Ciudadanía

LA HORA DE LA PRUDENCIA POLÍTICA EN CUBA

Jorge Ignacio Guillén Martínez | 16 junio, 2021

Foto tomada de Internet.

La acumulación de problemas cotidianos en todos los sectores de la sociedad cubana, la insostenibilidad e incapacidad del modelo económico para generar unas condiciones mínimas para la vida, y por otro lado la inviabilidad del modelo político, su probado colapso e ineptitud ya no para construir el socialismo, sino para garantizar a los ciudadanos un mínimo de libertad, justicia, progreso y desarrollo, son realidades que hablan de manera clara y profunda sobre la necesidad de cambios, sobre la necesidad de dar paso a nuevas formas de organización de la sociedad coherentes con el respeto y reconocimiento de los derechos y libertades fundamentales de los cubanos, que posibilite la organización de un Estado de Derecho y una democracia de calidad, y que genere condiciones para que el país avance irremediablemente hacia un verdadero desarrollo humano Integral.

Al mismo tiempo, toda situación de crisis, especialmente cuando es una crisis grande, profunda y multidimensional como es el caso de Cuba, demanda de una respuesta, de soluciones, de estrategias de cambio, de planeación del futuro, de transformación de unos métodos y quizás de los fines también, por otros más actualizados y modernos de acuerdo con las aspiraciones y los consensos sociales que se logren construir. El hecho de que Cuba necesita moverse, cambiar, transformarse radicalmente, económica, política y socialmente, es bastante aceptado tanto en la sociedad civil, en el debate público, por la gente de a pie, como en las propias instituciones estatales. La gran mayoría de la gente en Cuba reconoce esa necesidad, y las propias autoridades hablan desde hace décadas de “actualizar”, perfeccionar e incluso reformar el modelo económico al mismo tiempo que se incluyen aspectos de carácter social y políticos.

Sin embargo, lo que ha pasado es que las aspiraciones de cambio de la gente, y los tímidos y superficiales pasos que han dado las autoridades no se corresponden, y la presión ciudadana cada vez es más fuerte al mismo tiempo que el descrédito de las autoridades aumenta, haciendo mayor también el número de reformistas dentro del propio sistema, y la profundidad de los cambios que proponen. De este modo, estamos hoy frente a un círculo virtuoso, que empuja inexorablemente al cambio. Es un proceso indetenible. Un proceso que en los últimos años cuenta con dos combustibles altamente potentes, que han impulsado la velocidad y la profundidad de los procesos sociales, se trata del contexto internacional en el que nos encontramos (al menos con dos o tres elementos importantes a destacar: 1. La crisis venezolana y sus impactos para Cuba, 2. El embargo y el recrudecimiento de sanciones desde los Estados Unidos, 3. La pandemia y sus consecuencias para la economía y el bienestar social en Cuba), y por otro lado la internet, y las nuevas oportunidades que esta ofrece en el nuevo contexto cubano. Algunos elementos determinantes para que el internet sea tan importante hoy en día son: 1. Es canal y vía de comunicación que articula y une a la ciudadanía, 2. Es una herramienta para la denuncia y la protesta social, 3. Es fuente de información y de educación ciudadana, 4. Es, en fin, un medio para ampliar las libertades y los derechos de los cubanos, o al menos para dar pasos significativos en esa dirección, cosa que hemos visto en los últimos tiempos en Cuba.

Ahora bien, además de la conciencia y conocimiento pleno de los problemas que tenemos en Cuba, y de la necesidad de cambio así como de las potencialidades que existen para el mismo, hay otras dos preguntas que necesitan respuesta, y a la que los cubanos han estado respondiendo, la primera de forma masiva, la segunda con menos interés y reconocimiento de su importancia por la mayoría, aunque sí valiente y efectivamente asumida por una minoría. La primera sería cómo cambiamos, qué mecanismo adoptamos, qué herramientas empleamos, a qué experiencias históricas miramos tratando de encontrar la vía para poner en movimiento las transformaciones definitivas que todos ansiamos. Y la segunda, sería hacia dónde queremos ir, la pregunta por el fin, por la meta, por la sociedad del futuro, por la Cuba que soñamos, a la que desde centros de pensamiento como el Centro de Estudios Convivencia se ha estado dando respuesta en los últimos años, a través de un itinerario de pensamiento y propuestas para el futuro de Cuba, que puede ser consultado online (www.centroconvivencia.org). También existen otros grupos o personas que han hecho sus propuestas y las hacen constantemente, respecto a cómo es esa Cuba que soñamos.

Considero que estas tareas ciudadanas, la de pensar cómo cambiar y trabajar constantemente en métodos para lograr una transformación, y la de planear, prever y adelantarnos a los problemas que podrían venir luego del cambio, son ambas de suma importancia, son ambas urgencias del presente nacional, son tareas impostergables que debemos seguir impulsando de acuerdo con la vocación y las capacidades de cada cual, para que sepamos a dónde ir, y para que contemos también con medios efectivos para transitar el camino y lograr finalmente una sociedad libre, justa, humana y desarrollada, con todos y para el bien de todos, tal y como la soñó nuestro apóstol y como también la soñamos los cubanos hoy en día.

Sin embargo, al mirar al interior de la sociedad civil, al mirar también la actitud de las autoridades, siento que a veces no estamos lo suficientemente preparados para sumir estas imperiosas y honorables tareas que demanda la patria; siento que necesitamos crecer y madurar como ciudadanos para servir mejor, para que nuestras propuestas sean mejores y para que nuestros métodos sean también mejores y más buenos. Siento que el trabajo de cada día, está minado por el analfabetismo ético y cívico que padecemos, y por el daño antropológico que ha causado o agudizado el sistema imperante en los últimos sesenta años, y que nos lleva a menudo a proponer unos métodos extremos, o unos fines sesgados ideológicamente, o a caer en contradicciones entre fines, métodos y principios, o a muchos otros errores que hacen creer a muchos que no tiene sentido seguir intentando cambiar las cosas, que Cuba no tiene remedio, y que son en vano los esfuerzos. Ante esta realidad, e inspirado en el pensamiento de Aristóteles y Santo Tomás, propongo cultivar y practicar la virtud de la prudencia política.

La hora de la prudencia política

Según estos autores podemos entender la prudencia política como una virtud esencial para la vida en sociedad, imprescindible para avanzar al bien común, para lograr una coherencia de vida y un balance entre idea y realidad, entre bien común y bien individual. Gracias a esta virtud es posible conjugar fines y medios sin caer en contradicciones como las planteadas por el maquiavelismo, es posible aplicar verdades universales a la vida cotidiana sin cegarnos por las ideologías, evitar los extremos sin caer tampoco en posiciones relativistas. La prudencia guía la acción de los ciudadanos siempre procurando que hagamos el bien de manera auténtica, esto es, que tengamos una verdadera disposición hacia el bien y no que lo hagamos para aparentar o perseguir otros intereses.

La prudencia, es entendida por estos autores, de manera general, como una virtud intelectual pero también moral. Una virtud que permite el discernimiento sobre qué se debe hacer en un momento y un contexto concreto, para que nuestra acción esté encaminada al bien. Una virtud que es capaz de educar o dominar nuestros apetitos humanos, nuestras emociones, nuestras tendencias y comportamientos, para que siempre respondan a la razón, a la verdad y al bien.

Es la conjunción entre lo ideal y lo concreto, entre lo imposible y lo posible, entre lo que deseamos y lo que el contexto nos dice es razonable alcanzar. El prudente se atiene a esta realidad, no intenta construir lo imposible, ni tampoco se conforma con menos de lo que es posible realizar. La prudencia nos habla de la justa medida, del equilibrio, de la conjunción de factores para no quedarnos inmóviles ni tampoco perdernos en utopías irrealizables y enajenantes que a la larga se alejan de la realidad.

Evitar los impulsos, controlar las emociones y los sentimientos, tomar decisiones a la luz de la razón práctica, no dejarnos llevar por primeras impresiones, ni por el dolor, la ira, la rabia y cualquier otra emoción que aunque son imposibles de experimentar, sí pueden ser manejadas para bien con la inteligencia. El prudente no toma decisiones apresuradas, discierne, valora las posibilidades, mira la realidad desde distintos ángulos, escucha criterios diferentes, se informa, estudia, pide ayuda, escucha, valora los pros y contras, no se desespera, no sucumbe ante el pesimismo y la desesperanza, toma tiempo para que pase la tormenta, evita las posiciones extremas, estudia el contexto concreto en el que se debe actuar.

La persona prudente, y específicamente quien ejerce la prudencia política, que no es más -según los autores de referencia- que la orientación de la prudencia hacia el bien común, hacia lo que es de interés para el bien de todos y cada uno de los cubanos, es una persona que huye de las soluciones ideológicas, que pone a la persona como centro y fin, como lo más importante. Que reconoce que no existe una idea perfecta que encaje y funcione en cualquier realidad, sino que sabe que cada realidad, cada tiempo, cada momento, demanda de unas herramientas, de una forma de responder a los problemas que es particular y que debe ser descubierta y construida por todos los ciudadanos.

La persona prudente tiene memoria, toma las experiencias de vida personales y ajenas como insumo fundamental para la toma de decisiones, la huella del pasado es la guía que permite avanzar al prudente. Al mismo tiempo, es una persona que mira hacia adelante, que intenta prever, adelantarse, pensar el futuro, tratar de avanzar por caminos que eviten los errores que ya la experiencia ha señalado, proveer a la gente con las herramientas para avanzar a ese futuro. El prudente es proactivo, tiene esperanza, es perseverante.

Cuba necesita en este momento crucial que los ciudadanos y las autoridades, todos en general, cultivemos y practiquemos la virtud de la prudencia. Para que no sigamos excluyendo, dividiendo, desanimando, estereotipando, ni generando desconfianza entre cubanos, sino que sepamos unir en la diversidad, solidarizarnos, abrazarnos, y construir a partir de los aportes de todos, un país con mayores oportunidades.

 


  • Jorge Ignacio Guillén Martínez (Candelaria, 1993).
  • Laico católico.
  • Licenciado en Economía.
  • Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.