Lunes de Dagoberto

La Virgen de la Caridad: diálogo con un amigo ateo sobre las esencias de la Nación

dagoberto valdés hernández | 9 Septiembre, 2019

Lunes de Dagoberto

Un buen amigo mío, académico y jaranero, hacía ayer 8 de septiembre en su perfil de Facebook, estas dos preguntas:
• Por fin ¿quién es la esencia de la cubanidad: la Virgen de la Caridad, Martí o Celia Cruz?
• ¿Qué hacemos los cubanos ateos el día de la Virgen de la Caridad del Cobre?

Mi primera reacción fue de risa porque está claro que en un foro como Facebook no se tratan este tipo de disquisiciones. Luego lo consideré solo una forma de participar de alguien que no deja pasar como “da igual” una cascada de pinturas, estampas, oraciones y fotos relacionadas con la Virgen de la Caridad, más popularmente llamada Cachita, en el día en que los cubanos celebramos su fiesta. 1

Pasé rápidamente a otros post pero aquel me seguía llamando la atención. Y regresé ya considerando las dos preguntas como dos semáforos o llamadas de alerta que bajo la típica jocosidad de los habitantes de esta Isla, estén donde estén, podían sonsacarnos hacia una reflexión extra-facebook. Respondí con dos frases y me propuse volver sobre el tema para agradecerle a mi amigo, intelectual y jacarandoso, la acuciosa insinuación. Estoy convencido que si un día lee esta breve columna, se reirá de que yo haya mordido el anzuelo y le restará filo a su incitación a pensar primero.

He aquí mis dos respuestas, un poco más ampliadas, porque así me lo permite esta columna.

Mi querido amigo: La esencia de la cubanidad es ajiaco: pluralidad, mezcla, sincretismo, mestizaje. Pretender la pureza de nuestra esencia es abandonar su propia identidad. Así lo expresó en inigualable simil nuestro Fernando Ortiz:
“Cuba es un ajiaco ante todo, una cazuela abierta. Eso es Cuba, la Isla, la olla puesta al fuego de los trópicos… Cazuela singular la de nuestra tierra, que ha de ser de barro, muy abierta. Luego, fuego de llama ardiente y fuego de ascua y lento, para dividir en dos la cocedura: tal como ocurre en Cuba, siempre a fuego de sol pero con ritmo de dos estaciones: lluvia y seca, calidez y templanza.”

Y más adelante dice el tercer descubridor de Cuba:

“Acaso se piense que la cubanidad haya que buscarla en esa salsa de nueva y sintética suculencia formada por la fusión de los linajes humanos desleídos en Cuba, pero no, la cubanidad no está solamente en el resultado sino también en el mismo proceso complejo de su formación, desintegrativo e integrativo, en los elementos substanciales entrados en acción, en el ambiente en que se opera y en las vicisitudes de su transcurso” (Fernando Ortiz. Factores humanos de la cubanidad. Revista Bimestre Cubano. No. 2, Vol. XLV. Marzo-abril de 1940, p. 161-186).

Otro de los grandes intelectuales de nuestro siglo XX, Cintio Vitier, afirma en “Lo cubano en la poesía” (1970) que:

“No hay esencia inmóvil y preestablecida, nombrada “lo cubano” que podamos definir con independencia de sus manifestaciones sucesivas y generalmente problemáticas, para decir: Aquí está, aquí no está. Nuestra aventura consiste en ir al descubrimiento de algo que sospechamos, pero cuya identidad desconocemos. Algo, además, que no tiene entidad fija, sino que ha sufrido un desarrollo y que es inseparable de sus diversas manifestaciones históricas”.

Así, admirado colega, disfruta hoy y siempre de esos tres ingredientes de nuestro ajiaco, todo mezclado. Y si te gustaran más por separado: te sugiero que te leas al “inetiquetable” Apóstol, le enciendes un puro habano a Cachita, mientras disfrutas de algunas de las yerbas (medicinales) del insuperable “Yerberito” de la Celia que supo reunir en un mismo corazón el amor a Cuba, a la Virgen y a Martí. Todo cabe, pero no todos son esencias, por tus otras dudas.

Y si no te aburro, porque ya sé que no era en serio, pero tampoco era broma, sigo embarcándome en el bote de los tres juanes, arriesgándome a naufragar, ya desde el parte meteorológico cubanísimo, de una tormenta de ideas que fue pronosticada para alertar y se fue por otro camino, como muchos de nuestros ciclones.

Algunas sugerencias para un ateo en el día de la Virgen de la Caridad:

Querido amigo, hoy no te dejes provocar por fanatismos o supersticiones, ellos forman también parte de nuestra identidad arbolaria, desde que el Padre Varela escribió sus Cartas a Elpidio cuando, para tu tranquilidad, el cura fundador y profeta de nuestra nacionalidad le envío a la juventud cubana esa frase que todavía hoy tiene toda su vigencia y urgencia:

“Diles que ellos son la dulce esperanza de la Patria y que no hay Patria sin virtud, ni virtud con impiedad”.

Una vez vacunado contra estas formas de expresarse parte de nuestro pueblo en su sencillez y siempre desproporcionada inventiva, también con santos y devociones, desde mi fe, tan racional como tu ateísmo, porque somos hijos de un mismo tiempo, te sugiero serenidad y discernimiento para identificar y rechazar toda las hegemonías excluyentes, sean religiosas, políticas o económicas. La serenidad no es el “dejar pasar”, ni la fría indiferencia de superioridad engreída; sin embargo, podría asemejarse, según aprendí en las fallidas clases para sacar la licencia de conducir en ese clásico consejo de “mantener ambas manos sobre el timón”, aunque para ser fiel a tus dos post, vayas encendiendo luces y tocando claxon, en un día de fiesta como el de la Caridad.

Un ateo no nos debería abandonar a nosotros los creyentes a nuestro arbitrio. Por favor, aprovecha este día en que todos estamos embebidos, y a veces bebidos, celebrando a nuestra entrañable madre mulata del Cielo, para recordarnos los problemas concretos de esta tierra, para exigirnos un siempre creciente compromiso con las causas de la justicia, de la libertad, de la consiguiente responsabilidad con la equidad sin falsos igualitarismos por decreto, con la unidad en la más mestiza diversidad, con la liberación de los oprimidos y la prosperidad y felicidad de nuestros pueblos.

Por favor, queridos hermanos ateos y agnósticos, no se aburran ni se autoexcluyan en un día de tanta devoción cubanísima. Despierten nuestra alma del sopor del incienso para que vuelva sus ojos hacia los más vulnerables, los excluidos, los perseguidos, los sin voz, los que no tienen techo, ni tierra, ni pan. No teman exigirnos que nos entreguemos, al mismo tiempo que a las legítimas devociones del alma, motivadora mística para elevar nuestro espíritu, también a las obligaciones de justicia y libertad, inherentes al “saber”, al “estar” y al “compartir” solidarios.

No teman a esta dialéctica entre la mística y la “mástica”, es decir, entre la religión auténtica y la verdadera política, que no politiquería, porque esa jovencita del Medio Oriente, llamada María, o Miriam en su lengua, de tez morena, de clase baja, de probada fe en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, que entre los quehaceres cotidianos del hogar tuvo la audacia de dar su Sí al compromiso, fue tan consecuente con esa alianza que unos días después salió, diríamos hoy, de su zona de confort, para subir a la loma para servir y ayudar a su prima anciana y encinta (signo de los problemas de la “negación de la negación”) y allí, con la sencillez de las mujeres fuertes y valientes, lanzó al mundo este himno de liberación por el que le celebramos esta fiesta de hoy.

A ver si al fin llega el tiempo en que nos pudiéramos encontrar para festejar juntos en el Día de la Caridad con los ateos, agnósticos, amigos de “derecha”, “centro” e “izquierda” francas, inspirándonos en estas pocas frases de ese aún incumplido cántico profético que pronunció María de Nazaret para todos los tiempos y culturas:

“Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.”
(Evangelio de Lucas, capítulo 1, 50-53)

Si quisiéramos unirnos ateos, agnósticos y creyentes, no nos va a alcanzar el Día de la Caridad para trabajar juntos para que estas utopías se vayan haciendo realidad en nuestra Patria y en todo el mundo. El origen de ellas no puede ser más religioso y más liberador, valga la redundancia. Así habló la Virgen de la Caridad, es decir, María la de Nazaret. Ojalá que esta pudiera ser una de las muchas respuestas a la ingenua y estimulante pregunta de mi amigo sobre que puede hacer un ateo en Cuba o entre cubanos de la Diáspora un Día de la Caridad del Cobre. Y ojalá que para nosotros los creyentes, católicos o de cualquier otra denominación que veneramos a María la madre de Jesús de Nazaret, no nos alienemos con nuevos opios, sean devociones, ideologías excluyentes y totalizantes o simple banalidad existencial.

Por lo pronto, mi querido amigo, para animarnos mutuamente, te comparto esta sencilla oración compuesta por un yagüero hace más de quince años, en una vieja libreta donde apuntaba las yaguas que recogía bajo la hidalguía inigualable de nuestra palma real, hombro con hombro, con obreros y campesinos, incluso con algún que otro amigo convicto que cumplía su condena en una fraternal brigada sobre una carreta tirada por un tractor soviético durante diez años y un mes:

PLEGARIA DE UN YAGÜERO
A LA VIRGEN DE LA CARIDAD

Virgen de la Caridad,
Cobija de todos los cubanos,
Ave Marinera y Tabla de salvación
Del que zozobra y del que sufre:
Bajo tu Ternura nos guarecemos
De la nostalgia y de la falta de libertad.

Blanca y silvestre Mariposa:
Que nuestra alma no se corrompa,
dános la transparencia de la honestidad y de la coherencia.

Himno de Gratuidad y de Servicio,
Magníficat de los pobres:
Concédenos ser una ofrenda permanente
en el ara de la Cruz y de la Patria
de modo que todo lo que hagamos y soñemos
sea para hacer de Cuba un Hogar nacional.

Escudo de los que son oprimidos:
mira a la Perla que llora,
a la Llave encerrada,
a la Palma que se deshoja
por la pérdida de sus hijos.

Cobija a nuestra Nación con el guano de tu Ternura.
Envuelve nuestra historia con la yagua de tu Memoria y
envíanos el rocío del perdón, la magnanimidad y la reconciliación.
Reconstruye nuestro futuro con los horcones del Amor y la Virtud.

Estrella de la mañana,
que anuncias un nuevo día:
Apresura para Cuba
el amanecer de la libertad.
Amén.

8 septiembre 2002

 

 


  • Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
    Ingeniero agrónomo. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017.
  • Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
    Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
    Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
    Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
    Reside en Pinar del Río.

 

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