Lunes de Dagoberto

La familia: lo primero y principal

Dagoberto Valdés Hernández | 6 Mayo, 2019

Lunes de Dagoberto

Hace ya mucho tiempo, antes de tener mis tres hijos, aprendí en mi propia familia y en un curso audiovisual en la Iglesia de mi juventud estas seis palabras que luego la vida misma ha llenado de certeza y contenido: “la familia: lo primero y principal”.

No se trata de un lema rutinario, ni de una frase romántica, ni de una visión idílica de la familia. Cuba está harta de lemas vacíos, los cubanos entendemos el romanticismo como algo meloso y ñoño, y las familias idílicas y perfectas no existen más que en los libros infantiles que ya no se escriben.

Por eso quiero compartir con ustedes mi experiencia y mi visión de la familia. Sobre todo en momentos en que Cuba y sus alrededores, estamos viviendo y viviremos momentos muy duros cuyos dolores de parto ya estamos sintiendo cada vez con mayor intensidad. Que el parto sea de cuatrillizos: la libertad, la justicia, el amor y la paz.

En tiempos de crisis de crecimiento, la familia es al mismo tiempo: inspiración, refugio y esperanza. Estoy hablando de la familia real, la que cada uno tiene, aquí o dispersa por cualquier lugar del mundo. No es la familia ideal que hubiéramos querido en nuestros sueños, es la que descuartizó el comunismo. No es la familia unida y sin problemas, es la que se debate entre la subsistencia y la decencia. No es el hogar reposado y campestre, es la familia del corre-corre, el ruido, el plato en la mano, la mesa sin mantel ni cubiertos, la cama destendida y los móviles y tabletas que nos aíslan al mismo tiempo que nos comunican para mayor seguridad en medio de la incertidumbre y la violencia. Es la familia que tenemos, con sus luces y sus sombras, con sus proyectos y fracasos, con sus pequeñas alegrías y grandes problemas que nos dejan sin resuello. A esa me refiero en esta columna, es a esa a la que quiero honrar, agradecer, encomendar en mis oraciones. En esa en la que quiero vivir, refugiarme, consolarme, descansar, recargar mis fuerzas y transparentar con confianza mis achaques y debilidades.

Es a esa familia a la que quiero dedicar, regalar y transmitir los valores que me sembró la mía, la espiritualidad que me cultivó la Iglesia. Es mi familia, especialmente mis tres hijos y mis tres nietos, la razón de mi proyecto de vida, de mis luchas, de mi permanencia en Cuba, de mi probada fidelidad a la madre Iglesia de la que soy hijo no solo espiritual, sino casi martirial… por dentro y por fuera. No me alcanzarán las fuerzas para agradecer a la Madre Iglesia, esta, la de Cuba, la de Pinar del Río, la que conocí en su corazón y entrañas al servicio de la Santa Sede, la mía, tal cual fue y es: la Iglesia de los obispos Rozas, Jaime, Siro, Serpa, la del Padre Cayetano, Jaime Manich, Mario, Tony, Manolo de Céspedes, Javier y José Vicente… la de Sor Marina, Sor Aida, Sor Iraida, Sor María Rita y Sor Dolores, Sor Concha y Sor Reinelda, entre otras muchas. No menciono a los laicos que me han formado y acompañado, solo algunos con la esperanza de que la multitud que falta me perdone la falta de espacio digital, no cordial, donde están todos y muy presentes; Felito, Leonor, Mercy, Gustavo, Orestes, María Antonia, Pepe, Amable, Elida, Angelita, Ana, los de Vitral, los de Convivencia…

Todo lo poco que he sido y que he hecho, ha sido para dejar a mis tres hijos: Daguito, Javier y Ana Isabel, a mis tres nietos: Brenda, Isabela y Milán, les he dado la herencia que mi padre Dagoberto Raúl y mi madre Isabel, esculpieron en mi alma. Por eso valoro tanto a la familia, la de verdad, de mi padre que marchó a mis 10 años y la de mi madre recia, limpia, fuerte y fiel que me dejó a sus noventa y uno, cuando ya no pudo más; y a los que la acompañaron a ella: Olga y Toledo, Lucía y Yoandy, y tantos otros que ella supo cultivar y ser fiel a una amistad y familiaridad sin estridencias ni meloserías pero con presencia y compromiso sin igual cuando hizo falta. Valoro a la familia que formaron mis abuelas, mis tías, mis primas que son mis hermanas.

No puedo dejar de decir cuando hablo de mi familia, que un niño puede ser esculpido para bien y para mal, antes de los diez años con mucho. Y lo digo sobre todo por mi padre: a los nueve años me enseñó a tomar decisiones con cabeza propia en el viejo sofá de mi casa, y a enfrentar las consecuencias de mis decisiones y enrumbar mi vida hacia la Iglesia Católica sin olvidar el semillero plantado por aquel matrimonio metodista. He tenido familia nuclear, pero también familias radiales que me han aportado mucho, las de sangre y las otras.

Recuerdo, también, que con 7 u 8 años acostado en el piso al lado de la cama de mis padres, en el último cuarto, mientras mi padre escuchaba las noticias diarias, en una emisora americana, casi escondido. Escuché la palabra comunismo y le pregunté a mi padre: Papá, ¿qué es el comunismo? Y él se volteó, dejando el radio, comenzó a hacerme la historia de Atila y su caballería y que por dónde pasaban aquellos briosos caballos no salía ni la hierba. Mi padre había estudiado con los padres escolapios y su pedagogía y paternidad inclaudicables eran luz de mañana y abrazo apretado.

Apreté a mis hijos y cada noche me acostaba a las 8 de la noche rotando en una de sus tres camas en el mismo cuarto para tres cosas y una sola: contarle un cuento “inventa´o”, leer un pequeño relato de la Biblia del Niño y rezar, primero el Nada te Turbe, y luego el Padre Nuestro y el Ave María. A veces hacían trampas para que papá repitiera otra noche seguida en su cama. Eran esas tres para una sola: presencia y juntera física, educación con fantasía y piedad de la recia y breve, como la de la Santa de Ávila. Ellos aprendieron así, el contenido de lo que les decía su padre: a pesar de todo y de todos: ¡La familia: lo primero y principal!

Apretujo a mis nietos y, cuando puedo, me acuesto muy junto a ellos, o les doy un “paseo cívico”… espero que sus padres y madres sepan estar físicamente, educar con fantasía y profundidad y les acompañen en el cultivo de una piedad recia, sólida, fiel y tierna. Como la de sus bisabuelos y abuelos. Todo, pero todo, absolutamente todo lo demás pasará: “Todo se pasa”, los sufrimientos y persecuciones, los trapos y adornos, las casas y viajes, las citas e interrogatorios, y volverá a reverdecer la hierba de los campos cubanos y ningún papá tendrá que comparar con la historia épica de Atila. Volverán la virtud del Padre Varela y la rosa blanca del apóstol Martí.

Y se confirmará generación tras generación que todo lo que hicieron nuestros padres y sus abuelos y bisabuelos fue por ellos y para ellos, por Cuba y su Iglesia, por la fe que nos ha mantenido fieles y erguidos, aunque hallamos caído y flaqueado, pero la última palabra será de la vida para que en cada familia cubana, donde quiera que esté luchando y creciendo sea honrada y vivida la verdad que nos ha unido y revivido, aquella que ha sido corona y almohada: nuestra familia, tal y cual es, pero la nuestra. La que nos ha sostenido y de la que estamos orgullosos.

Perdonen que haya hablado de mi familia. Ponga cada cual su propia historia familiar, y ojalá que esta sea la mejor herencia que dejen a sus descendientes.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

 

 


  • Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
    Ingeniero agrónomo. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017.
  • Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
    Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
    Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
    Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
    Reside en Pinar del Río.

 

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