servicios y la producción, y sin faltar o violentar la dignidad de las personas, y eso, es responsabilidad de todos los que compartimos este mismo cielo y esta misma tierra y fundamentalmente de los que gobiernan.

Nuestro pueblo creyente, nuestra Iglesia inculturada en el Evangelio y la Eucaristía, que proclaman “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. No puede callarse ante realidades que llevan implícitas el deterioro de la dignidad de la persona y se convierten en freno y detrimento de todo el entramado social.

Por lo tanto este problema debe, y puede ser solucionado entre todo pronto, fundamentalmente por los que tienen la responsabilidad y el deber de gobernar y también de los gobernados que somos, al mismo tiempo, los electores de los administradores de la justicia y de la vida pública en un ejercicio que se debe realizar para bien de todo nuestro pueblo, junto al cual se encuentra, peregrina, nuestra Iglesia, como dijera san Juan Pablo II, “misionera de la Verdad, la Esperanza, la Justicia y la Paz”.

 


  • Humberto J. Bomnín Javier (Pinar del Río, 1944).
  • Licenciado en Español y Literatura. Fue Director de la revista Vitral de 2011-2012.
  • Catequista y miembro de la Pastoral de Educación de la Diócesis de Pinar del Río.