Historia

Las mambisas de Occidente

5 Septiembre, 2008
Por Teresa Fernández Soneira
“Pues quien no ama a la patria, ¡oh, Cuba mía!, no tiene corazón”.
Luisa Pérez de Zambrana
Todos los países del mundo han contado con mujeres heroicas, y nuestra Patria puede vanagloriarse de haber tenido cientos de mujeres que han luchado al lado de los hombres para alcanzar la libertad. Por ello, cualquier historia que se escriba sobre las guerras de independencia de Cuba estaría incompleta si no se incluyera en ella la participación de la mujer cubana. Aquí veremos algunos ejemplos de las patriotas de la provincia de Pinar del Río que lo sacrificaron todo por un ideal.


Adela Azcuy Labrador

Adela Azcuy Labrador

Adela Azcuy Labrador fue una pinareña excepcional. Nació el 18 de marzo de 1861, en la Finca Ojo del Agua cerca de San Cayetano, en el término municipal de Viñales. Era una mujer de carácter inquieto y decidido, y de una familia que produciría una larga lista de patriotas. Después de ir a estudiar a La Habana cuando niña, regresa a su natal Viñales trayendo consigo conocimientos de medicina y de farmacia; le gusta la literatura y la poesía, y en tardes melancólicas escribe sonetos y décimas dedicadas a su provincia natal. ¡Y cómo no se iba a inspirar con el bello e inigualable paisaje del Valle de Viñales que tenía tan cerca! También realiza interesantes trabajos en minería y espeleología, y el científico cubano, Carlos de la Torre, compartiría varias veces con la “gran investigadora”, como le llamó.

Se casa con Jorge Monzón Cosculluela, joven camagüeyano de familia de abolengo. El matrimonio llevaba una vida feliz hasta que la terrible viruela ocasionó la muerte del esposo. Tiempo después Adela vuelve a contraer matrimonio, esta vez con el español Castor del Moral. Pero este deseaba se mantuviera el poderío de España en Cuba, mientras que ella ya estaba comprometida con la libertad de la Patria. Fue entonces inevitable la ruptura del matrimonio.
Adela desafiaba con palabra elocuente; provocaba llevando el pelo suelto con una cinta azul que era entre las cubanas símbolo de simpatía hacia los independentistas, y escondía entre sus ropas un revólver de pequeño calibre. Al inicio de la guerra de 1895 se interna en la manigua redentora, pero no va sola: lleva consigo a familiares y amigos. Tiene dificultades para ingresar en las fuerzas revolucionarias por ser mujer, pero como tiene conocimientos de medicina, consigue que la admitan como sanitaria. El 6 de enero de 1896, al iniciarse la campaña de Vuelta Abajo, Azcuy se incorpora a la guerrilla de Miguel Lores, y el 7 de marzo de ese mismo año es ascendida a subteniente, y ya se mantiene luchando durante toda la guerra. Unas veces cura heridos y otras combate heroicamente. El general Pedro Díaz le impone el grado de Capitana, y sale al encuentro del Titán de Bronce, al llegar este a Paso Real de Guane, uniéndose a su batallón.
Pudo ver a Cuba Libre, y una vez terminada la guerra, regresó a su hogar siendo su única compañía, Rafaela, una huérfana que había recogido durante la contienda. Y como si ya no hubiera hecho bastante por su Patria, el 21 de enero de 1911 aquella intrépida mujer tomó posesión de la Secretaría de la Junta de Educación de Viñales. En 1913 se trasladó enferma a La Habana, a la casa de su amigo Antonio Hernández Rivera, donde el 14 de enero de 1914, fallece la patriota de Viñales, la ilustre Adela Azcuy.
Otra mujer ejemplar fue Isabel Rubio. Nació en Paso Real de Guane, el 8 de Julio de 1837. A los 16 años contrae matrimonio con Joaquín Gómez, de cuya unión nacerían sus hijos Ana María, Isabel, Rosa y Modesto. Cuando la Guerra de los 10 Años, el hogar de los Gómez-Rubio se convierte en centro de conspiración donde Isabel, enérgica e infatigable, mantiene una febril actividad abogando por la causa de la libertad con todos los medios a su alcance. En 1878 aprovecha la oportunidad de que una de sus hijas está exiliada en Cayo Hueso, Florida, para ir a visitarla, y entrevistarse con los patriotas que allí conspiran. En 1885 conoce a José Martí, quien años después, y conociendo las cualidades de la cubana, la nombra su agente personal y del Partido Revolucionario Cubano para la provincia de Pinar del Río.
En 1895, y mientras, en los Estados Unidos se planeaba la Guerra, en Pinar del Río la casa de Isabel Rubio vuelve a ser, igual que en 1868, hervidero revolucionario. Gracias a sus esfuerzos, los días 23 y 24 de octubre de 1895 se sublevan cuatro grupos en la provincia pinareña: uno cerca de la capital de Pinar del Río; otro en Guane; uno en San Juan y Martínez y el cuarto en Mantua. Ya contaba 58 años de edad cuando Isabel, que nunca temió la muerte, pasó a engrosar las filas mambisas para ejemplo y estímulo de los guaneros. Cuando llega Maceo a la provincia con la Invasión, dice Miró Argenter[1] en sus Crónicas de la Guerra que, “las campanas echadas al vuelo y los vítores de la población apagaban las notas musicales de la banda militar”. Para Isabel Rubio ese día fue también muy importante porque el General Maceo le confirió el grado de Capitana de Sanidad.
Isabel Rubio

Isabel Rubio

Haciendo el bien agotó las medicinas de su botiquín, producto de su peculio particular. Consumió también las enviadas por adictos a la revolución, que llegaban a sus manos por distintos caminos. Cuando no tuvo con qué curar, buscó hierbas por los campos, deshizo sus sábanas y ropas íntimas para fabricar vendajes y convirtió en harapos sus vestidos. Llegó a fundar un hospital ambulante cerca de San Diego de los Baños, en el que colaboró con ella una tropa de mujeres que la acompañaban en tan riesgosa misión, y a las que había preparado como enfermeras. Cuando el 12 de febrero de 1898 se encontraba la tropa femenina en El Sebo­rucal, término de Los Palacios, el campamento fue atacado por la columna enemiga al mando de Antonio Llodrá. Isabel decide jugarse la vida para salvar a los heridos, y di­rigiéndose a la puerta del campamento, protegiendo con su cuerpo la entrada, grita: “¡No tiren, que somos mujeres y enfermos!”. Por respuesta se oyeron varios disparos, cayendo Isabel herida en una pierna. La iban a rematar, cuando su compañera Petra Ríos lo impide. Se la llevan prisionera y luego es ingresada en el hospital mili­tar de la provincia. Pero ya era tarde. La gangrena estaba muy avanzada y fallece tres días más tarde. Isabel nunca flaqueó, estuvo siempre en pie ante cualquier adversidad y batalló hasta el final. “Todo por Cuba”, fue siempre su lema, y lo cumplió a cabalidad, pues dio hasta su propia vida por ella.

Natural de Quiebra Hacha, Pinar del Río, Magdalena Peñarredonda vio la luz primera el 22 de julio de 1846. Su padre Hilario Peñarre­donda, era capitán del ejército español, y su abuelo José había tomado parte en la batalla de Trafalgar. Su madre, Adelaide Doley, una emigrante francesa, que había viajado a Cuba desde Haití.
Magdalena, conocida cariñosamente como “Llellena”, contrajo matrimonio a los 15 años con José Cobielles, un comerciante español que tenía negocios en La Habana, lugar a don­de fueron a residir. Ya por entonces Magdalena se había superado intelectualmente concurriendo a tertulias literarias y recibiendo en su domicilio a escritores y poetas como Manuel Sanguily, Enrique José Va­rona, Miguel Figueredo, Alfredo Zayas y Julián del Casal.
Pero muy pronto Magdalena su­fre la primera herida por la causa de la liber­tad. Las autoridades españolas asesinan a uno de sus hermanos por conspirar, apareciendo su cadáver en un matorral. Alentada por compatriotas y amigos, se decide a escribir un artículo para el periódico “El Criollo” con relación a la muerte de su hermano. Aquello no fue del agrado de su esposo ni de las autori­dades españolas, teniendo que emigrar a los Estados Unidos. En el extranjero se relaciona con los cubanos que preparan la revolución, conoce a José Martí, y se vuelve entusiasta propagandista de los ideales martianos y de las tareas del Partido Revolucionario Cubano. Allí también establece contacto con Juan Gualber­to Gómez, quien sería su enlace para la parte occidental de la Isla, centralizando así la acción política en que había de asen­tarse el movimiento insurreccional. Esta actividad contrariaba al esposo de Magdalena, y eso produjo la separación del matrimonio. Pero ya para entonces solo le importaba Cuba, y decía con arresto: “Que Cuba sea libre y habré obtenido el bien supremo de la tierra”.
“La Abanderada de Vuelta Abajo” fue mujer de un brío extraordinario y de profundo y sincero pa­triotismo. Se infiltró en las filas invasoras, y con audacia y el pretexto de visitar a sus familiares en Artemisa, Magdalena trasladaba escondidos en su cuerpo importantes documentos para Maceo que nunca fueron ocupados por las autoridades encargadas de vigilar la Trocha. Por sus méritos Maceo la designó “Delegada del Sexto Cuerpo del Ejército Libertador”.
Delatada por un prisionero, fue detenida por las fuerzas españolas y sometida por Valeriano Weyler a la bartolina en la Casa de las Recogidas de San Juan Nepomuceno en La Habana. “No ha sido poca la suerte mía, decía Magdalena, pues en el mismo calabozo ha estado incomunicada otra presa política natural del Pinar del Río, Crescencia Noroña, más de 4 meses”. En vez de humillarse y flaquear, en la cárcel su carácter se robusteció aún más.
Sofía Peláez,[2] hermana de la renombrada artista cubana, Amelia Peláez, nos habla de su relación con Magdalena Peñarredonda: “A su regreso de Norteamérica, mi madre Carmela del Casal y de la Lastra, fue a residir con una lejana parienta de mi madre, Magdalena Peñarredonda […]. En la época en que vivíamos en Yaguajay, Magdalena iba siempre a pasar el verano con nuestra familia, y cuando mi padre se estableció en La Habana en 1915, Magdalena, separada desde hacía tiempo de su marido, vino a residir con nosotros, hasta que poco después de 1930 se trasladó a Artemisa […]. A partir de entonces se mantuvo entre Artemisa y La Habana. Más adelante su familia decidió que permaneciera definitivamente en su pueblo natal, pues era ya una mujer muy mayor. […] Le interesaba mucho la botánica y era pintora aficionada. Durante las temporadas veraniegas que pasó junto a nosotros en Yaguajay, hacía excursiones a las afueras del pueblo, donde pintaba pequeños paisajes. Magdalena fue quien puso a nuestra hermana Amelia, muy niña entonces, por primera vez, pinceles en las manos”.
Magdalena Peñarredonda, “modelo de paciencia y de patriotismo”, como de ella dijera Martí, murió el 6 de septiembre de 1937, a los 91 años de edad, en Pinar del Río rodeada de su familia y con la admiración y el respeto del pueblo cubano.
OTRAS PATRIOTAS PINAREÑAS
Catalina Valdés, que ennoblece con su entrega y valentía la historia Patria, nació en Consolación del Sur, el 22 de Marzo de 1837. Desde su juventud se dedicó a las labores del campo junto a su esposo, Francisco Páez, y cuando estalla la guerra Catalina, su esposo y sus doce valientes hijos, deciden unirse a la Invasión. Casi todos los hermanos Páez lograrían obtener altos grados en el Ejército Libertador, y Catalina tuvo la suerte de no perder a ninguno en la contienda y de ver a Cuba libre. Murió el 23 de agosto de 1915 en el barrio de Lajas, en Consolación del Sur, a los 78 años de edad. Su cadáver reposa en el Cementerio de esa ciudad, en esa bella la tierra pinareña que tantas veces fuera testigo de su temple y de su arrojo.
Petra Ríos fue compañera en la lucha patriótica con Isabel Rubio en un hospital de sangre; Paquita Rodríguez, patriota de la guerra del 95, se destacó en la lucha junto a las hermanas Pérez Rodríguez y Pérez Montes de Oca, y otras valientes pinareñas. Francisca Barrios quien cuando en 1896 los mambises incendian el pueblo de Sábalo, en Guane, salva el archivo, las imágenes, el Santísimo y los vasos sagrados de la iglesia de la localidad y se los entrega al párroco de Pinar del Río. Corina Pérez de Báster, quien va a la guerra con toda su familia, dando a luz a un hijo en uno de los campamentos. Regla Socarrás, perseguida y presa por su labor revolucionaria; María Luisa Chipi, natural del término municipal de Cabañas, es acosada por las guerrillas junto a su familia, deambula de un lado para otro, y después de muchas penas, ve morir a su padre en plena manigua.
Está también Paulina Pedroso, la patriota de Consolación del Sur, quien desde los comienzos de la Guerra de los 10 años tuvo que exiliarse a Cayo Hueso, y luego en el 95 a Tampa. Ella y su esposo Ruperto trabajaron en las fábricas de tabaco de esas ciudades. La casa de Ruperto y Paulina se convirtió en un hogar para Martí, donde desarrollaba sus planes revolucionarios. Cada vez que Martí se hospedaba allí se desplegaba en la fachada de la casa la bandera de la naciente república. Cuando el atentado contra el Apóstol, Paulina Pedroso cuidó de él con esmero de madre. Paulina regresó a Cuba en 1910 y murió en el 1925 a la edad de 80 años.
Luz Noriega. No se sabe exactamente el lugar de su nacimiento, pero sí sabemos que se casó con el médico Francisco Hernández, y que con él marchó a la manigua en plena luna de miel. Junto a su esposo fue cirujano del Estado Mayor cubano y curaba enfermos y heridos día y noche sin distinguir uniformes. En 1896 la pareja se incorporó a la columna de Antonio Maceo en Pinar del Río. En la batalla de Río de Armas, Luz Noriega se batió heroicamente, ganando el esposo el grado de Teniente Coronel, y Luz el de Capitana. Estando en Las Villas, el galeno cayó enfermo. Fueron luego sorprendidos por una columna enemiga, y un coronel español lo fusiló en presencia de su esposa. Luz enloqueció un tiempo después, y falleció en Matanzas en 1901.
¡Qué orgullo para los pinareños tener a estas Mambisas de Occidente en su historia! Fueron heroicas aquellas patriotas que pasaron noches en vela, días de incertidumbre, semanas sin alimento, dolores, penas y muerte quedando, la mayoría, arruinadas y solas al término de la guerra, y todo por ver a Cuba Libre del yugo español.
Honremos a la mambisa pinareña pues ella fue, como dijo Armando Guerra: “Bandera y verso, machete en alto y cabellera al viento, que tremolan en un soplo y a una sola emoción. Mujer al fin, puso fe y pasión como una de las maneras de hacer patria”. [3]

Teresa Fernández Soneira (La Habana en 1947) reside en los Estados Unidos desde 1961. Tiene una licenciatura en Humanidades, y es autora de varios libros y ensayos históricos y de temas religiosos, entre ellos: Apuntes desde el Destierro, (Miami 1989), CUBA: Historia de la Educación Católica, 1582-1961 (Miami, 1997); Con la Estrella y la Cruz, Historia de las Juventudes de Acción Católica Cubana, (Miami, 2002) y Niños que Triunfan, Centro Mater (Miami, 2008).
e-mail: TFernan47@aol.com


Bibliografía

Alpízar Poyo, Raúl, Cayo Hueso y José Dolores Poyo, 2 Símbolos Patrios, Imp. P. Fernández, 1957.
Guerra Castañeda, Armando, Adela Azcuy, La Capitana, Academia de la Historia de Cuba, 7 de febrero, 1950, Imprenta Siglo XX.
García Galán, Gabriel, Magdalena Peñarredonda, la delegada, Academia de la Historia de Cuba, Imprenta Siglo XX, 14 Diciembre, 1951.
Mora Morales, Esther Pilar, Participación de la mujer cubana en las guerras independentistas; biografías históricas verídicas
Ponte Domínguez, Francisco, La Mujer en la Revolución de Cuba, Imp. Molina, 1933
Prados Torreira, Teresa, Mambisas, Rebel Women in Nineteenth-Century Cuba,
University Press of Florida, Gainvesville, 2005.
Rodríguez García, José A., De la Revolución y de las Cubanas en la época revolucionaria, Academia de la Historia de Cuba, La Habana, Imprenta El Siglo XX, 1930.
Rodríguez de Cuesta, Vicentina Elsa, Patriotas Cubanas, Talleres Heraldo Pinareño, P. del Río, 1952.
Stoner, Lynn, Cuban and Cuban-American Women, An Annotated Bibliography, Scholarly Resources, Inc., Delaware, 2002.


[1] José Miró Argenter, Crónicas de la Guerra, Editoral Lex, La Habana, 1945.
[2] Tomado de “Palmas Reales en el Sena”, José Seoane, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1987.
[3] Armando Guerra, palabras pronunciadas en sesión pública de la Academia de la Historia de Cuba, el siete de febrero, 1950.