Deportes

Pinar del Río campeón

Maikel Iglesias Rodríguez | 6 Julio, 2011

 

Trece años después y contra todos los pronósticos
Por Maikel Iglesias Rodríguez

Llegada a Pinar del Río de los jugadores Campeones Nacionales.

Llegada a Pinar del Río de los jugadores Campeones Nacionales.
Este artículo es un homenaje, a aquellos peloteros que han vestido, los preciados uniformes que, durante largo tiempo, han identificado a todos los equipos de Vueltabajo: Vegueros, Forestales, Pinar del Río. Y en forma muy especial, a todas las “esquinas calientes”, verdaderos símbolos cubanos, de libertad de expresión y amor a la Patria.
Trece años hubieron de pasar, para verse coronados nuevamente, con un título de serie nacional, los amantes del béisbol pinareño. Nada más y nada menos que en la número 50, esa que fuera bautizada como la de oro, la de la confirmación de votos de tantísimos aficionados, que solo un deporte como la pelota, expresión tan genuina de nuestra cultura, ha sido capaz de congregar, fuera y dentro de nuestro país. Así lo quisieron los azares que, como dijera el argentino Julio Cortázar, hacen mucho mejor las cosas que la lógica; y por supuesto el talento y los esfuerzos de quienes contribuyeron, a que este triunfo anhelado por tantos, se hiciera por fin realidad.
Este campeonato será indudablemente registrado por la historia, como un torneo de records y revelaciones. Disímiles marcas fueron impuestas en la temporada 2010-2011, unas positivas y otras negativas, tanto entre las dos líneas que señalan los terrenos, dentro del diamante mismo, como en los graderíos. Ese jugador imprescindible, que es el público, ese número diez imaginario que viene a redondear el pasatiempo de las bolas y de los strikes, sin nada que envidiarle a la más enardecida hinchada en un estadio de fútbol brasilero; ese que acompañó a los atletas con sabia pasión hasta el noveno inning, fiel hasta el último out.
La apatía reinante en los estadios, que caracterizara a los pasados campeonatos, fue por suerte trasmutada en entusiasmo y más de una sorpresa; quizá tuvo que ver en esto, la enorme cobertura que los medios de prensa nacionales dedicaron al certamen, además del apadrinamiento que en cada una de las provincias, muchas de las empresas ofrecieron a sus peloteros. Tengo entendido que en Pinar del Río, esta especie de tutela alcanzó una proporción de tres por uno; o sea, cada atleta recibió el apoyo de tres instituciones por lo menos. Dígase ayuda en forma de especies, alimentos para sus familias; los cuales garantizaban que los deportistas, pudieran dedicarse por entero a su afición.
¿Afición? Desde hace mucho tiempo no es posible hablar en Cuba de un béisbol amateur, y esto cada día más, va siendo norma en todos los deportes, algo con lo que estoy plenamente de acuerdo. Porque solo en el profesionalismo, los atletas pueden alcanzar el tope de sus rendimientos, desarrollar a plenitud sus facultades, sus dones innatos, ejercer su vocación al máximo; y así poder ofrecerles a todos sus seguidores, la excelencia que ansían presenciar en los estadios.
El asunto es que en Cuba, esto sucede en un modo anfibológico, o sea, ambiguo, retro; entre lo semiprofesional todavía, porque no reciben suficiente dinero a cambio de sus desempeños, y porque el reconocimiento monetario que reciben, es injustamente igualitarista. Poco importa si estás en el banco, o eres un jugador regular. Es cierto que al final de los torneos, los esfuerzos son premiados de alguna manera, porque de los rendimientos de los peloteros, depende en gran medida, la integración de nuestros equipos nacionales. Pero allí, es obvio que no pueden ir todos, y para integrar estas nóminas, influye un sinnúmero de factores, que van desde la predilección de los directivos, hasta las orientaciones gubernamentales del más alto perfil.
Creo que en Cuba, a pesar de estos factores, la calidad de los torneos sigue estando ciertamente alta, aunque es desproporcionado a mi juicio, el apoyo que recibe el béisbol con respecto a otras modalidades, más allá de que este constituya nuestro deporte nacional. Aun no podrían compararse nuestros campeonatos a las ligas de Japón y USA, que por supuesto, reciben una inyección financiera y logística, mucho más significativa, además de la contribución expresa, que dos torneos como las ligas mayores norteamericanas y niponas, reciben de atletas y entrenadores foráneos. Aún así, estoy convencido de que nuestro nivel, podría ser superior al que ha alcanzado ya, y no lo digo oportunistamente, por aquellos recientes campeonatos internacionales, en los cuales nos ha sido impedido acceder a la corona.
Los fundamentos técnicos, la verdadera esencia del béisbol, se ha visto afectada en los últimos años, por muchos elementos entre los que se encuentran, la desactualización de nuestro sistema deportivo, politizado en exceso, y esa ambigüedad anacrónica para el contexto global de los días que corren, la cual he referido anteriormente. Se manifiesta en Cuba un fenómeno que podría calificarse como: autismo colectivo, un ensimismamiento tal, un estado de misterio y verticalidad suprema, que no favorece la retroalimentación con otras ligas, intercambios ventajosos a partir de nuevas experiencias, dentro y fuera de nuestro archipiélago.
Entre los records negativos de este campeonato en que Pinar del Río, viera recompensada su larga y fructífera tradición beisbolera, probada a todos los niveles de este deporte, y en todas las ligas importantes de este mundo, están en primer término, la cantidad de pelotazos propinados por los lanzadores, los cuales fueron sumamente bateados por demás, y evidenciaron en forma general, serias deficiencias en el control de sus envíos; y en segundo término, debo mencionar, el alto cúmulo de errores cometidos por todos los equipos comprendidos en la justa, en lances aparentemente fáciles.
No pueden adjudicárseles todas estas deficiencias a nuestros problemas económicos, los cuales repercuten en la calidad de los estadios e implementos técnicos; tampoco a la intensa sequía que en algunas de las provincias orientales, obligó a que alguien tomase la fatal decisión, de regar los terrenos con agua de mar, logrando así que fuese peor el remedio que la enfermedad. La filosofía del deporte cubano, se ha visto resquebrajada en los últimos tiempos, por falta de un contacto sustancial, con otras escuelas del planeta.
Los intríngulis entre los que se incluyen: el toque de bola, el corrido de las bases, sacrificios, anticipación a las iniciativas del contrario; se han desaprendido sostenidamente, conduciendo a una monotonía paradójica, para la condición atlética de nuestra nación. Esto es el resultado de acumulaciones de errores conceptuales, que pesan a la larga y cuestan mucho subsanarse. Ojalá que haya sido esta serie, el despertar al crecimiento armónico, al desarrollo gradual humano, soberano y tangible, no solo del béisbol, sino de todos los deportes.
Ahora quisiera tornar estas valoraciones, de alguien que se confiesa inexperto en el tema, pero que lleva en su sangre la cultura de su pueblo; a esos puntos que según mis opiniones, influyeron en el éxito de este campeonato, amén de que estuvieran ausentes por primera vez de la finales, dos de los equipos más grandes de nuestra pelota. Que faltasen a la fiesta del play off, Santiago de Cuba e Industriales, novenas que tanto representan, lejos de debilitar el cierre del torneo, fue una novedad que agradecieron los cansados de que siempre ganaran los mismos. Tal vez como demostración, de que algo podría estar cambiando hacia el interior de Cuba. En tierras de los llamados, débiles.
Desde el punto de vista sociológico, podría ser naif mi apreciación al respecto, pero lo dicen y demuestran hechos, que no se pueden a capricho adjudicar, a un acto de magia o pura casualidad. Cienfuegos y Ciego de Ávila, pudieron resultar campeones, no solo a mi persona dejaron esa sensación, es algo que se respiraba en cada “esquina caliente” de Cuba. Esos lugares de reunión espontánea y de pasión sublime, donde cada ciudadano se convierte en alguien que decide, hace propuestas, expone razonados juicios, aporta y se libera.
Si los tigres de Ávila y elefantes de Cienfuegos, no hubiesen hallado en los Vegueros o el Tsunami verde, alias los lobos de Pinar del Río, un rival que se mostró impecable y muy parejo en todos los órdenes del juego, el fervor popular de sus terruños se habría desatado a mares; por esa gloria que es ganar en algo que nos represente a todos. Entonces tendría que dedicarle a ellos este artículo, aunque doliese en el fondo, por mi condición natal, figurar en el puesto de los subcampeones.
También nos enviaron señales muy positivas, los equipos de Guantánamo y Granma, los cuales sin tanto caché ni fama, insinuaron el poder de los pequeños. Esto ratifica la importancia de toda cohesión, cuando se alcanza en equilibrio justo entre los jóvenes y jugadores más experimentados, el entrenamiento eficaz, el peso de una sabia dirección que entiende que su rol genuino, no debe sobrepasar nunca, el protagonismo que merecen sus atletas, derivados de sus compromisos y frutos en el terreno día a día, no solo por sus historias y leyendas. Todo lo contrario a lo que ha sucedido con otros equipos, en más de una temporada.
Todos estos detalles hacen más sublime el éxito de los peloteros pinareños. Razón por la que quiero felicitarlos, sin excepción alguna. No quisiera olvidar ninguno de los nombres de los que contribuyeron, a la reconquista del sueño. Ser campeones nacionales nuevamente en el deporte nacional.
Es este un triunfo de todos los amantes del béisbol vueltabajero. Desde los que laboran con dificultades miles en las categorías inferiores, hasta esos hombres descalzos que tras los aguaceros, alistan el diamante del estadio Capitán San Luis, para que sus peloteros salgan a alegrar a sus parciales. También de los que optaron libremente, por marcharse a jugar, a compartir sus dones, en otros torneos profesionales por el mundo, jugando para el Chicago White Sox, por ejemplo; y hacen en sus equipos actuales, más grande a la provincia y por supuesto a su Nación.
En el principio de este campeonato, la selección pinareña fue descartada por la mayoría de los especialistas de los medios de difusión masiva. Incluso, hasta bien próximo a lograr la corona tan ansiada. Muchos dudaron de sus posibilidades, y adjudicaban el milagro a las virtudes de Alfonso Urquiola, quien es cierto que después de haber sido uno de los mejores peloteros de toda nuestra historia, ha devenido en excelente director; alguien capaz de ganar a todos los niveles de este deporte y en diferentes ligas, foráneas y locales.
Pero subestimaron el peso de la camiseta, ese amor propio que hace recordar a muchos la verdadera raíz, lo que somos en esencia; ese mítico año de 1978, fecha en que un humilde equipo dirigido por José M. Pineda, deshaciendo pronósticos adversos, alcanzara el primer título que obtuvo la provincia. Esos que no creyeron en la fuerza del honor y en el talento natural, que siempre es algo muy distinto a aquella gloria que es aupada por los medios, deberán reconocer ahora, las virtudes cardinales de Pinar del Río.
Es realmente grandioso, se los digo, ser campeones de ese modo, en buena lid, con un pueblo que respalda con la vida a sus atletas. Ha quedado confirmado en esta serie, gracias a una nueva generación de peloteros y un manager sagaz, competitivo, como el señor Urquiola. El empuje de una afición, que siente a su equipo como algo suyo, que consigue recobrar la fe y, trasciende las miserias cotidianas, para hacer de simple ola un tsunami de amor en los estadios; es un factor determinante en las victorias y en la evolución.
Maikel Iglesias Rodríguez (Poeta Y Médico, Pinar del Río, Cuba 1980)