Educación

Hacia una nueva visión educativa para Cuba

23 Febrero, 2017

Por Dagoberto Valdés Hernández

Un proceso de empoderamiento, eticidad e inculturación”.Una nueva visión sobre la misión de los diferentes agentes educativos se va abriendo paso en la contemporaneidad.No se trata de algunas técnicas innovadoras que renuevan los sistemas educativos y los actualizan.

 

 

Por Dagoberto Valdés Hernández

 

Foto tomada de Internet.

Foto tomada de Internet.

 

1    Un proceso de empoderamiento, eticidad e inculturación”

Una nueva visión sobre la misión de los diferentes agentes educativos se va abriendo paso en la contemporaneidad.

No se trata de algunas técnicas innovadoras que renuevan los sistemas educativos y los actualizan. No se trata de complementar, o redimensionar a escala social, el proceso docente educativo que hemos recibido de nuestros padres y demás educadores. Mucho menos se trata de una coordinación entre los “factores” que intervienen en el acto de enseñanza-aprendizaje. Incluso, estas actualizaciones, que en nuestro país están siendo revaloradas, siguen siendo cambios cosméticos si los comparamos con ese estado de gestación que se debate en el mundo de hoy y que, por cierto, no acaba de dar a luz. Incluso parece que lo mismo avanza que retrocede, tanto en la enseñanza estatal, como en la pública-comunitaria, ya sea en la enseñanza laica o en la religiosa.

A mi manera de ver, lo que se va gestando es una verdadera “revolución” educativa, en el sentido de la creación de un proyecto “nuevo” desde sus raíces, concepciones, estilo, objetivos generales, métodos, medios, protagonistas y destinatarios. Debo aclarar que no me estoy refiriendo a una “revolución cultural” como la que hemos conocido y sufrido, en la que se ha intentado barrer con la cultura de los pueblos, se le intenta imponer una cultura ajena o foránea, se ha despreciado y desprestigiado lo mejor del acervo pedagógico y se ha intentado, incluso, partir de cero. Esto además de ser un genocidio cultural, es un absurdo histórico. Nada en este mundo parte de cero, nada es totalmente nuevo, nada debe ser impuesto desde arriba y desde fuera de la persona y de sus culturas.

Se trata más bien de gestar lo nuevo desde otra perspectiva, más profunda, más humanista, más trascendente, más autónoma y autogestionada, más solidaria, más integral, de modo que al concebir esa otra perspectiva se asume e integra todo lo que la tradición educativa y las culturas tienen en sí de este talante, pero al mismo tiempo se accede, por la vía del proceso, a una realidad formadora de un carácter cualitativamente superior y de una profundidad y horizontalidad más integradoras hacia la coherencia de la persona y la cohesión de la sociedad.

Deseo destacar que he dicho, por la vía del proceso, no del suceso, ni del retroceso, ni del receso de la tradición pedagógica, ni del violento acceso a una utopía totalizadora, mesiánica y arrasadora de la cultura de los pueblos. No se trata de un reformismo timorato, ni una desarticulación de la memoria histórica.

Se trata de:

– un proceso de cambios hacia adelante en la dignificación y “empoderamiento” (enpowerment) del ser humano hasta que, él mismo, pueda descubrir y cultivar su total dignidad y su carácter trascendente;

– un proceso de cambios hacia la profundidad ética de la persona y de las dinámicas sociales en las que la persona vive, de modo que pueda asumir un proyecto de vida y cooperar en un proyecto social en que la dignidad, los derechos y el carácter trascendente de la persona humana sean respetados y promovidos;

– y un proceso de cambios hacia arriba, en los objetivos y metas de la inculturación de las personas, de los grupos sociales y de los mismos procesos pedagógicos, de modo que las diferentes culturas no se vean absorbidas y desmanteladas por los procesos de globalización o de genocidio cultural, sino que esas culturas puedan trascenderse, abrirse, al intercambio con las demás, a su propia purificación y fecundación plenificante para el desarrollo, como toda realidad viva.

De este modo, la nueva visión educativa tendría tres dimensiones íntimamente relacionadas y complementarias, aplicables a todos los objetivos y métodos del proceso pedagógico:

– el empoderamiento -Dignificación, autoestima y protagonismo autónomo.

– la eticidad -Proyecto de vida: de la moral formulada a la moral vivida.

– la inculturación -Transmisión, respeto, purificación y fecundación-desarrollo de las culturas. (La propia y las demás).

Señalo que la dimensión trascendente no es una cuarta dimensión añadida que pudiera darse o no, sino una meta intrínseca a cada una de estas tres dimensiones del proceso en las que se integran esas otras dimensiones de la persona humana, a saber: el enpowerment trabaja más, aunque no exclusivamente, sobre los sentimientos: “yo siento que puedo”. En la eticidad se trabaja más, aunque no exclusivamente, en la voluntad: “yo quiero hacerlo”. En la inculturación se trabaja más en el plano del cultivo de la inteligencia y las costumbres: “yo puedo y quiero hacerlo y me preparo para hacerlo con los demás y en un contexto cultural que debo aprender y asumir”. Estas dimensiones, y su trascendencia, garantizan una coherencia mayor en la persona y una lógica de desarrollo pleno en el proceso. La trascendencia hacia los demás y hacia Dios debe partir de estas realidades humanas, abriéndolas, purificándolas, fecundándolas y plenificándolas.

Trascender es pasar el umbral, la puerta, el límite que nos reduce. Trascender es apertura, salida y liberación. Es apertura-salida-liberación del yo-egoísta. Es apertura-salida-liberación del tú-colectivista. Es apertura-salida-liberación del nosotros-inmanentista. Para las culturas de inspiración judeo-cristianas esto significa el proceso: creación-opresión del mal-éxodo-encarnación-redención-ascensión-plenificación en el Espíritu, Señor y Dador de Vida.

En una escuela pedagógica o en un proyecto educativo de inspiración cristiana no debe existir fractura ni contradicción entre estas dos formas de denominar un mismo proceso.

Como podemos ver, aquí las palabras y conceptos más usados por nosotros, como: aprendizaje, docencia, conocimientos, enseñanza, que en los encuentros, jornadas científicas, seminarios metodológicos, etc. de la Cuba de hoy, ocupan un lugar preeminente y abarcador, aquí no desaparecen, como es lógico, pero son abarcados, integrados y redimensionados por realidades y visiones, objetivos y metas mucho más trascendentes, en el sentido de “ir más allá, más arriba y más a la profundidad” en el proyecto educativo.

Es en este contexto, con esta visión, y para este proyecto, que desearía compartir con ustedes mis reflexiones y experiencias sobre las relaciones y mutuas implicaciones que tienen la familia, la escuela, la Iglesia, el resto de la sociedad civil y el Estado, en la educación.

Lo vengo a hacer como padre de familia, como catequista, como animador de un Centro de Formación Cívica y Religiosa, y solo en este sentido como educador, pues todavía, desde la mentalidad más generalizada entre nosotros, aún me quedaría ofrecerles disculpas por estar aquí y no ser profesor.

Que las disculpas, o los prejuicios que pudieran estar detrás de ella no nos desvíe de lo que he querido presentar en esta introducción que pudiéramos llamar: “Hacia una nueva visión educativa: empoderamiento, eticidad e inculturación”. Todo lo que pretendo compartir con ustedes a continuación pudiera perderse en los detalles de las “relaciones” entre familia, escuela, iglesia, el resto de la sociedad civil y el Estado. Es necesario buscar esas nuevas relaciones, pero caeríamos, casi sin darnos cuenta, como ha ocurrido con bastante frecuencia hasta ahora, caeríamos digo, en el ramaje de la interrelación sin ir al tronco y a la raíz de esa nueva visión que lo debe informar, transformar y redimensionar todo en el proceso educativo.

Hasta las palabras y los conceptos necesitarán una nueva visión. Ya saben ustedes, mejor que yo, que la semántica no es una ciencia vacía que solo se ocupa de las palabras, y sabemos también que todo lenguaje, oral o gestual, simbólico o directo, no solo sirve para expresar una cultura, o un proceso, sino que además, ayuda a definirlo, perfilarlo, a purificarlo e incluso a desarrollarlo. Luego debemos dar una gran importancia a las palabras y a los conceptos en todos los ambientes pero, sobre todo, en este de los educadores.

Todo es importante en un nuevo proyecto educativo. Pero el lenguaje puede ser una rémora o un facilitador del proceso. No es lo mismo decir que estamos para enseñar y “ellos” para aprender, que estamos para “compartir” una herencia cultural en la que todos “nosotros” creceremos como personas y como comunidad.

No es lo mismo decir que estamos para mejorar el proceso de enseñanza-aprendizaje, que decir que estamos buscando un nuevo proyecto educativo para Cuba. No es lo mismo hablar de la dinámica instrucción-educación, o conocimientos-valores que hablar de empoderamiento, eticidad e inculturación autónomos y trascendentes.

Luego, una señal de que vamos acercándonos al cambio de mentalidad que debe acompañar al cambio de proyecto educativo es cuando nos sorprendamos con un cambio de lenguaje y de conceptos que señalen que algo ha cambiado en nuestro interior. Mientras sigamos “traduciendo”, desde el nuevo lenguaje para el viejo, o mejor, ir cambiando el lenguaje más desarrollado por el más restrictivo, entonces esta será una señal de que hemos pasado por las escuelas pedagógicas pero ellas no han hecho el cambio en nuestras concepciones.

Quien habla y entiende traduciendo al idioma “primitivo”, es decir, más restrictivo, es porque no piensa todavía en el idioma nuevo. Si cuando hablemos de ahora en lo delante de proceso de empoderamiento e inculturación, seguimos pensando que esto quiere decir, proceso de enseñanza aprendizaje, no es que esté mal, ni que nos hemos quedado “encueros” sino que seguimos usando la “talla” anterior, aún cuando ya nos damos cuenta que hemos crecido.

Con estos presupuestos me gustaría ahora que revisáramos nuestros propios conceptos de familia, escuela, iglesia, sociedad civil y Estado. Y además revisáramos, a la luz de esta visión, nuestros conceptos de educación, proyecto educativo, escuela pedagógica, proyectos pedagógicos, proceso docente-educativo o de enseñanza-aprendizaje, enseñanza de valores-contenidos científicos, métodos didácticos-dinámicas de participación. En esta ocasión les propongo hacer solo la primera parte sobre los protagonistas y dejar para una próxima la revisión de los procesos.

II. CONCEPTOS

Para encontrar un tipo de relaciones entre la familia, la escuela, la iglesia, el resto de la sociedad civil y el Estado, en un mundo donde la diversidad y las diferentes concepciones sobre estas realidades sobreabundan, considero que es necesario que nos pongamos, antes, de acuerdo sobre el concepto de lo que estamos hablando. Sabiendo que, evidentemente, existen otros conceptos muy diferentes a estos, e incluso contradictorios, sobre las mismas realidades.

En otras palabras, que este esfuerzo de conceptualización, lo que el poeta del Génesis primero, y Eliseo Diego, nuestro poeta, más cercanamente después, han llamado: “nombrar las cosas”. Este esfuerzo, digo, está ya informado, iluminado si se quiere, íntimamente relacionado y condicionado, por una visión global de la persona humana, de la sociedad y de la vida. De modo que, como habíamos adelantado, para construir un nuevo tipo de relaciones es necesario primero encontrar una visión, nueva quizá para algunos de nosotros, de aquellos elementos que se quieren relacionar entre sí.

Proponemos, por tanto, este esfuerzo de conceptualización:

La Familia

Entendemos aquí por familia, la comunidad de personas, padres e hijos y demás parientes interactuantes, una comunidad de vida y de amor, que tiene como finalidad el desarrollo integral de cada uno de sus miembros como sujeto-persona y no como mero sujeto-función o parte contratante; es la encargada de escoger la escuela pedagógica, el proyecto ético y la inspiración religiosa para sus hijos; y contribuir así al desarrollo del resto de la sociedad como “célula primera y vital, como “escuela del más rico humanismo” y en el caso de los que tienen fe “como Iglesia doméstica y primera educadora en la fe”. La familia goza de derecho propio y primordial con relación a la escuela, a la Iglesia, a la sociedad civil y al Estado.

La Escuela

Entendemos la escuela, como una comunidad educativa pluralista constituida por padres, alumnos y maestros con el fin de contribuir con la familia en la formación de sus hijos como personas libres y responsables; la escuela, así concebida, tiene como objetivo organizar y sistematizar el proceso de empoderamiento-eticidad-inculturación, o dicho de otra manera, el proceso de personalización-socialización, según las opciones escogidas por la familia. La escuela debe aportar los instrumentos necesarios para el discernimiento ético, el despertar de la conciencia crítica, el desarrollo de las capacidades creativas, el cultivo de las actitudes de relaciones interpersonales y el entrenamiento para promover una participación social responsable y democrática. La escuela goza de derecho delegado y secundario con relación a la familia, pero no con relación a la iglesia, ni el resto de la sociedad civil, ni con relación al Estado.

La Sociedad Civil

Entendemos aquí la sociedad civil, como el conjunto, la red o el tejido de organizaciones, grupos informales, instituciones cívicas, asociaciones culturales, deportivas, sociales, que se convocan, organizan y financian con autonomía e independencia del Estado y que constituyen para la persona del ciudadano un entramado plural y abierto de espacios de libre expresión, participación, y aporte al resto de la sociedad. La sociedad civil, al mismo tiempo, dota a los ciudadanos individuales de un respaldo-apoyo organizativo y de la necesaria defensa frente a los excesos y abusos del Estado, del mercado, o de otras organizaciones de la sociedad civil. La sociedad civil es la expresión pluralista de la nación que se organiza democráticamente y que brinda a sus ciudadanos la posibilidad de formar sus propias comunidades autogestionadas y corresponsables con todo el cuerpo social. Las organizaciones de la sociedad civil gozan de derecho propio, delegado por sus propios miembros, primario con relación al Estado y a la Iglesia que también forma parte de la sociedad civil, pero secundario con relación a la familia y a la escuela.

La Iglesia

Entendemos aquí la iglesia, como la comunidad de personas creyentes que se organizan para la convivencia fraterna de la fe, la comunión de la esperanza y la participación de la caridad. Sabemos que para los que creemos la Iglesia tiene un origen divino, está fundada y convocada por Jesucristo, es una realidad a la vez humana y sobrenatural, tiene una vocación trascendente pero, mientras peregrina, debe construir aquí “el Reino de Dios y su justicia”. En nuestro caso, la Iglesia católica se entiende a sí misma, en el Concilio Vaticano II, como “pueblo de Dios”. Ya que “Dios quiere salvar a los hombres no aisladamente sino como pueblo” (L.G. No. 9). “La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios…tiene por ley el nuevo mandato de amar…y tiene, en último lugar, como fin, dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra.” (L.G. No. 9). “La Iglesia, o el Pueblo de Dios, introduciendo este reino, no disminuye el bien temporal de ningún pueblo, antes , al contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno.” (L.G. No. 13).

Desde el punto de vista sociológico, la Iglesia, las iglesias, son consideradas como una organización-institución dentro del tejido autónomo de la sociedad civil, al no pertenecer ni al ámbito individual, ni al del Estado. Esto no niega que los creyentes la consideremos, también y sobre todo, como realidad de origen divino y con destino escatológico, pero desde la teología cristiana, católica, esa realidad responde a la vocación de su Divino Fundador que es la Cabeza de este Cuerpo y quiso encarnarse y poner su tienda entre nosotros. Por eso la Iglesia no puede dejar de estar inmersa en las realidades temporales.

La Iglesia, las iglesias, pues, como parte de la sociedad civil y respetando “la autonomía de las realidades temporales” (G.S. No.36) al mismo tiempo que salvaguarda su propia autonomía y se siente libre de toda atadura para servir a su Señor, respeta y se acoge a la justicia y el derecho. En este sentido, las iglesias gozan de derecho divino, propio y primordial para sus fieles en materia de fe y moral; goza también de derecho propio y primordial, delegado por sus miembros cuando tiene personalidad jurídica propia con relación al Estado y a las organizaciones de la sociedad civil. La Iglesia debe, sin embargo, respetar el derecho propio y primordial de la persona, de la familia y de la escuela, con relación a la profesión o no, de una fe religiosa y con relación al derecho a escoger el tipo de educación y de escuela para sus hijos y alumnos.

El Estado

Entendemos aquí al Estado , como las estructuras organizativas, administrativas y legales que la nación, entendida como la comunidad de personas que tienen una historia y un proyecto común, se da a sí misma para confeccionar su constitución y sus leyes (poder legislativo), para administrar sus bienes y procurar el desarrollo del país (poder ejecutivo), para aplicar las leyes y administrar justicia (poder judicial), de modo que el poder, que reside y emana exclusiva y totalmente del pueblo-nación sea compartido por diversas instituciones que se controlen entre sí, y entre todas promuevan los espacios plurales y democráticos en los que se fomente el máximo de participación posible de los ciudadanos y de las organizaciones intermedias en las que este se organice en la sociedad civil con el supremo fin de respetar los Derechos Humanos y buscar el Bien Común de la Nación. El Estado goza de derecho delegado y secundario con relación al pueblo-nación, por tanto con relación a la familia, la escuela, la iglesia y el resto de la sociedad civil.

III. DINÁMICAS DE RELACIÓN

Una vez que he intentado delinear una propuesta de conceptos con el fin de situarnos en esta visión de un nuevo proyecto educativo, conviene destacar las dinámicas relacionales que podrían favorecerse y facilitarse entre ellos.

Deseo citar textualmente un párrafo de la homilía del Santo Padre en Santa Clara que me parece, toda ella, un auténtico programa para los educadores y las familias. Este párrafo resume, de cierta forma, el rol específico de cada protagonista educativo y la relación entre sí:

Los padres al haber dado la vida a sus hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y por consiguiente, deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Esta tarea de la educación es tan importante que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Se trata de un deber y un derecho insustituible e inalienable. Es verdad que en el ámbito de la educación a la autoridad pública le competen derechos y deberes, ya que tiene que servir al bien común; sin embargo, esto no le da derecho a sustituir a los padres. Por tanto, los padres sin esperar que otros les reemplacen en lo que es su responsabilidad, deben poder escoger para sus hijos el estilo pedagógico, los contenidos éticos y cívicos, y la inspiración religiosa en los que desean formarlos íntegramente. No esperen que todo les venga dado. Asuman su misión educativa, buscando y creando los espacios y medios adecuados en la sociedad civil” (No. 6).

De la misma concepción que hemos propuesto para cada protagonista de esta relación y con la iluminación del magisterio de Juan Pablo II en Cuba, se puede deducir lo que viene a ser el primer presupuesto y la primera dinámica de relación:

  1. La primacía de la persona humana: la persona al centro de las relaciones

La dinámica de toda relación humana viene dado por el lugar que se le atribuya y se le respete a la persona:

– Esta relación puede ser paternalista por lo tanto sitúa al “alumno” en un plano inferior. Se puede establecer una relación de coacción y miedo, con métodos represivos y criterios impositivos. La propia familia, los maestros, el Estado o la Iglesia, ocupan el lugar de un padre autoritario y se presenta no como un acompañante en la búsqueda de la verdad, de la bondad y de la belleza, sino como aquel que posee la única verdad, el único proyecto ético para ser bueno y los únicos criterios estéticos para contemplar la belleza.

– Puede ser una relación utilitaria en la que el “alumno” es considerado como una pieza que debe pulirse para ser útil a la sociedad, a un proyecto político, o a la dinámica del mercado y la competencia. El Estado, un partido, una empresa, la familia, o la iglesia se convierten en un empleador que exige un tipo de “idoneidad”. Sirves si eres útil a los propósitos de cada uno de ellos, sin respetar tu libertad.

– Puede ser una relación manipuladora en que se aparente que la persona participa, se aparenta que sus padres, el educador, el catequista, lo quieren promover como persona libre, en que se quiere contribuir a su liberación personal, pero que, en realidad, no se desarrolla su conciencia crítica, la participación es en un marco restrictivo de apoyo a “lo permitido” y las dinámicas de participación están manipuladas y contribuyen a la simulación y la doble moral. Se le teme a que la persona haga su propio camino a través del bosque enmarañado de la pluralidad, no se intenta acompañarla sino “ahorrarle” el riesgo del bosque o desentrañarle, a nuestro modo, la maraña de la pluralidad que como con frecuencia decimos, “los puede confundir”. Se simplifica y se oculta la diversidad. La persona se capacita para “ver”, “entender”, “pensar”, en realidades simples y únicas. Es un empobrecimiento desgarrador.

– Puede ser una relación alienante y neutralista en que se intente separar a la persona del mundo que lo rodea, o ponerlo supuestamente por encima de esa realidad al estar “mejor preparado intelectualmente”, adormeciendo su conciencia crítica, su capacidad de discernimiento y su responsabilidad personal para con la sociedad. La familia, la escuela, la Iglesia, el mismo Estado liberal, prefiere que se capacite a las personas para sus propios intereses y para permanecer en “la cerca”, es decir, en un neutralismo sin compromisos familiares, ni eclesiales, ni cívicos.

– La relación debe ser personalista, es decir, que todo el proceso educativo esté encaminado a la formación respetuosa, liberadora y solidaria de la persona. Acompañando su propio proceso de crecimiento humano. Ese acompañamiento debe significar: despertar y estimular su conciencia crítica; facilitarle los instrumentos para el discernimiento y las opciones; compartir el depósito, el acervo cultural para que la experiencia y la sabiduría de las anteriores generaciones le sirvan para su propia orientación ética y cívica. Ni la escuela, ni la Iglesia, ni el Estado, ni la propia familia puede violentar el derecho primordial e inalienable de la persona humana.

Esta es la dirección y el sentido de la relación personalista que proponemos para un nuevo proyecto educativo.

2. El derecho prioritario de la familia: la familia, primer círculo de relaciones

La segunda dinámica de relación entre la familia, la escuela, la iglesia, el resto de la sociedad civil y el Estado se establece por el reconocimiento, el respeto y la promoción de la familia como primer sujeto-protagonista del proceso educativo. La relación debe tener presente:

– Primero que todo, que la familia asuma su responsabilidad y no haga dejación de ella por ninguna razón.

– Que el Estado respete, en la práctica cotidiana, y en las leyes, decretos ministeriales, reglamentos escolares, ubicación de las escuelas, formación de maestros y dirigentes de educación, el derecho primordial de la familia frente a la escuela, la Iglesia, el Estado.

– Que la escuela, la Iglesia y el resto de la sociedad civil organicen sus propios espacios y actividades, así como los espacios comunes, medios y métodos, de modo que favorezcan el protagonismo prioritario de la familia, es decir, su participación activa y sistemática en la educación. Actualmente la escuela, los espacios de formación de la Iglesia, están organizados, en la práctica, para lo contrario.

3. El carácter subsidiario de la escuela, la Iglesia, la sociedad civil y el Estado

Otras de las dinámicas fundamentales de relación entre los agentes educativos es la subsidiariedad.

Este principio, que debe formar parte de toda la dinámica social y no solo de las relaciones entre la familia, la escuela, la Iglesia y el Estado, tiene una importancia decisiva en dichas relaciones.

Se entiende por subsidiariedad aquel principio por el cual toda instancia igual o superior debe hacer solo y todo lo que no pueda hacer una instancia igual o inferior por sí misma.

Entonces, teniendo en cuenta que el proyecto educativo que proponemos desea respetar este orden de prioridades: persona, familia, escuela, Iglesia, sociedad civil, Estado, las relaciones de subsidiariedad consistirían en:

– que el Estado no debe asumir ningún papel, función o servicio que pudieran hacer por sí mismos la persona, la familia, la escuela, la Iglesia y la sociedad civil.

– Que las organizaciones de la sociedad civil no debe asumir ningún papel o servicio educativo que la iglesia, la escuela, la familia y la propia persona no puedan asumir por sí mismos.

– Que la escuela y la iglesia no deben asumir ningún papel, función o servicio educativo que la familia no pueda asumir por si misma.

– Que la propia familia no debe asumir ningún rol que la persona no sea capaz de asumir por sí misma.

4. El carácter complementario y solidario de la familia, la escuela, la iglesia, la sociedad civil y el Estado

No obstante, pudiera parecer, y de hecho, puede ser que ese carácter subsidiario, que por un lado salvaguarda la libertad, la posibilidad de iniciativa y la autogestión de las distintas instancias, por otro lado, pudiera generar un individualismo en la persona y un sectarismo o cerrazón en los organismos de la sociedad civil. Incluso, pudiera generar también una especie de indiferencia de ellos y del Estado frente al desarrollo de los demás miembros del cuerpo social.

Es por ello que a la dinámica de la subsidiariedad debemos agregar inseparablemente el principio de solidaridad complementaria.

Este carácter de las relaciones favorecerá que cada uno de los agentes educativos, al mismo tiempo que dejan hacer lo que pueden hacer por si mismos los demás, no lo abandonan a su suerte, no se cierran en sí mismos, ni se tornan indiferentes sino que se abren a la cooperación y la colaboración entre ellos; se interesan sistemáticamente por evaluar esa cooperación; y expresan concretamente ese interés comunitario con iniciativas de solidaridad que apoyen y complementen los servicios educativos propios de cada protagonista educativo.

En otras palabras, entre la persona y la familia deben complementarse mutuamente los esfuerzos por una formación más plena e integral. Entre la familia y la escuela deben establecerse espacios reales, viables, evaluables de cooperación y complementariedad para ayudar al crecimiento y desarrollo pleno de la persona.

Entre la escuela, la iglesia y el resto de las organizaciones de la sociedad civil deben establecerse canales estables y practicables de solidaridad y cooperación en el proyecto educativo y el desarrollo de toda la sociedad.

En fin, entre la familia, la escuela, la iglesia, el resto de la sociedad civil y el Estado debe crearse un marco legal e institucional que cree un clima favorable a la cooperación respetuosa y pluralista, que dote a la persona y su familia de los mecanismos judiciales de protección de sus derechos y de facilitación de sus deberes con relación a la educación.

5. El carácter mutuamente crítico y liberador de estos protagonistas

Otro de las dinámicas relacionales, es el carácter mutuamente crítico de las instancias entre sí y con el resto de la sociedad. En efecto, cada uno de los agentes educativos debe desarrollar con relación al resto de las partes corresponsables una conciencia crítica, es decir, el ejercicio de los criterios evaluativos que periódicamente valoran el funcionamiento y el servicio de los demás.

En este sentido la familia debe ejercer un control crítico sobre la escuela y esta debe, a su vez, exigir sin suplantar impositivamente, que la familia cumpla su rol. La Iglesia y el resto de la sociedad civil deben ejercer una misión crítico-profética sobre el rol educativo de la familia y la escuela y al mismo tiempo proponer una pedagogía liberadora, participativa y solidaria.

En ocasiones, como en la nuestra, la familia, la escuela y la Iglesia, con la sociedad civil de la que forma parte, deben unirse en el empeño de criticar el papel totalizador y autoritario del Estado en la educación y proponer un modelo pluralista y democrático de educación en el que la persona y la familia tengan el marco legal y operativo que favorezca su derecho prioritario en la formación integral de las nuevas generaciones.

El Estado, en una sociedad pluralista, cuida por que la educación llegue a todos y por que los proyectos educativos de las escuelas alternativas públicas o estatales, laicas o religiosas, tengan el nivel de calidad y la orientación encaminada al bien común, evitando la promoción de actitudes segregantes como el racismo, el fanatismo, el sectarismo, etc.

6. La formación de una verdadera comunidad educativa al servicio de la persona

Las anteriores dinámicas de relación deben encontrar su integración y plena dimensión cuando los diversos protagonistas implicados en la educación se decidan a formar una verdadera comunidad educativa.

Una vez más, y sin cansarnos de recordar aquella propuesta y de intentar ponerla en práctica, dejamos a su reflexión y examen de conciencia aquellas palabras del Papa Juan Pablo II en Santa Clara, el 22 de Enero de 1998:

“La familia, la escuela y la Iglesia deben formar una comunidad educativa donde los hijos de Cuba puedan crecer en humanidad. No tengan miedo de abrir las familias y las escuelas a los valores del Evangelio de Jesucristo, que nunca son un peligro para ningún proyecto social”.

Al terminar su homilía, el Papa dijo: Quiero repetir las palabras… y de todo el texto repleto de propuestas fundamentales, reiteró el párrafo de la comunidad educativa. No estoy seguro de que los cubanos hayamos valorado en su justa dimensión esta propuesta. Es necesario implementarla hasta donde podamos. Es necesario buscar vías para su aplicación en las actuales circunstancias. Esto, bien podría ser un apasionante proyecto de trabajo para esta escuela de educadores.

Esa comunidad educativa que, desde la inspiración cristiana, soñamos debe tener un carácter personalista, una pedagogía liberadora, unos contenidos éticos y cívicos basados en los valores de la libertad, la solidaridad y la participación democrática. Esta comunidad educativa debe, además, estar abierta y en sistemática relación con las demás organizaciones e instituciones de la sociedad civil y del Estado. Su fin es que los cubanos crezcan en humanidad mediante un proyecto educativo integrador de todos los protagonistas y a la vez respetuoso del rol de cada uno.

Esta comunidad educativa debe ser el principal agente de realización de un nuevo proyecto educativo para Cuba. No hay comunidad sin proyecto. Al mismo tiempo, un proyecto educativo, por muy bien diseñado que esté, queda en letra y reflexión muertas cuando no encuentra quienes lo lleven a la práctica. Según el pensamiento pedagógico contemporáneo este protagonismo no puede ser asumido solamente y de forma excluyente por ninguno de los agentes ya mencionados.

La historia nos recuerda que cuando la familia asumía ella sola, y de modo sectario, la educación de sus hijos, faltó en ellos la dimensión social y la conciencia solidaria que ha costado siglos formar. La historia nos enseña que cuando la Iglesia, sola, asumió un proyecto educativo sin formar ese tipo de comunidad abierta y plural, y sustituyó el papel de la familia, la escuela y el resto de la sociedad civil, sus proyectos educativos no siempre dieron los frutos esperados. La historia nos enseña también que, cuando esta labor formadora es asumida de forma totalitaria y excluyente por parte del Estado, el hombre nuevo que se esperaban como fruto de esa “formación integral” resulta un verdadero fracaso antropológico.

IV. PROCESO PARA LA FORMACIÓN DE UN NUEVO PROYECTO EDUCATIVO PARA CUBA

Al finalizar esta reflexión me gustaría proponerles cómo concebiría el proceso que va desde esta nueva visión educativa hasta las obras y servicios concretos, animados por cada comunidad educativa. Podría resumirlo, esquemáticamente, de esta forma:

1. Asumir una nueva visión educativa…

2. Convertir esa visión en proyecto educativo…

3. Formar una comunidad educativa que acompañe y anime el proceso…

4. “Traducir” el proyecto educativo a una escuela pedagógica que aplique técnicamente los grandes objetivos del proyecto y busque métodos, medios, etc.

5. Fundar o refundar centros de formación, escuelas y otras alternativas educativas según ese proyecto y con los métodos, medios y estilo de esa escuela pedagógica…

6. Evaluar sistemáticamente este proceso por parte de la comunidad educativa…

7. Abrir e interrelacionar la comunidad y sus obras con otras visiones educativas, proyectos y escuelas pedagógicas para la crítica y el enriquecimiento mutuo.

No creo que haya que esperar otras condiciones para comenzar en este trabajo. Los 4 primeros pasos del proceso son posibles y realizables sin esperar más. El quinto paso ya está ocurriendo a todo lo largo de la Isla, a su forma, al aire de cada cual como es lógico y deseable, pero quizá sin la suficiente visión actualizada y futura, y sin proyectos coherentes con esa visión. Prácticamente, cada Diócesis tiene algún centro de formación, un instituto, algún aula, y otras iniciativas educativas. Con esto podemos y debemos comenzar a trabajar ya. Sin intentar imponer nada, pero convocando a todos. Respetando las peculiaridades de cada Iglesia y de cada proyecto, como es deseable en una sociedad pluralista. Buscando consensos e intercambios, no consolidados ni uniformidad. Con los espacios diversos que se han alcanzado podemos comenzar “creyendo en la fuerza de lo pequeño”.

El problema y el desafío es: ¿Con qué visión educativa lo estamos haciendo? ¿Con o sin proyectos educativos que concreten esa visión? ¿Lo hacemos con estilos y métodos pedagógicos atrasados o novedosos? ¿No querremos volver a empezar como lo dejamos, o nos lo quitaron, en 1960, como ha ocurrido con las procesiones y otras obras eclesiales?

Cada diócesis, cada comunidad religiosa con carisma educativo, cada centro de formación existente, cada obra educativa, podría comenzar por reflexionar sobre una opción para el cambio hacia delante, por buscar puntos de consensos, por encontrar vías para la actualización de su visión educativa primero y elaboración o reformulación de sus proyectos educativos, después.

De este modo, podríamos ayudar a la creación de una nueva escuela cubana que tome de sus raíces, todavía sin desarrollar plenamente, aquella herencia de Varela, Luz, Mendive y Martí, y avance hacia esa nueva visión educativa que procura integrar lo mejor de la pedagogía liberadora y participativa de la contemporaneidad.

Cada uno de nosotros puede servir de animador y facilitador de este proceso. Cada uno de nosotros, padres, maestros, profesores, catequistas, directores de centros de formación de la iglesia, religiosas y religiosos dedicados al carisma de la educación, puede presentar en su ambiente estas propuestas sugestivas y convocantes. Se trata de presentar sin imponer.

Se trata de una amplia reflexión sin exclusiones ni prejuicios. Se trata de pasar de la reflexión a la ejecución. Se trata de pasar de la vieja concepción pedagógica a la nueva visión educativa y de ella a los nuevos proyectos de formación integral. Respetando los carismas y ritmos de cada uno. Respetando y coordinando los acentos, matices y perfiles educativos de cada centro y de cada instituto. Lo importante es asumir la visión general, diseñar un proyecto tan abarcador y pluralista de modo que quepan las actuales obras educativas que han costado tanto esfuerzo, sacrificio y riesgo.

Comenzar aquí mismo, este proceso en cada uno de nosotros, cambiar algo hoy en nuestra conciencia y modificar algo en nuestras concepciones pedagógicas es ya dar “una señal en la noche”; es comenzar a ser “fermento” en la masa educativa de Cuba, ahora masiva y masificante; es encender una “pequeña luz” inmediatamente antes del amanecer; es sembrar una minúscula “semilla” en que, estoy seguro, “vendrán a anidar las aves del cielo” cuando sea un robusto árbol educativo, a la sombra del cual las más variadas y plurales iniciativas pedagógicas podrán crecer, con coherencia, al servicio del crecimiento humano y espiritual de la Nación.

(Conferencia dictada en la Escuela de Verano para Educadores).

Ciudad de La Habana, 4 de agosto de 2002.

 

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).

Ingeniero agrónomo. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007 y A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011.

Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.

Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.

Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.

Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.

Reside en Pinar del Río.