Editorial

Editorial 57: LA PATRIA, LAS INSTITUCIONES Y LAS CALLES SON Y DEBEN SER DE TODOS LOS CUBANOS

22 Junio, 2017

La inclusión de todos los cubanos y cubanas en todos los espacios de la nación, en las instituciones sociales y en los servicios públicos, sin distinción de ideas políticas o religiosas, es la máxima expresión de la soberanía ciudadana, de la unidad en la diversidad de la Nación y de la garantía de todos los derechos para todos y todas.

 

En Cuba, lamentablemente, se declaran algunos espacios e instituciones solo para los “revolucionarios”, término que se identifica con los que tienen la misma forma de pensar, sentir y actuar que las autoridades del Estado. Por tanto se excluye y separa a personas que optan libremente por proyectos o por formas de pensar diferentes de las oficiales.

 

El país es y debe ser para todos y todas. La nación cubana la conformamos todos los cubanos independientemente de nuestra filosofía personal, religión u opciones políticas. De lo contrario, un sector de nuestro pueblo será excluido en su propio país.

 

Ser excluido en su propia nación constituye una grave injusticia y debe ser calificado como un delito de discriminación que convierte a las víctimas en extraños para sus compatriotas. El apartheid en Sudáfrica, los intocables en la India, los homosexuales en Sudán o las mujeres en algunos países regidos por leyes llamadas islámicas, son solo algunos de los ejemplos de ese crimen de marginación.

 

Causas de la exclusión

 

El descarte de una parte pacífica de la sociedad, aunque esa parte sea una minoría, ocurre a causa de una concepción perversa de la Nación:

 

  • Cuando las opciones ideológicas, políticas, de orientación sexual o religiosa, son valoradas por encima de la suprema dignidad de toda persona humana.
  • Cuando se confunde la nación con un partido, o la Patria con el Estado.
  • Cuando se segrega la diversidad de las partes para mantener el poder sobre todos.

 

Consecuencias de la exclusión

 

Esto es una política grave y errónea que produce consecuencias muy dañinas para la sana y cívica convivencia en la propia Nación:

 

  • La violación de derechos fundamentales de esas personas o grupos.
  • La desconfianza entre ciudadanos iguales en dignidad y derechos.
  • La fragmentación de la unidad en la diversidad de la nación.
  • El encono de unas partes contra otras.
  • El nacimiento de focos de violencia.
  • Los degradantes actos de repudio.
  • La emigración inducida.
  • La violación de una legislación igualitaria para todos.
  • La indefensión legal, moral y comunitaria de los excluidos.

 

Un profundo daño antropológico por la combinación de los estropicios anteriores.

 

Remedios para la exclusión

 

Las exclusiones no se remedian con otras exclusiones de signo contrario. Ni se pueden sanar sepultando el repudio de algunos ciudadanos bajo una montaña de propaganda justificativa y manipuladora de los sentimientos o las gratitudes esperadas. Señalar un daño sin proponer remedio es otra forma, quizá más sutil, de exclusión.

 

El descarte entre conciudadanos puede ser curado, por estas y otras actitudes y acciones:

  • Universalizar una educación ética y cívica desde la familia, la escuela y la comunidad.
  • Aprobar una legislación que despenalice la discrepancia y castigue toda discriminación.
  • Prohibir en todos los Medios de Comunicación mensajes excluyentes o infamantes.
  • Promover en dichos Medios el respeto a la diversidad, la riqueza de la discrepancia y la inclusión efectiva como prueba fehaciente de la igualdad entre todos los ciudadanos.
  • El cese inmediato y la evitación por agentes del orden de todo acto de repudio.
  • La apertura de los centros de estudio en todos los niveles y especialidades para todos los ciudadanos por sus capacidades académicas, no por sus opciones políticas, religiosas u orientación sexual.
  • Instaurar una Defensoría del Pueblo que ayude a reclamar los derechos, la inclusión y la igualdad de oportunidades para todos.

 

Promover a nivel familiar, institucional, laboral, eclesial y del resto de la sociedad civil: la primacía absoluta de la dignidad y los derechos de toda persona humana, incluida la que delinque; los valores de la unidad en el respeto de la diversidad, la inclusión, la tolerancia, y aún más, el sistemático cultivo de la fraternidad, la amistad cívica y la convivencia pacífica.

 

Con estas y otras medidas humanistas y verdaderamente “profilácticas” para prevenir la exclusión, Cuba será mejor. Sería la forma efectiva para defender la soberanía ciudadana y la integridad de la Nación. Los cubanos no daríamos, nunca más, al mundo signos contrarios a los padres fundadores de nuestra cultura y nacionalidad, como Varela y Martí, que edificaron los cimientos de una República de la virtud y el amor. Así un día podremos inscribir en nuestros símbolos patrios, como deseaba el Apóstol de nuestra Independencia, la fórmula del amor triunfante que Martí proponía en su memorable discurso del 26 de noviembre de 1891 en el Liceo Cubano en su primer viaje a Tampa, Estados Unidos, para dirigirse a los cubanos allí exiliados:

 

iBasta, basta de meras palabras! Para lisonjearnos no estamos aquí sino para palparnos los corazones y ver que viven sanos, y que pueden; para irnos enseñando a los desesperanzados, a los desbandados, a los melancólicos, en nuestra fuerza de idea y de acción, en la virtud probada que asegura la dicha por venir, en nuestro tamaño, real, que no es de presuntuoso, ni de teorizante, ni de salmodista, ni de melómano, ni de cazanubes, ni de pordiosero. Ya somos uno, y podemos ir al fin: conocemos el mal, y veremos de no recaer; a puro amor y paciencia hemos congregado lo que quedó disperso, y convertido en orden entusiasta lo que era, después de la catástrofe, desconcierto receloso…”

 

“iBasta de meras palabras! De las entrañas desgarradas levantemos un amor inextinguible por la patria sin la que ningún hombre vive feliz, ni el bueno ni el malo. Allí está, de allí nos llama…­[]. i Pues alcémonos de una vez, de una arremetida última de los corazones, alcémonos de manera que no corra peligro la libertad en el triunfo, por el desorden o por la torpeza o por la impaciencia en prepararla; alcémonos para la república verdadera, los que por nuestra pasión por el derecho y por nuestro hábito del trabajo sabremos mantenerla…[]. Y pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: “Con todos, y para el bien de todos.”

 

Pinar del Río, 20 de mayo de 2017

115 aniversario del nacimiento de la República de Cuba