Galería

Una isla en el eco agonizante de una copa de cristal

Píter Ortega Núñez | 20 Diciembre, 2017

Marcha atrás. 2016. Mixta (Acrílico) Lienzo 80 x 130 cm.

I

Alan Manuel González (La Habana, 1972) es uno de los pintores más auténticos de la escena cubana actual. Su obra, más allá de cualquier similitud que pudiera surgir a primera vista, no se parece a nada ni a nadie en su resultado final. Ajeno a cualquier modismo o tendencia, el artista pareciera vivir en su propia burbuja, aislado del arribismo, competencia y mezquindad propios del arte contemporáneo. Él va “a su aire”, sin prisa. Quizás para decirnos que “no van lejos los de adelante, si los de atrás corren bien”. A medio camino entre la pintura hiperrealista y las atmósferas surrealizantes, su obra sobresale por el impecable dominio de la gama cromática, las texturas, los contrastes entre luces y sombras, la perspectiva lineal y atmosférica, así como el tratamiento de los escorzos, la anatomía humana y las transparencias de las superficies de cristal.

Pero más allá del virtuosismo técnico, las pinturas del artista están cargadas de una gran poesía y espiritualidad. Alan es un eterno soñador, un poeta visual, quien nos entrega agudas metáforas relacionadas con nuestra condición insular, nuestros paisajes urbanos y rurales, las angustias y desvelos de nuestra gente. Sus trabajos son una radiografía de nuestra isla y de los sujetos más humildes que la habitan. Una isla errante, vagabunda, encapsulada en una botella de cristal.

Y casi sin pretenderlo he mencionado los dos símbolos iconográficos más importantes dentro de su obra: el pomo/botella/vaso de cristal y la palma real. El primero es el escenario omnipresente, que todo lo contiene, todo lo absorbe, petrifica y eterniza. Las pinturas de Alan son las pinturas del encierro, de la mudez y el silencio. Vegetaciones, construcciones arquitectónicas y seres humanos viven aprisionados entre paredes de cristal donde el tiempo y la memoria se congelan, se paralizan. Sus mundos o personajes habitan una incomunicación atroz: la belleza y limpidez de las superficies cristalinas se convierten en barrera que aísla, anula.

Por su parte, la palma real es objeto de múltiples vejaciones: es triturada, cortada, arrancada de raíz, amarrada o doblada hasta el suelo. En estas obras todos sufren: los seres humanos, las plantas, la arquitectura, José Martí en las profundidades del mar. Se trata de un mundo maldecido, errático, quizás porque alguien ha destapado la Caja de Pandora. Sus creaciones nos lanzan muchas preguntas, y ninguna respuesta: ¿quién profanó la “caja”?, ¿cuál es ese secreto que no se debía manifestar?, ¿cuándo los cristales que nos recluyen desaparecerán de nuestras conciencias y nuestros cuerpos?, ¿en qué momento las palabras y las voces se liberarán ante el eco agonizante de una copa de cristal? ¿Será pronto, o nos aguarda una espera aletargante?

II

En mi opinión, la obra más bella y contundente dentro de la carrera del artista es aquella que lleva por título Café cubano (2016), la cual presenta una taza de cristal boca abajo con un pequeño hombrecillo en su interior (cabizbajo y taciturno), quien da la espalda al espectador. Esta es una de esas piezas que sobrecogen, consternan, duelen como un puñetazo en la sien. Todos los rasgos estilísticos y conceptuales que distinguen la obra de Alan están sintetizados aquí de manera magistral. Lo más impresionante es el modo en que deconstruye la noción de lo “identitario insular” a través de uno de sus símbolos más recurrentes: el café, que es presentado aquí desde la ausencia, desde la imposibilidad del sorbo, desde la negación de su consumo. No hay tal café en la taza; en su lugar solo observamos la pena de un ser humano solitario, ensombrecido por la inercia de sus propios pasos (o, peor, por la imposibilidad de la marcha, la anulación de la ida). En esa taza vacía, virada al revés; en la ausencia de la preciada bebida; y en esa barrera traslúcida entre el adentro y el afuera, se halla probablemente la clave de buena parte de nuestro futuro. Café cubano es, por todo ello, una de esas obras que en mi opinión le han asegurado desde ya un espacio seguro dentro de la historia del arte contemporáneo cubano. Una pieza rotunda, en su forma y en su consecuencia ética.

III

Mucho más se podría argumentar sobre la obra de este admirable artista. Dada la hondura de sus trabajos, pudiera estar escribiendo sobre ellos tres días. Pero no. Soy demasiado inquieto y me aburro rápido. Son las diez de la noche y las calles de Miami me reclaman. C´est la vie: fiestar, beber (no precisamente café, sino cerveza, y no cubana, alemana). Alan tendrá que esperar.

Nota: Esta crítica de arte fue publicada el 24 de enero de 2017 en la revista Art OnCuba y es reproducido en Convivencia con consentimiento del autor.

 


Píter Ortega Núñez (La Habana, 1982).

Periodista e Historiador del Arte.

Reportero de NY1 Noticias/Spectrum Networks (New York).

Vive y trabaja entre New York y La Habana.