El reino del absurdo

El tiempo es nuestro, defendámoslo

Luis Cáceres Piñero | 20 Diciembre, 2017

Foto tomada de Internet.

Muchas cosas se logran cuando el tiempo es bien aprovechado. Aunque algunos sean más virtuosos que otros, todos trabajamos por igual para lograr las mejores cosas en el menor tiempo posible, porque como dice un viejo refrán: “el tiempo es oro”, es algo que pasa y no se recupera.

Siempre es molesto cuando otro nos lo hace perder por cualquier causa común, pero resulta más enojoso cuando se hace con una mala intención, torpemente planificada, por el que le paga al que cobra, por hacernos perder nuestro más preciado tesoro: el tiempo irrecuperable de nuestra única vida. Tal pareciera que, con estos hechos y actitudes de los funcionarios y demás personas insensibles con la vida ajena, el tiempo perdido lo pudieran ganar para sí estos que derrochan cada minuto de nuestras existencias.

Quiero poner dos ejemplos extremos. El primero me sucedió en 1975, en Jagüey Grande, Matanzas. Comencé a trabajar y la dirección del centro de trabajo me prometió facilitarme los materiales para la construcción de una vivienda. Estos llegaron tan lentamente que, en los primeros dos años, solo había podido hacer la zapata y, un año después, solo las paredes. Los dos años siguientes transcurrieron esperando para poder hacer la placa pero fueron perdidos, porque no la logré hacer nunca. Recordaba, salvando las distancias, que el Capitolio Nacional en La Habana fue construido solo en dos años.

No me daba cuenta de la maldad que está por debajo del tiempo que nos hacen perder los demás, sean minutos, días, meses o años. Esa es nuestra vida que nunca más regresará. Me fui dando cuenta del sentido cruel de la pérdida de tiempo, y de todo lo que eso tenía de intención deliberada, cuando uno de los funcionarios de mi trabajo me ofreció mil pesos cubanos para que le cediera el derecho a continuar la edificación de la que podría ser mi casa pero para hacerla de su propiedad. En aquel tiempo era la única opción, acepté el módico precio y entonces regresé a mi Pinar del Río.

Ya en esta provincia, recomencé a trabajar y me dicen nuevamente de entregarme una vivienda, pero esta vez sería ¡para cuando se construyan! Les propuse que, hasta que llegara dicha casa me permitieran quedarme en un pequeño espacio que no tenía uso y aceptaron. Al cabo de, nada más y nada menos que ¡cinco años! no había aparecido la casa prometida. Sin embargo, fui sacado del lugar, tomado preso e incomunicado por ocupación ilegal de la vivienda a pesar de que tenía la autorización de los jefes de aquel tiempo… que ya no estaban pero yo había guardado un pequeño papel. El juicio tuvo lugar en el Tribunal Provincial, tres días después, y quedó demostrado que no había delito porque habían transcurrido cinco años y ya aquel espacio donde vivía yo lo había hecho habitable con mucho sacrificio, tenía ya un metro contador propio, agua y servicio sanitario, libreta de abastecimiento y mi dirección del carné de identidad en orden. Supe después que en realidad lo que querían era el lugar que estuvo tanto tiempo sin uso para un garaje…

Si sumáramos las pequeñas, medianas y grandes pérdidas de tiempo en nuestras vidas cotidianas, estarían sin duda varias veces por encima de los dos ejemplos antes mencionados. Si el lector desea comprobarlo, por favor, anote en un papel los minutos y horas que se acumulan y al final del día y de la semana, súmelos y reflexione.

En fin, aunque con distintas características y por muy diversos motivos, yo diría que por todas y cada una de las gestiones que en otras circunstancias fueran normales, son pocos los que nos hemos liberado de tanta pérdida de tiempo, pero propongo comenzar a taponar este “agujero negro”, y podríamos iniciar ese “salvamento” de nuestro precioso tiempo de vida por asumir esta sencilla actitud: aunque sabemos que estas pérdidas de tiempo, dígase de vida, no ocurrió solo en un pasado sino que es derroche de nuestro hoy y nuestro mañana, no vale la pena perder precisamente el tiempo en recordar a los que lo provocan o permiten que las estructuras y las gestiones sigan así, lo importante es que los que somos dueños de nuestro tiempo no nos dejemos arrebatar o derrochar un bien tan preciado que jamás podremos recuperar.

Defender nuestro tiempo para poder utilizarlo en algo útil y para hacer el bien es un deber cívico.

 


Luis Cáceres Piñero (Pinar del Río, 1937).
Pintor.
Reside en Pinar del Río.