Lunes de Dagoberto

La Navidad es “meterse” en el mundo

Dagoberto Valdés Hernández | 23 Diciembre, 2019

Lunes de Dagoberto

“He aquí, que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: Dios-con-nosotros”. (Mateo 1,23)

La Navidad es la celebración del nacimiento de Jesucristo, que para los cristianos es el Hijo de Dios hecho hombre en las entrañas de María de Nazaret.

Es la fiesta de una aparente locura, de una contradicción hasta hace 2 mil años insalvable, de un oxímoron. Es la fiesta de Dios hecho hombre. Hasta entonces en todas las religiones sistematizadas conocidas, existía un abismo insalvable entre el Creador y su creatura, entre Dios y los hombres, entre el Cielo y la Tierra, entre lo espiritual y lo material, entre lo divino y lo humano. 

Pero he aquí que el profeta Isaías, 700 años antes de Cristo, anunció lo que el evangelista Mateo ratificó después del nacimiento y muerte de Jesús: “será concebido en el vientre de una joven virgen y será llamado Enmanuel: Dios-con-nosotros” (Isaías 7,14). Desde siete siglos antes el nacimiento de un Mesías era esperado por todo un pueblo y una religión, la primera monoteísta, pero el estupor fue total cuando en un pueblo perdido del Medio Oriente, en una cueva dedicada a dar de pastar a los animales, en las afueras de Belén, ocurrió el hecho histórico que cambió la dirección y el sentido de las religiones hasta entonces. En aquellas era el hombre quien tenía que alzar su vista al cielo y vaciarse de su humanidad para “subir” al umbral de Dios. En esta nueva religión, el cristianismo, que solo tiene alrededor de 2000 años, ocurre una revolución, una conversión de la historia, se inaugura un “mundo al revés”: El Dios que “baja” que mira a la Tierra, que se hace hombre para redimir la naturaleza humana caída por el mal uso que hemos hecho de nuestra libertad intrínseca regalada por Dios pero abusada por los hombres.

Entonces en el cristianismo, Dios se “hace hombre” en la persona de Jesús de Nazaret. La palabra que usan los teólogos es se “encarnó”, lo que equivale a decir, “se metió” en nuestra naturaleza humana devolviéndole, por su redención, la dignidad y la estatura del principio antes de que dejáramos entrar el mal uso de nuestra libertad en la historia de la Humanidad. Esta “locura de amor” de Dios. De un Dios cercano, “humanizado” es una buena noticia no solo para los que creemos en Él, sino para toda persona individualmente y para toda la humanidad.

La inmensa mayoría de los seres humanos queremos que nos traten con respeto, que nos consideren como personas que somos, que no se reprima la libertad con la que nos ha dotado el Creador, que llegue a plenitud la dignidad de cada hombre y mujer y su desarrollo humano integral. Que una religión como la cristiana tenga entre sus dos más grandes fiestas la de la Encarnación de Dios en nuestra historia humana eleva al carácter sagrado esa aspiración y la eleva hasta compartirla y redimirla Dios mismo hecho hombre en Jesucristo. Digámoslo con las palabras, en mi opinión más luminosas del Papa Benedicto XVI en Cuba: “Dios respeta tanto la libertad humana que pareciera necesitarla”. Entonces todo ciudadano debe respetar esa libertad y la dignidad plena de su semejante porque  ¿Quién es quién como para reprimir esa libertad sagrado de hijo de Dios y esa dignidad de la persona humana que ha sido “habitada” por aquel que comparte su vida divina?

Otra enseñanza de Navidad profunda es que si Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, se encarnó en nuestra historia y se “metió” en todo lo de este mundo, menos en la maldad, es absurda esa postura sostenida por algunos creyentes y por algunos ateos de que la Iglesia, es decir, los seguidores de Cristo, no debe “meterse en política”, o en los asuntos temporales, en las contingencias de la vida económica y social, cultural y cívica. No para imponer una confesión religiosa sino para aportar, en diálogo con todos, los valores y las virtudes que anuncia y profesa, contribuyendo con ellos a que la sociedad pase de condiciones menos humanas a condiciones más humanas.

Si su Fundador y Maestro, Jesucristo, se inmiscuyó en todos los aspectos de la vida y la sociedad, quiénes seremos sus discípulos para dejarnos alienar por un pietismo sin compromiso social que no es la verdadera religión de Jesús, sino, como ha sido tildada cuando no ha puesto en práctica su Doctrina Social y se ha aliado a los poderosos, semejante al “opio de los pueblos”, una especie de droga tranquilizadora con una falsa paz y una esperanza solo en el más allá, que nos conduce imperceptiblemente a la “fuga mundi”, es decir, a escapar al “exilio de todo” o a un encierro o inxilio vacío y sin sentido, llamado por San Pablo VI “fenómeno de cansancio y vejez”.

Navidad no son los arbolitos, ni los “nacimientos, ni las guirnaldas, ni la cena de nochebuena. Todos esos son signos tradicionales de una fiesta más profunda y comprometida que celebramos junto con el nacimiento histórico de Jesús: son y deben ser signo de la encarnación de los cristianos y de la Iglesia en la historia que le ha tocado vivir, signo de su compromiso para transformar esa historia hacia la plenitud de la naturaleza humana y más allá. Navidad es fiesta del triunfo de los hijos de la luz sobre las tinieblas del mal que se entremezcla en la vida concreta de cada persona, de cada familia y de cada nación. El que se aliena y huye de ese compromiso, incluso puede ser una buena persona y un disciplinado ciudadano, pero no podemos creernos que somos cristianos si le zafamos el cuerpo al compromiso con lo que está viviendo nuestro pueblo y nos despojamos de la cruz que le toca a quienes deciden seguir a Jesús, encarnado en la pasión de cada persona, familia y nación.

Si, por lo menos, tomáramos conciencia de lo que significa la Navidad y nos pusiéramos en el camino de la encarnación en los problemas de nuestro pueblo, entonces no importaría mucho la cantidad de arbolitos o de luces, el tamaño del “nacimiento” o lo que tengamos sobre la mesa en la cena de Nochebuena. En realidad deberíamos colocar una luz en nuestro árbol solo cuando asumamos una realidad vivida por los cubanos e iluminada por los valores del humanismo cristiano. ¿Cómo lucirían nuestros arbolitos de Navidad?

Si asumimos en nuestras vidas como cristianos, como Iglesia en Cuba, el gozoso misterio de la encarnación con todas sus consecuencias, entonces podremos decir con paz de conciencia:

¡Feliz Navidad!

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

 


  • Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
    Ingeniero agrónomo.
  • Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
  • Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017.
  • Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
    Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
    Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
    Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
    Reside en Pinar del Río.

 

Ver todas las columnas anteriores