Debate Público

Tres libros y una reflexión: Quedarse en Cuba

20 Abril, 2017

Por Yoandy Izquierdo Toledo

En la pasada edición 26 de la Feria del Libro en Pinar del Río adquirí tres ejemplares que no dejan de asombrarme. Quizá para muchos no sea nada nuevo ni despierte tal asombro. Y es que no se trata de nada extraordinario en sí mismo; pero las múltiples interpretaciones que se les puede dar a los volúmenes publicados y el alcance que pueden tener dado el diverso público lector, creo que sí es un gran acierto.

 

Por Yoandy Izquierdo Toledo

Fotomontaje de Yoandy Izquierdo Toledo.

Fotomontaje de Yoandy Izquierdo Toledo.

 

En la pasada edición 26 de la Feria del Libro en Pinar del Río adquirí tres ejemplares que no dejan de asombrarme. Quizá para muchos no sea nada nuevo ni despierte tal asombro. Y es que no se trata de nada extraordinario en sí mismo; pero las múltiples interpretaciones que se les puede dar a los volúmenes publicados y el alcance que pueden tener dado el diverso público lector, creo que sí es un gran acierto.

Se trata de los títulos: “El derrumbe del Socialismo en Europa” de José Luis Rodríguez García; “Los propietarios en Cuba 1958” de José Luis Jiménez; y “Ser cubano. Identidad, nacionalidad y cultura” de Louis A. Pérez, Jr.

El primero ofrece las diversas experiencias emanadas del derrumbe del bloque socialista y la URSS, fundamentalmente haciendo análisis de la política económica; estableciendo hilos de continuidad con el socialismo del siglo XXI. El libro persigue resaltar la importancia del tema dado el proceso de “actualización del modelo económico socialista” en que está enfrascada Cuba en la actualidad. Cada lector, una vez adentrado en el tema, podrá sacar sus propias conclusiones y establecer un juicio que le permita discernir entre el fracaso o el éxito y encontrar o no experiencias transicionales para los países que aún quedan representando el modelo del socialismo en el mundo.

El segundo, devenido diccionario de consulta publicado por primera vez en 2006, muestra una compilación de más de 500 figuras de la historia republicana cubana. Se refiere a los propietarios de las empresas de Cuba, responsables del desarrollo económico y social de la época. Igualmente tocará hacer un discernimiento entre estos personajes denominados como “oligarquía económica” y considerados por otros muchos, los verdaderos artífices de una época dorada para la Isla. En sus páginas muchos encontraremos apellidos de renombre, algún que otro lejano familiar y conocidísimos negocios y dueños que quedaron para la historia, incluso la de los más jóvenes.

El tercero, también publicado ya hace un decenio por la Editorial Ciencias Sociales, aborda conceptos esenciales a la hora de definir al cubano, y analiza los procesos formativos de la nacionalidad y nación cubanas, los rasgos identitarios y la cultura que lo caracterizan. Siempre haciendo un énfasis notable en las relaciones culturales entre Cuba y Estados Unidos. No solo se presentan estas interrelaciones entre los dos pueblos y las dos culturas, sino que se analiza la evolución y continuidad de esas huellas innegables para la historia.

Quisiera centrar la atención en este último volumen, ya que toca un tema medular para la historia de Cuba y, sobre todo, para estos tiempos que vivimos.

Confieso que aún no he recorrido todas sus páginas, pero ya me ha llamado la atención su introducción y el primer capítulo referente a los “Vínculos familiares”. En él se abordan, como especie de análisis desde la raíz, los puntos afines que unen a los dos pueblos y se comienza a hablar del proceso fundacional de la nacionalidad cubana influenciada por el estilo de vida norteamericano. Exactamente en un acápite llamado “Hacia una definición” se expresa: “La experiencia de Norte influyó decisivamente en cómo los cubanos contemplaban su propia nación. Gran parte de este encuentro se incorporó a la descripción de nacionalidad y moldeó la forma del discurso acerca de la nación. Al final, esta experiencia afectó la construcción de la nación y el carácter de la identidad, y prácticamente integró elementos de la jerarquía moral norteamericana en la formulación de la nacionalidad cubana”.

Este tema hoy día se torna demasiado polémico, habida cuenta de las múltiples aristas por donde se mire y de los disimiles estados de opinión, matices y colores políticos de quien lo analice. El libro en cuestión (“Ser cubano…”), repito, me ha motivado a escribir unas líneas sobre qué significa para un joven establecer un proyecto de vida, consecuente con los tiempos que vivimos, en la mayor de las Antillas.

El capítulo 1, antes mencionado (“Vínculos familiares”), comienza con la siguiente frase de Samuel Hazard, tomada de “Cuba a pluma y lápiz”, 1871: “Irse al Norte parece ser la ambición de todo hombre joven”. Si no acotamos la fecha en que fue escrita esta sentencia, ¿quién duda que podríamos fecharla con 2017? Este es el sentir de muchos “hombre jóvenes” y no tan jóvenes, que ven sus esperanzas y proyectos de realización personal y social en el exterior, especialmente en el considerado por mucho tiempo “el enemigo de Norte”. Suele suceder frecuentemente con las cosas prohibidas: a veces resultan las más atractivas.

Pero esa frase me ha motivado a discrepar. A pesar de que puede considerarse en sí misma atemporal, por su vigencia en estos días, como toda generalización excluye a quienes, libérrimamente, hemos decidido afianzar nuestro proyecto de vida aquí, en Cuba, en medio de las muchas vicisitudes y pruebas del camino.

El “proyecto de vida” se refiere a la globalidad de nuestra vida y no a un proyecto concreto o puntual de ella. Está basado en la opción fundamental, que es aquella elección o rumbo general de nuestra vida que irradia en todas las actitudes del comportamiento en los diversos sectores de la cotidianidad. Es un proyecto grande y general que también regirá y dará sentido moral a nuestro paso por este mundo.

El punto está en que este denominado “proyecto de vida” debe ser bien claro en cuanto a nuestras decisiones y opciones específicas. Y es ahí donde entra la disyuntiva entre afianzarse en el presente o pensar en el futuro. Cada opción específica deberá establecerse en torno a un problema ante el cual se presenten varias alternativas. Pareciera tornarse este como el principal cuello de botella: tomar “la decisión”.

Refiriéndonos nuevamente a la enjundiosa frase, lejos de establecerla como una verdad absoluta, única e irrevocable, podríamos también centrarnos en el análisis de las verdaderas causas del problema y en sus posibles vías de solución. Fortalecer el criterio propio y la coherencia entre la opción fundamental y el proyecto de vida que cada uno ha escogido libre y conscientemente, como parte de su discernimiento personal, es fundamental para encontrarle sentido a nuestros actos.

Hoy día, donde ha estado tan de moda solucionar la mayoría de los problemas (económicos, políticos, sociales en general) con la simple huida al exterior ya sea el Norte o el Sur; sería más importante y necesaria una reformulación del proyecto de vida de cada uno de los cubanos, especialmente de los jóvenes. Muchos, aun habiendo concluido sus estudios universitarios no son capaces de encontrar una fuerza principal que les haga permanecer en Cuba y atraídos por otros móviles foráneos se dispersan por el mundo, a una velocidad superior a la que nos ha tenido acostumbrado el ritmo de vida anterior. Los éxitos o los fracasos son relativos, y a veces el Norte de las maravillas se torna difícil, pero cada quien que ha tomado la decisión siente que, al menos una vez en la vida, se ha respetado su libertad. Olvida la mayoría del tramo del camino recorrido, y por qué no decirlo, dado el espíritu incansable de los cubanos, se triunfa a pequeña y gran escala.

Hay otros jóvenes que apuestan a la Isla, confían en que “habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que traiga libertad”. No se llama resignación, falta de perspectiva, mala suerte o ausencia de posibilidades de escape, como algunos piensan. Se llama, y quiero repetirlo y resaltarlo: PROYECTO DE VIDA Y OPCIÓN FUNDAMENTAL.

Sería bueno entonces que cuando un cubano se tope con otro cubano que sale al Norte o al Sur, a la América o a la vieja Europa, y decide regresar a su tierra, no pensemos en que ha desaprovechado una oportunidad para emigrar. Pensemos ahora que está siendo consecuente con sus decisiones principales; que ha establecido una jerarquía de prioridades en su vida; que está siendo coherente con su conciencia.

Puede que muchos no tengamos cubiertas las principales necesidades básicas que permitan una vida digna; puede que las miserias materiales y humanas vayan in crescendo; respetemos a quienes, a pesar de ello, por elección personal, deciden apostar por un futuro en Cuba y trabajar desde dentro en la búsqueda de un nuevo amanecer para todos.

Respetemos también el derecho a una vida digna, que está en correspondencia con la libertad de poder diseñarla independientemente del Estado o de una ideología imperante. Tenemos la responsabilidad de reflexionar, discernir y ser consecuentes con nuestras decisiones. Debemos respetarlas todas, incluso aquellas con las que no nos identifiquemos.

No pensé que adquirir estos tres libros me pondrían a reflexionar sobre un tema tan medular como “mi diseño de porvenir”. Pero, atando cabos y grosso modo, conocer cómo era la Cuba de 1958, a través de sus propietarios, consultar la experiencia del derrumbe del bloque soviético, y hacer un análisis de los procesos fundacionales de nuestra identidad y la influencia extranjera, son tareas que nos pueden llevar a fortalecer el deseo de permanecer en Cuba, con la convicción de que la meta, incluso para los más jóvenes, no siempre tiene que ser el tan mencionado país del Norte.

Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).

Licenciado en Microbiología.

Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.

Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.

Responsable de Ediciones Convivencia.

Reside en Pinar del Río.