Ciudadanía

PRIMERO LA CARIDAD

Teresa Fernández Soneira | 21 Abril, 2019

Pintura que representa a las Hijas de la Caridad en el siglo XVIII.
Postal antigua (Sevilla) tomada de Internet.

Las guerras son horrendas, despiadadas y sangrientas. Entre 1868 y 1878 Cuba pasó por la larga y sangrienta Guerra de los Diez Años. Luego vino la Guerra Chiquita de poco tiempo de duración, para terminar con el Pacto del Zanjón. Pero estas guerras no trajeron la deseada independencia al pueblo cubano, y a pesar de tantos años de lucha, sufrimiento y muerte, los cubanos no se contentaron con vivir bajo el régimen español, por lo que siguieron organizándose para otra guerra que sería la definitiva.

Desde su exilio en Nueva York, José Martí había venido orientando mentes y uniendo corazones. Los cubanos de la Isla y los que se habían ido al exilio se unían para luchar de nuevo. Un grupo de patriotas dispuestos a hacer lo que fuera necesario para alcanzar la soberanía, preparó el alzamiento y aquel 24 de febrero de 1895 se dio el grito no solo en Baire, sino en muchos otros puntos de Cuba. Dieron el grito los grandes líderes como Máximo Gómez, Antonio Maceo, Bartolomé Masó y Juan Gualberto Gómez. Y también las valientes patriotas, entre ellas: Adela Azcuy, Emilia Casanova, Bernarda Toro y Cristina Pérez. Todos gritaron ¡Patria y Libertad! Se aprestaron para ayudar con la guerra los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso; los miembros de los clubes revolucionarios de Yucatán, República Dominicana y Venezuela. También los hacendados de la colonia exiliada en Paris así como los campesinos de Viñales y de Campechuela. Al igual que habían hecho en la Guerra del 68, las mambisas se habían preparado de nuevo para dar su apoyo, y para volver a coser banderas y a confeccionar sombreros y uniformes para los soldados.

Termina siendo un cementerio de soldados de uno y otro bando, y la lucha por la independencia de Cuba no sería diferente. Por eso hubo necesidad de muchos médicos y enfermeras para auxiliar a enfermos y heridos. El Ejército Español estaba bien provisto de equipos de sanidad y de hospitales en ciudades y en poblados así como servicios de sanidad ambulantes para los campos. No así el Ejército Libertador que era pobre, con pocos médicos y limitado surtido de medicinas e instrumentos médicos. En casi todos los diarios de campaña que han sobrevivido advertimos que los cubanos estaban siempre en busca de quinina para remediar las enfermedades infecciosas, y nuestras enfermeras mambisas, como las Capitanas de Sanidad, Rosa Castellanos en Najasa, e Isabel Rubio en Pinar del Río, tuvieron en muchos casos que recurrir al uso de plantas medicinales para aliviar los males.

Pero en los más de 100 años que han pasado desde el final de la Guerra del 1895, poco se ha hablado sobre la extraordinaria labor de las congregaciones religiosas femeninas que, viendo la necesidad, dejaron sus labores habituales, la mayoría en la enseñanza, y se entregaron de lleno a dar apoyo a los necesitados de la guerra. Entre esas instituciones se encuentra la Congregación de Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl1 a la que honraremos en este artículo.

En circular del 1ro. de enero de 1847, el Obispo Buenaventura Codina, escribía: “En 22 de noviembre de 1847 salió de España para La Habana, capitaneadas por Sor Casimira Irazoqui, un grupo de Hijas de la Caridad. Fue admirable la alegría con que todas emprendieron un viaje de dos mil leguas por mar”, y el 12 de enero de 1848 llegaba a La Habana este grupo para hacerse cargo de la Casa de Beneficencia. Tres años más tarde, en 1850, llegan otras religiosas de la Caridad para trabajar en el colegio San Francisco de Sales de niñas huérfanas. También el arzobispo de Santiago de Cuba, el entonces Antonio María Claret y Clará2, quien luego alcanzaría la santidad, hace una solicitud a la Reina pidiendo diez religiosas más para su diócesis. Luego, en 1852 las Hijas de la Caridad son destinadas a sustituir a los hermanos de San Juan de Dios en todos los hospitales de Cuba. Las hermanas se hicieron cargo de muchas otras instituciones asistenciales, de manera que al finalizar la guerra y dejar España su dominio sobre Cuba, la asistencia hospitalaria en la isla dependía, en gran medida, de esta Congregación.

Con el tiempo siguieron arribando religiosas a la isla para ocuparse de los hospitales militares como el de San Ambrosio y el de Guanabacoa en La Habana, así como el de Santa Susana en Bejucal. Más tarde van a Puerto Príncipe donde son necesitadas en el Hospital de San Juan de Dios, en el de la Virgen del Carmen, en el Hospital Militar, y también en la casa de Beneficencia. Otras hermanas son asignadas a la Beneficencia de Santiago de Cuba.

A la par de su trajinar en la asistencia sanitaria, las Hijas de la Caridad también se ocupan de la docencia de la niñez y la juventud en colegios privados que establecen en La Habana, Matanzas y Santiago de Cuba3.

La Guerra de Independencia

Cuando comienza la contienda en 1895, el sistema de salud estatal quedó subordinado al militar, y los sistemas privados también se pusieron a disposición de las necesidades de la guerra. También hubo necesidad de que otros locales como los de almacenes e instituciones privadas fueran convertidos en hospitales provisionales, en enfermerías, o en clínicas dependientes de hospitales.

Las Hermanas de la Caridad ofrecen sus servicios en el Hospital Militar Alfonso XIII4 que más tarde se convertiría en el Hospital Calixto García. También trabajan en el Hospital Militar “Madera” de La Habana, y en los hospitales de San Francisco de Paula, y de San Lázaro. En el resto de la Isla abren sus puertas hospitales en Santa Clara, Cienfuegos, Sancti Spiritus, Remedios, Ciego de Ávila, Matanzas y en Santiago de Cuba, y en todos ellos trabajan las hermanas.

Una de las principales enfermedades que afectaban a los soldados durante aquellos años eran el paludismo o malaria; el vómito, y la fiebre amarilla. El clima tropical y el vestuario poco apropiado para Cuba fueron también factores de bajas en el ejército español. En cierta ocasión el Generalísimo Máximo Gómez llamaba a los meses de junio, julio y agosto “mis tres mejores generales” porque era cuando más bajas tenía el ejército español en la manigua y era ganancia de terreno para el ejército cubano.

Como si no fuera ya suficiente con todo el trabajo que desempeñaban estas religiosas, el Ministro de la Guerra ordena a que las hermanas marchen a la guerra con los batallones expuestas a muchos peligros. Querían que los soldados pudieran tener en su agonía los cuidados de “una madre y el pensamiento del cielo”. El Padre Félix García, vice visitador de la Congregación escribe al Padre General y le hace una descripción del heroísmo de las religiosas: “Las Hijas de la Caridad se han ofrecido a cuidar de los heridos en el campo de batalla y llegaron fieles en medio de los gritos de los moribundos y del estampido del cañón; algunas estaban desconsoladas por tener que quedarse entre las paredes del hospital… […]”5. Tanto fue el trabajo de las hermanas que aún durante el tiempo de la oración tenían que ocuparse de los enfermos, cumpliendo aquello de dejar a Dios en la capilla para encontrarlo en la persona de los pobres que padecían. Como decía San Vicente de Paúl, “si oís a los pobres que os llaman, mortificaos y dejad a Dios por Dios”.

En 1896 el Capitán General Valeriano Weyler impuso la reconcentración de la población en ciudades y poblados con el fin de privar a los insurrectos cubanos de la base de apoyo que le ofrecían los campesinos. Pensaba Weyler que con esta medida se daría fin a la guerra. La Reconcentración se aplicó primero en 1896 desde Sancti Spíritus hasta Oriente. Después, en octubre del mismo año se extendió a la provincia de Pinar del Río, y a principios de 1897 a los territorios de La Habana, Matanzas, y parte de Santa Clara. Durmiendo a la intemperie y pidiendo limosnas para alimentarse, o comiendo las sobras del rancho de los soldados; acorralados detrás de las alambradas en pequeños pueblos fortificados, los reconcentrados morían a montones, víctimas de la desnutrición, la disentería y la fiebre. Para dar un ejemplo, a consecuencia de esta medida, solamente en Pinar del Río fallecieron 8,638 personas en 1896, 15,454 en 1897 y 14,186 en 18986. La cruel e inhumana disposición de la Reconcentración no causó que la guerra terminara, ya que los mambises continuaron luchando, pero sí provocó que ocurrieran aún más enfermos y muertos. Esto, así como una protesta a nivel mundial, suscitó que Valeriano Weyler fuera relevado de su cargo.

En 1898 en el periódico Patria de José Martí, que era editado en Nueva York, apareció publicado un merecido encomio a las hermanas. Decía parte del artículo: “Hoy que Cuba está castigada por el azote de la guerra, la Hermana de la Caridad ha venido a cumplir su misión; la tenemos en los hospitales corriendo con todo lo que a la administración concierne y a la asistencia de los enfermos; ellas velan cuidadosamente porque del jefe al soldado todos estén bien atendidos; […]. Alimentos, medicinas, todo lo suministran por sus manos con arreglo a la prescripción facultativa, y a cada rato se las ve sentadas a la cabecera de un moribundo, hablándole de la vida eterna, consolándolo en sus dolores, infundiendo aliento y, por fin, cuando el alma del que deja de existir abandona la envoltura humana, sus labios rezan una palabra, pidiendo a Dios la gloria para el pecador, que abandona el mundo de los mortales”.

El 28 de febrero de 1898, sor Carolina García, del Hospital de Mazorra, escribía en una carta a la Madre General, sor Lamartine en España: “… Las tres plagas que tanto temíamos, al fin han caído sobre nosotras: la guerra, la peste y el hambre. Excepto tres hermanas, todas las demás han caído enfermas. […] Respecto a nuestros pobres, (enfermos), ya no pueden resistir por estar mal alimentados, pues no les podemos dar sino un poco de arroz cocido en agua. En el Hospital Civil de Santiago de Cuba, sor María Luisa Losa relataba a su superiora en Madrid, el 21 de junio de 1898: “Estamos sitiados por mar y tierra, y se muere de hambre toda la gente. […] Por el patio y cocinas de este establecimiento pasaron tres enormes granadas haciendo un ruido que horrorizaba; pero por fortuna no reventaron sino muy lejos […]. Somos diez de comunidad, algunas bastante delicadas, y sin recursos para nada. No puede Ud. figurarse las ganas que tengo de comer un pedacito de pan. Solo tenemos el Eucarístico7, y bendito sea Dios, que todavía no nos ha faltado”.

Y continúa sor María Luisa: […] Dentro de pocas horas principia el bombardeo, y en esta casa no han quedado ni capellán, ni presidente, ni administrador, ni médico, ni practicantes, y hasta la mayor parte de los empleados se han ido, deseando salvar sus vidas: ahora sí que me considero Hija de San Vicente. A Dios sean dadas las gracias”. Y al final añade: “Ayer por la mañana vino el Padre Martínez a celebrar para darnos la Sagrada Comunión […] después de la misa nos habló del acto tan agradable que a Dios hacíamos las Hijas de San Vicente, quedándonos en la ciudad expuestas a perecer todas por permanecer firmes en nuestra misión de caridad”.8

Fin de la Guerra

Las hermanas atendieron a enfermos de uno y otro bando porque lo primero era la Caridad, habiéndose registrado en una ocasión que una Hija de la Caridad en Camagüey prestó su hábito de monja a un ayudante de Calixto García para que se escapara, saliendo al anochecer como si fuese una hermana que iba a hacer compras a la ciudad.

Después de terminada la guerra en 1898, las Hermanas continuaron su labor acompañando en los barcos de repatriación a los soldados españoles enfermos y heridos, y siguieron atendiéndolos a bordo de los buques y en la Península. El P. Antolín Martínez relata lo sucedido en Santiago de Cuba:

“Después de las capitulaciones y entrega de la plaza de Santiago de Cuba, las cosas estaban allí tan mal, que nos pareció imposible poder permanecer por entonces en nuestra residencia de Santiago y resolvimos, muy a pesar nuestro, regresar a España […]. “Salimos de Santiago de Cuba el 28 de agosto los misioneros y las hermanas. El viaje fue todo él un calvario. Además de sor Eulalia, que murió a bordo del “Colón”9, cuando aún estábamos en la bahía de Santiago; murió sor Cruz a los seis días de navegación. Después de catorce días de navegación llegamos a la Coruña y nos comunican las hermanas que salieron a recibirnos que sor Bernarda había muerto allí, hacía nueve días […]. Por fin llegamos a Madrid y a los días murió también sor Petra, y había muerto pocos días antes sor Ramona, la del Hospital Civil […].” Algunas de estas hermanas que habían muerto habían trabajado por más de treinta años en la Isla. Muchas quedaron sepultadas en las inmensidades de los mares, como sor Josefa de la Rota y sor Francisca de Sales Montoya, que encontraron descanso en los mares de Oriente.

No todas las hermanas que habían venido a Cuba para ayudar durante la guerra partieron para España. Algunas quedaron en la isla en las obras de Casa de Beneficencia en La Habana y Santiago de Cuba; en los colegios de La Habana, Matanzas y Santiago, y en los hospitales de San Francisco de Paula, San Lázaro, y en el Hospital Santa Susana. Con los años vendrían más hermanas de la Caridad a Cuba, y surgirían muchas vocaciones religiosas de muchachas cubanas que se unirían a esta Congregación.

El periodista Manuel Aznar Zubigaray10, gran amigo de Cuba y abuelo de José María Aznar, quien llegaría a ser Primer Ministro de España, escribió en el año 1924 con motivo de las Bodas de Oro del Colegio La Inmaculada de La Habana: “No concibo el monumento al soldado español o al soldado mambí, sin la silueta de la blanca y ensangrentada toca de la Hija de la Caridad”.

Por sus trabajos heroicos, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl escribieron páginas de oro durante la Guerra de Independencia, y lo han seguido haciendo hasta nuestros días. Ellas continúan consagradas a Dios y a prestar sus servicios en favor del pueblo cubano. Nunca podrá Cuba agradecerles suficiente el bien que ellas le han proporcionado. ¡Bendecidas sean!

 

Referencias

1 La Compañía de Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl fue fundada en Francia en 1633 por San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac.
2 San Antonio María Claret y Clará (Sallent, Barcelona, 23 de diciembre de 1807-Prades Francia, octubre 1870). Fue Arzobispo de Santiago de Cuba (1850-1857). Su báculo tenía grabada la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre.
3 Ver Teresa Fernández Soneira: Cuba: Historia de la educación católica 1582-1961, Ed. Universal, Miami, 1997.

4 Inaugurado a finales de 1895, tenía 500 camas pero pronto se amplió a 2,000 y llegó a albergar 3,000 enfermos durante la guerra. Tenía pabellones de madera unidos por galerías cubiertas.

5 Carta del Vice visitador Félix García al Padre General, La Habana, 28 de febrero de 1897.
6 Anuario Estadístico de la República de Cuba, Imprenta El Siglo XX, La Habana, 1915, p. 30.

7 La comunión o el pan de la hostia.
8 Tomado de “Historia de las Hijas de la Caridad en Cuba”, por sor Eva Pérez-Puelles, Superiora de la Congregación en Miami. Docuemnto inédito.
9 El vapor Colón fue comprado en 1895 por la Compañía Transatlántica Española para transportar tropas y pertrechos a Cuba.
10 Manuel Aznar Zubigaray (Echalar, 18 de noviembre de 1894-Madrid, 10 de noviembre de 1975) fue un periodista, político y diplomático español. En 1922 dejó España con su familia y marchó a Cuba buscando abrirse un espacio entre el periodismo cubano. Dirigiría sucesivamente los periódicos El País, el Diario de la Marina y Excelsior.

 

 


Teresa Fernández Soneira (La Habana, 1947).
Investigadora e historiadora.
Estudió en los colegios del Apostolado de La Habana (Vedado) y en Madrid, España.
Licenciada en humanidades por Barry University (Miami, Florida).
Fue columnista de La Voz Católica, de la Arquidiócesis de Miami, y editora de Maris Stella, de las ex-alumnas del colegio Apostolado.
Tiene publicados varios libros de temática cubana, entre ellos “Cuba: Historia de la Educación Católica 1582-1961”, y “Mujeres de la patria, contribución de la mujer a la independencia de Cuba” (2 vols. 2014 y 2018).
Reside en Miami, Florida.