Debate Público

La legitimidad de la oposición: una prueba infalible para la libertad política

Yvon Grenier | 20 Diciembre, 2017

Foto tomada de Internet.

En su fascinante libro sobre el emperador Haile Selassie de Etiopía, el reportero y escritor polaco Ryszard Kapuściński explica cómo su benevolente Majestad usó “facciones y camarillas” para su propia ventaja:

El Palacio se dividió en facciones y cotos que combatieron guerras incesantes, debilitándose y destruyendo unos a otros. Eso es exactamente lo que su benevolente Majestad quería. Tal equilibrio aseguró su paz bendita. Si uno de los cenáculos ganara la ventaja, su Alteza rápidamente otorgaría favores a sus oponentes, restableciendo el equilibrio que paralizaba a los usurpadores. Su majestad tocaba las llaves —una negra y luego una blanca— y traía del piano una melodía armoniosa que calmaba sus oídos. Todo el mundo cedió a tal manipulación porque la única razón de su existencia era la aprobación del emperador, y si él lo retiraba desaparecería del Palacio dentro del día, sin un rastro. No, no eran nada por su cuenta. Eran visibles a los demás solo mientras la glamorosa luz de la corona imperial brilló sobre ellos. 1

¿Suena familiar?

Los regímenes autoritarios son monistas pero nunca son monolíticos. Para su propia estabilidad necesitan fomentar o manejar facciones (ideológicas, institucionales, clanes). Los más inteligentes en realidad dan forma y fomentan a estas facciones. La regla del juego es esta: ninguna tendencia prevalece para siempre. Cada uno siente el apretón del poder en un punto u otro. Una facción aparentemente dominante toma la culpa de algún giro de evento; rompe la melodía armoniosa del poder. Se convierte en “microfacción,” y momentáneamente cae detrás de la competencia por el reconocimiento por el poder. Uno puede ganar una batalla; solo el poder siempre gana la guerra. En el ámbito de las políticas, dos tendencias invariablemente emergen: ortodoxos y reformistas. A veces se les llaman conservadores y, aunque realmente no lo son, “liberales”. Las limitaciones de esa tipología son obvias: por ejemplo, los ortodoxos pueden propulsar un gran salto hacia adelante, en lugar de “conservar” el statu quo (por ejemplo, la “ofensiva revolucionaria” de 1968 en Cuba). Durante los años 1960, se dice que los “Guevaristas” eran liberales en la cultura pero dogmáticos en la política económica; los comunistas ortodoxos, al revés.

Subrayando la importancia de un péndulo en el proceso de formulación de políticas, alternativamente recompensando una u otra tendencia, podemos perder de vista el hecho de que este pluralismo vigilado representa una oportunidad para el poder.

¿Por qué es útil “jugar las llaves”, desde la perspectiva del poder?

En primer lugar, permite al poder autonomizarse de cualquier grupo en particular, y preservar su autoridad dominante. El sistema puede incluso rechazar ambas tendencias y así confirmar su meta-poder. Por lo tanto, Alfredo Guevara, examinando las tendencias del “dogmatismo y liberalismo”, desde su posición, dijo una vez que “ambos siempre han tenido la intención de hablar en nombre de la Revolución, introduciendo así sus opiniones antirrevolucionarias en un debate donde cada uno encuentra la justificación de su existencia en su opuesto.”2 Las señales de apertura y cierre se envían típicamente a la población de manera impredecible. Esto mantiene a todos adivinando lo que vendrá después.

En segundo lugar, la presencia de tendencias da al sistema la oportunidad de experimentar con alternativas políticas y narrativas. El “debate” entre economistas (muchos de ellos reformistas) ha sido útil en un país ensillado por un malestar económico congénito.

Tercero, el poder puede desempeñar el papel de su propia oposición, ya que siempre hay una tendencia a ser culpados y derrotados en su medio. En Cuba todo el mundo sabe que la línea correcta se encuentra en “Palabras a los intelectuales”. El único problema es que no existe tal línea en el famoso discurso de Fidel Castro: solo hay certidumbre sobre la autoridad que tiene el gobierno para dibujar la línea. “Hay algo que no creo que discuta nadie”, dijo, “y es el derecho del gobierno a ejercer esa función. Porque si impugnamos ese derecho entonces significaría que el gobierno no tiene derecho a revisar las películas que vayan a exhibirse ante el pueblo. Y creo que ese es un derecho que no se discute.” El fundamento de los Estados comunistas es el poder, no la ideología. La ideología oficial no es una guía confiable. La ideología es, de hecho, un recurso muy maleable. Dentro de lo permisible, todo es permisible; contra lo permisible, nada.

Después de décadas de oscilaciones bastante erráticas y parciales entre la apertura y el cierre en el campo cultural (y en el campo económico también), oscilaciones no solo entre épocas sino también horizontalmente, de un grupo al otro, individuos y grupos se vuelven reacios al riesgo. “Nunca se sabe hasta dónde se puede llegar”, dijo una vez Leonardo Padura. Agregó, “a veces parece como si los espacios se abren y luego cierran de nuevo”.3 El pluralismo vigilado también constituye un desafío por el poder, porque necesita alguna vitalidad en los campos intelectuales y culturales. Por su propio interés, debe saber cuándo permitir aperturas y deshielos.

De las facciones a la oposición legítima

En los últimos años, han surgido nuevos grupos disonantes en Cuba, principalmente en la red Internet (con servidores en el extranjero), lo que significa que en su mayor parte permanecen invisibles al público. Operan a mayor distancia de la línea oficial que los grupos semioficiales, como Temas, La Gaceta de Cuba o el blog de Silvio Rodríguez. Pero para seguir sus actividades en la isla, todavía necesitan divisar la línea que separa lo que apenas se tolera o no. Una buena parte del “debate” que involucra a estos grupos está ostensiblemente impulsado por el ansia de “salvar la revolución”, un medio más que un fin para el acceso a cualquier espacio público en Cuba. Grupos como Convivencia o Cuba Posible, por ejemplo, tratan de empujar gradualmente los límites de lo que se puede discutir en Cuba, empezando por temas sociales, educativos, y culturales. Ensanchan el vocabulario para la discusión, pero no son organizaciones disidentes y su estilo es estrictamente no confrontativo y académico.

La reciente ofensiva contra lo que se llama “centrismo” ha sido conducida por francotiradores ideológicos más que directamente por el gobierno y sus más oficiales portavoces e instituciones. ¿Es posible que esté tolerando un cierto pluralismo, fuera de los parámetros usuales, para evaluar mejor el pulso de la situación en el campo intelectual y cultural, a pocos meses de la nominación de un nuevo presidente? ¿Cuál es la estrategia del Partido Comunista en todo eso?

Todo esto nos debe recordar que si hay varios sistemas democráticos en el mundo, una prueba infalible para determinar si existe o no una verdadera libertad política, es decir, si no es simplemente tolerada como parte de la “Sinfonía del Emperador”, sino garantizada por la ley, es la legitimidad de la oposición pacífica al gobierno. En un país libre la gente discrepa y disiente, pero no son tratados ni calificados como disidentes. La mayor contribución de Inglaterra a la cultura democrática fue su concepto verdaderamente revolucionario de “oposición leal”. La oposición leal llega a ser representada en el Parlamento y puede pensarse como una alternativa legítima y viable al gobierno. Con el tiempo y la práctica, esta semilla fomenta una cultura política democrática, que descansa sobre la noción generalmente sostenida de que nadie tiene el monopolio de la verdad. Como lo dijo John Stuart Mill: “si toda la humanidad menos uno fuera de una opinión, y solo una persona fuera de la opinión contraria, la humanidad no estaría más justificada en silenciar a una persona, que él, si tuviera el poder, estaría justificado en silenciar a la humanidad”.

El fundamento intelectual y moral del concepto de oposición leal es el mismo que subyace en la búsqueda intelectual y la creatividad artística: el pensamiento crítico. La crítica disuelve los ídolos, renueva tradiciones, y desactiva el antojo por la Excomunión. Nunca se puede desplegar de una vez por todas, porque es una praxis. Sus enemigos son numerosos y tenaces, incluso en países democráticos. La crítica es un esfuerzo, un músculo, una disposición del alma que requiere un entrenamiento constante. El destino de Cuba en el siglo XXI girará en torno a una pregunta clave: si los cubanos pensaran o no el patriotismo y la oposición al gobierno como mutuamente compatibles. Las instituciones políticas pueden cambiar rápidamente; los cambios en la cultura política toman tiempo, pero son más significativos.


Referencias

1 Ryszard Kapuściński, The Emperor, Downfall of an Autocrat, trans. from the Polish by William R. Brand and Katarzyna Mroczkowska-Brand (New York: Vintage International, 1989), 29.

2 Alfredo Guevara, Tiempo de Fundación (Sevilla: Iberautor Promociones Culturales, 2003), 173.

3 Citado en Victoria Burnett, “Blurring Boundaries Between Art and Activism in Cuba,” The New York Times, January 23, 2015. http://www.nytimes.com/2015/01/24/arts/design/in-cuba-artistic-freedom-remains-an-open-question.html

 

 


Yvon Grenier.

Profesor del Departamento de Ciencias Políticas.

Facultad de Artes.

St. Francis Xavier University, Nova Scotia, Canadá.