Editorial

Editorial 61: 2018: CUBA FRENTE A UNA NUEVA OPORTUNIDAD

16 Febrero, 2018

Una vez más frente a Cuba, en las manos, la mente y la voluntad de todos los cubanos y de las autoridades del País, se abre una nueva oportunidad histórica de cambios. Se abren nuevas oportunidades para comenzar un nuevo ritmo de transformaciones, con mayor profundidad y consistencia. Sería temerario e irresponsable volver a dejar pasar el tiempo y las circunstancias para una salida honorable, pacífica, gradual y ordenada hacia una sociedad democrática, próspera y feliz.

El año 2018 avanza hacia la conjunción de escenarios internos y externos que interactúan y crean una situación compleja y crítica que puede conducir a Cuba al desastre evitable o a la apertura de transformaciones de su modelo económico y político. He aquí algunos de esos escenarios que son a la vez, peligros, desafíos y oportunidades:

Encrucijadas internas

1. El desastre macroeconómico y su impacto en la vida cotidiana de los cubanos alcanza al más amplio horizonte de la sociedad, profundiza la grieta entre la inmensa mayoría que vive en régimen de subsistencia precaria y los pocos que flotan en los desvencijados maderos de la corrupción, los privilegios de las gerencias o los cargos de los que medran. La escasez de alimentos, medicamentos, vivienda, transporte y salarios dignos alcanzan cotas que desesperan.

2. El modelo económico centralizado y estatista no funciona definitivamente tras una década perdida en amagos de “actualizaciones y lineamientos”, que ahora las propias autoridades reconocen no han solucionado los problemas fundamentales.

3. El sector privado ha demostrado su eficiencia, la capacidad para crear riquezas, el talento emprendedor de los cubanos y el rápido crecimiento potencial que ha transformado profundamente la vida de los empresarios, sus familias e incluso su barrio y municipio. Viñales, Trinidad, Santa Marta y otras localidades son la prueba irrefutable de qué es lo que funciona y qué no, cuál el modelo y el camino y cuán rápida y eficiente pudiera ser la transición de Cuba con su capital humano, con libertad de empresa y diversas formas de propiedad, privada, cooperativa y mixta. Lo que se ha demostrado en estos territorios pudiera ser ya una realidad en gran parte del país y serviría de locomotora para toda la Nación.

4. El modelo político excluyente, que penaliza la discrepancia y obstruye sin tapujos la participación de los ciudadanos que no profesen el credo oficial, paraliza las iniciativas y propuestas ciudadanas, deja en manos de unos pocos y de mucha ineficiencia e incompetencia, las decisiones locales y nacionales, y momifica el ejercicio del civismo en un sistema increíblemente calificado como “democracia de partido único”, oxímoron e invento que ofende a la conciencia de la mayoría de los cubanos y a nuestra valiosa tradición cultural e historia cívica.

5. La arbitrariedad jurídica y la indefensión de los ciudadanos es un escenario asfixiante, discriminatorio y excluyente que deja en manos de la policía política, de los corruptos de “cuello blanco” y del tráfico de influencias y favores, la administración de un simulacro de justicia que ya, sin pudor y sin mesura, viola a su misma legislación ordinaria, desconoce preceptos de la propia Constitución socialista y reprime, juzga y condena por supuestos o fabricados delitos comunes a los que discrepan políticamente o prosperan económicamente más allá del sistema de “apartheid” empresarial en que solo los “autorizados”, los “confiables” y los “leales”, pueden crecer y prosperar… hasta el día en que, como dice nuestro pueblo, “algo” pase y “se les tiran arriba” convirtiendo al emprendedor en “escoria”. Violar sus propias leyes, los procedimientos penales, las medidas administrativas, así como manejar con interés político las “regulaciones migratorias”, las sanciones y multas, pretextando “defender al socialismo”, lo que realmente hace es contradecirlo, desprestigiarlo y crear un clima de inseguridad e indefensión muy peligroso, que quizá, con el tiempo, se vuelva incontrolable.

6. El daño antropológico y el deterioro moral y social, llamado eufemísticamente “pérdida de valores” no es más que el fruto de la falta de educación ética y cívica, la decadencia e ineficiencia del modelo socio-económico y político y el atrincheramiento de poderes que, en su conjunto, crean una atmósfera de crispación y violencia verbal, física e institucional, irrespirable y gravemente dañina para la salud sicológica, física, moral y espiritual de la Nación.

7. La ineficiencia y anquilosamiento de las instituciones, por el burocratismo genético del modelo, la falta de legitimidad por la forma de designación basada en la lealtad política y no en la competencia profesional, la irresponsabilidad y falta de sentido de pertenencia de aquellos servidores públicos que se han convertido en “caciques” y “mandamases” cubiertos por el manto de una falsa lealtad al sistema político y coronados por un historial momificado que pareciera los hace intocables e inmunes.

8. La violación sistemática de los Derechos Humanos, especialmente de la libertad de expresión, reunión, asociación; de la libertad religiosa y cultural y de la libertad de empresa y de viajar, son solo algunos de los muros y bloqueos internos que son la verdadera causa profunda de nuestra crisis y decadencia orgánica.

9. El fin de la era de la generación histórica en las principales posiciones de poder a partir del 19 de abril, va generando expectativas en los ciudadanos de a pie, e incertidumbres en la cúpula. Todo esto es vivido, sabido y comprobado por cualquiera que se respete, conviva con el pueblo cubano, observe con honestidad y haga su discernimiento con un mínimo de coherencia ética. Ninguna de estas realidades tiene nada que ver con un sistema verdaderamente socialista, ni con los más básicos criterios de justicia social, ni con el expresado deseo de “actualización” de un “modelo próspero y sustentable”. Lo que provoca es el deterioro imparable de la sociedad y la dependencia externa de la economía y de la misma política.

Encrucijadas externas

En el mundo de hoy, ningún país puede vivir aislado. Sería un suicidio económico, político y cultural. Las relaciones internacionales constituyen una variable que impacta sobre la vida de los ciudadanos y condiciona a los factores internos.

Estas son algunas de las realidades que más inciden sobre Cuba:

1. La crisis en Venezuela que ha desplazado a ese país de ser el primer socio comercial de Cuba a ser el tercero.

2. El retroceso en el proceso de normalización de las relaciones con Estados Unidos.

3. Los cambios políticos en América Latina con las pérdidas electorales de gobiernos afines a Cuba como Brasil, Argentina, Ecuador, Chile.

4. El retroceso de las relaciones comerciales con China que la desplazaron al segundo lugar en la lista de socios comerciales.

5. El ascenso de la Unión Europea como el primer socio comercial e inversor en Cuba y las potencialidades positivas que esto pudiera implicar.

6. Las expectativas internacionales ante el anuncio del relevo generacional en la presidencia del Consejo de Estado y de Gobierno y la avalancha de solicitudes o presiones que se verterán, previsiblemente, sobre el nuevo mandatario a partir del 19 de abril de 2018 para que avance más ágil y sustancialmente en las reformas estructurales tanto económicas como políticas y en el respeto de todos los derechos humanos para todos.

7. Una nueva posibilidad de un mayor protagonismo de la sociedad civil que ha sufrido en este último año la mayor represión en décadas y ha abarcado a más sectores sociales: cuentapropistas, artistas, escritores, cineastas, periodistas, opositores, activistas de derechos humanos, aspirantes a candidatos para el cambio, religiosos, centros de pensamiento, entre otros muchos.

Propuestas y proyectos

Como se puede ver, estas son solo algunas de las encrucijadas con las que los cubanos, ciudadanos y mandatarios, nos encontraremos en este año 2018. Nadie puede negar que la sinergia entre todos estos escenarios ponen al País en un momento crítico inédito y complejo como nunca antes, incluyendo el llamado “período especial” que no fue más que las primeras señales de esta perseverante crisis agudizada.

Toda crisis puede ser respondida por lo menos de dos formas:

1. El atrincheramiento y el inmovilismo que conduce al desastre y a la nada, es decir, a la pérdida de todo, o

2. La apertura y las reformas profundas, ágiles y graduales que conducen a nuevos modelos  que pudieran conservar las más nobles aspiraciones, los más preciados talentos y los más prometedores proyectos que contribuirán a que Cuba pueda integrarse a la comunidad de naciones normales, democráticas y prósperas.

Una tercera opción podría ser, aplicar reformas superficiales para mantener los modelos ineficientes y excluyentes. Esta acaba de demostrar durante los últimos diez años que no conduce a ninguna actualización, porque es la misma serpiente que se muerde la cola. No se pueden construir ni los capitalismos modernos ni los socialismos democráticos, parapetados en un capitalismo monopolista de Estado, perfil injertado de lo peor de ambos sistemas. Eso no funciona, la tozuda realidad lo sigue demostrando.

Cuba cuenta, gracias a Dios, con un capital humano, con un clima y una posición geográfica envidiables. Y si cambia, contaría con unas crecientes solidaridades internacionales, que serían cimientos y dinamos de una nueva etapa, cuyas propuestas y modelos económicos deberían encontrar la franja movediza que se ubica entre la eficiencia económica y las conquistas sociales. Es decir, entre la creación de riquezas crecientes y sostenibles y la distribución de esas riquezas, materiales, morales y espirituales, con la mayor justicia social posible hacia un desarrollo humano integral y solidario. Ninguna de las dos ilusiones utópicas que han intentado construirse en cualquiera de los dos extremos han dado los resultados esperados, ni han construido un hábitat facilitador de los talentos, valores y virtudes, humanos y cívicos.

Nos toca hacerlo a nosotros, los cubanos todos.

Pinar del Río, 28 de enero de 2018

165º aniversario del nacimiento de José Martí