Cultura

ARTE Y ESTADO EN CUBA: DE LA SUBVENCIÓN DOMESTICADORA, AL RIESGO DE SER LIBRE

Henry Constantín Ferreiro | 16 Febrero, 2018

Foto de Yoandy Izquierdo Toledo.

Juan Carlos Cremata, célebre director de cine y teatro, vio cómo el Estado cerraba su grupo de teatro después de que él intentara reafirmar su absoluta independencia artística. Eduardo del Llano paga con exclusión de los medios de prensa oficiales –prácticamente los únicos masivos en el país- el hecho de tener un blog donde habitualmente vierte ideas propias y un historial fílmico como creador irreverente con el gobierno. Tania Bruguera no pisa tierra cubana sin tener desplegado a su alrededor un molesto operativo de la Seguridad del Estado. Pero esos son los casos positivos. 

Porque hay ejemplos más tristes, extremos, como el del cantante Arnaldo –de Arnaldo y su Talismán- “amenizando” con su música un acto de repudio a disidentes en La Habana; o el de muchos jóvenes escritores o músicos, que critican en privado la realidad del país al mismo tiempo que participan en actos políticos de promoción gubernamental, para evitar perder el reducido abanico de oportunidades de vida que les brinda el aparato cultural estatal. 

Todos, los artistas que levantan la voz y los que guardan silencio, los que hacen su obra o su conducta tan vibrantes como si fueran libres, y los que adaptan ambas para no perder más libertad, han sido de una forma u otra víctimas del control del Estado sobre el arte en Cuba. Un control más discreto y tolerante que hace cuarenta años, pero al fin y al cabo, control. 

Y la mejor manera de zafarse de un control, cualquiera que sea, es no depender materialmente de él. Es lo que hacen los hijos con respecto a los padres cuando de verdad quieren independencia, o unos países con respecto a otros cuando su gente desea practicar políticas propias. 

Pero gran parte de los creadores cubanos han desarrollado su obra en la precaria y condicionada, pero segura, dependencia económica del Estado cubano, que además monopoliza los medios de difusión, la organización de festivales y conferencias, los centros docentes y los premios locales y nacionales. O sea, lo otro más valioso para un creador cultural además del salario o la ganancia -el reconocimiento de sus contemporáneos y la divulgación de su obra- está en las manos y el humor de quienes dirigen el Estado. 

Especialmente complicado es el caso de los escritores, músicos y cineastas, cuyas obras requieren de recursos técnicos costosos y de locales especiales para su divulgación y comercialización -imprentas, librerías, estudios de filmación, empresas discográficas, cines, o grandes espacios abiertos, según el caso- que hoy son absolutamente controlados por entidades estatales. O sea, por el gobierno. 

¿Y qué hace falta? 

Esta vida de rehenes solo se elimina autorizando la propiedad y empresa privadas en todos los campos de la cultura. En todos. Y por supuesto, sin exclusiones proteccionistas que terminen impidiendo la implantación en Cuba de las mejores editoriales –vengan de donde vengan-, las más dinámicas compañías de cine, los más hábiles corredores de arte o las disqueras más internacionales. 

Pero el proteccionismo es pernicioso no solo cuando nos dificulta acceder a lo de más allá del mar, encareciéndonos con impuestos a la importación un disco original de Alejandro Sanz o una caja de libros de Tusquets, o poniéndole un camino lleno de requisitos para establecerse a un estudio de cine norteamericano. El proteccionismo contraproducente en arte también existe cuando se financia con recursos públicos el arte local mal hecho –sí, porque hay muchísimo arte malo- solo porque es local. 

Porque cuando hay una puesta de teatro repetidamente frente a una sala semivacía, un libro de poesía o de ensayos históricos que lleva veinte años empolvándose en el estante de una librería, o un cantante a cuyos conciertos solo asisten una veintena de fans por provincia, mucho está fallando en la producción cultural. Cuando eso ocurre, quiere decir que mucho recurso público –que siempre es recurso de todos, no del gobierno aunque sea él quien lo distribuye- fue desperdiciado. Por eso, la producción artística cubana debe ser librada del adormecedor confort que da tener unos fondos pequeños pero seguros al alcance de la mano. 

Para muchos trabajadores de la cultura puede ser una idea aterradora, es cierto. Prácticamente todos los grupos de teatro y las compañías de danza y ballet en Cuba, por citar los casos más visibles, y especialmente fuera de La Habana, están obligados a depender de asignaciones presupuestarias estatales que les garantizan los salarios y otras prestaciones. Para garantizar que “quien paga manda”, los precios de venta de casi todos los productos culturales –libros, entradas a espectáculos- en el territorio nacional son decididos por funcionarios extra artísticos, cobrados por el Estado, y en todos los casos son notablemente bajos, lo cual disminuye el interés de muchos artistas y creadores en llegar al público, y fortalece la dependencia de ellos con el Estado. 

Por eso, se deben eliminar todos los modos de dependencia financiera del Estado, y reconocerles instantáneamente a los artistas -como a cualquier ciudadano- la mayor libertad económica, para que puedan hacer su trabajo y, como los demás ciudadanos, vivir de él. 

Probablemente para muchos trabajadores de la cultura sea muy difícil el cambio de un ambiente en que el salario mensual, el presupuesto para la obra, la publicación o la exhibición, estaban asegurados eternamente, no importa cuán vacía estuviera la sala de exhibición, o las capas de polvo que acumulara el libro en el estante de venta. Pero es imprescindible, y quienes logren adaptarse a las condiciones naturales del mundo -de las que tanto tiempo nos han apartado- encontrarán oportunidades que nunca antes imaginaron para crear y divulgar sus obras, y sobre todo, para ser verdaderamente libres.  

El síndrome de Estocolmo en que vive la cultura de este país no es más que una pesadilla, de la que solo se percibirá el daño que ha hecho, cuando se salga de ella.

 


Henry Constantín Ferreiro (Camagüey, 1984).
Coordinador del proyecto de medios de comunicación La Hora de Cuba. Expulsado por problemas políticos de los estudios universitarios en Cuba en tres ocasiones. Graduado del Curso de Técnicas Narrativas del Centro Onelio, participante en el concurso Hispanoamericano de Ortografía Bogotá 2001, ganador del concurso en Twitter “Expresarte”, del premio Convivencia al Mejor Guion Audiovisual y de la beca “Somos un solo pueblo”, en el Miami Dade College. Textos suyos han sido publicados en medios de prensa cubanos y extranjeros.