Cultura

Pedro Luis Ferrer, canas contra el viento

Lissy Sarraff Mirabal y Eladio Guillermo Hernández Rivera | 20 Diciembre, 2017

Pedro Luis Ferrer.
Foto tomada de Internet.

“…Una gran prueba de talento es saber escapar de la influencia de los grandes talentos…”1

José Martí

Los Beatles, los Jackson… aún colorean denodadas cabelleras con la veneración de su legado desencadenador, motor de impresionantes movimientos artístico-sociales, reto a antaños convencionalismos.

Precisamente de sus contradicciones a los imaginarios con que tratamos de acompañarles han quedado persistentes significados para generaciones de cubanos. Valores universales de respeto, paz y amor en las relaciones entre individuos, géneros, grupos, naciones y culturas. De todos hacia lo natural.

Su influencia se nos escurrió directa e indirectamente y aún nos conforma en el arte y en la vida. Primeros amigos, amores e historias, se animaron con ella. También sacudidas a desconsideradas visuales criollas sobre lo extranjerizante, diversionismo ideológico y hasta propaganda enemiga.

En las noches de sábado planificando encuentros, buscábamos compartir en casa o en barrios cercanos, algo afín con aquellos paradigmas. Muchas veces a media luz o completamente a oscuras, instintiva o conspirativamente, en disonancia con nuestros años o en sinfonía con el carisma de los más íntimos desde la lengua: Feliciano, Santana, Roberto Carlos… recibíamos toda esa corriente como algo salido de un mismo Mundo, otro, proscrito.

Las cuadras portaladas del Cerro, con sus persistentes familiaridades y lamentos constructivos aún recuerdan, seguramente cual mudos testigos, esa noche de acompañar una carrera de adolescentes, más de prisa que nunca antes, ni después. Nadie supo quién encendió una luz repentina que puso de frente entre sí a varios compañeros de beca como fantasmas aparecidos desde la sombra de un Julio Iglesias recién crucificado, tras el famoso concierto en el Chile de Pinochet.

La vida sigue igual, de a poco pone las cosas en su lugar, hasta calvicies y canas. Días, meses van matizando con el tinte y el capricho años, memorias y significados, al peso debido cada recuerdo. Difícilmente se esquive aquel primero marcado por los raros sentimientos que generan el encierro, la huida y el escape a la matrix – telaraña intangible- que se adhiere, sin hallarse a ciencia cierta su asidero.

A sus desdibujados hilos, no acuden argumentos racionales o cuestionamientos lógicos: ¿qué es?, ¿de dónde y cuándo surgió?, si también lo heredamos de nuestros padres, de su educación, de la escuela o de los medios y, sobre todo, si su acoso terminará en algún momento.

Puede llegar a parecernos natural, contagiosa, atemporal, como ante el susurro de aquella voz: ¡Nunca le había podido ver! Otro joven inmerso en sus redes, decía entre el tropel que, saciadas las palmas, días atrás agolpaba la salida del Teatro Mella, cargado con las esperanzas del coro de remate otra, otra, otra… reclamando el cantar y decir de Pedro Luis Ferrer y su devenida cooperativa familiar.

Entre canciones no pudo adivinar tanto jolgorio y añoranza por el gran Álvarez Guedes; ni sus bálsamos para magulladuras, que muchos solo pudimos acceder a través de las vocecillas de las mini caseteras de pianito burlando un exilio, que el cantautor compartió a domicilio.

La noche se puso triste entre esos lapsos de nuestro Universo donde, ni en el recuerdo, se permiten dos seres absolutamente iguales. ¿Por qué la mera exposición de otros valores sigue pareciendo odio u oposición? Como si se aspirara a imponer, o a entrar en las enredaderas de ciertas mieles. O como si por amar unas cosas nos convirtiéramos automáticamente en enemigo de otras. Lógicas letales a la unidad que dejamos al margen en los últimos decenios, entre ansias de supervivencia cotidianas o de pueblo, se mezclan inevitablemente en todas las almas.

La búsqueda de origen a ciertos accidentes puede ser algo complejo y con frecuencia lacerante. Mirarse por dentro puede calarnos hasta los primeros recuerdos.

Tal vez fue aquella niña “mala” que nunca usó la pañoleta de pionero. Su padre, preso, injustamente acusado y luego detenido varias veces en su presencia. Parientes para dar la espalda, algunos incluso, usurpando derechos, fabricando oportunidades, plagando a su familia de sufrimiento, entre limitaciones civiles y marginación. Turbulencias de un tiempo de cambio de paradigmas, propietarios, denominaciones, historias y roles sociales -Un nuevo Descubrimiento- dirían nuestros aborígenes, ante tanta coincidencia: enjuiciamiento a las culturas que se interpretan resistentes, intento de quebrar seres humanos que se califican de salvajes, ateos o gusanos.

Tal vez fue su amiguito, el que, cohibido del resto, se le acercaba, porque tampoco usaba la pañoleta ni saludaba la bandera por sus creencias religiosas, tan Testigo de Jehová como del infortunio que se le vino encima hasta que se pudo “ir”. O el vecino que después se le acercó y al que expulsaron de la Universidad de La Habana por su inclinación sexual…

La memoria termina desnudando una sociología artificial en que creció, no solo aquella niña. Sus historias perdidas se confunden con otras de mayores, ensalzadas, de peligros y amenazas aún en potencia seguramente, que no mitigan las inocentes desgracias solo accesibles desde un pasado, ahora constituido irónicamente, del mismo inmaterial.

Algo de todo ello anima a acompañar a Pedro Luis Ferrer en una enajenante rumor-esfera entre meteorológica y heredera: anda por Regla, por provincia Habana, por el Sauce…, maniaca de indicios y partes, como en época de ciclón; que solo a veces logra hacerse justicia conformando parte de su encanto.

Así más o menos comienza una especie de cacería hasta que algún que otro concierto de tantos intocados durante décadas, logra revivir nuevas miradas a los excesos de confianza en un porvenir de equilibrio, crecimiento, paz y armonía, en el mismo País multicolor al que este cantautor, como tantos jóvenes de su generación, se entregara, a pesar de todo, desde sus primeros acordes por los llamados años prodigiosos para la música.

Sus creaciones, todavía no recuerdos, laten entre la vida y el arte, como bucles en el tiempo. Nos rehacen, al menos por unas horas, ante la paciencia de ciertos resabios. Su maestría en resaltar contrastes, logra restablecer la familiaridad del cubano que reunía a todos los parientes en torno a una sola mesa por fines de año, algo que también distingue.

Hacer la novedad o la diferencia en lo cotidiano es campo del arte, tanto más si se trata de visualizar los anacronismos de la Posmodernidad, sus agotados paradigmas ideológicos, competencia e individualismo, híper estetización industrial, con su brillantez plástica y engañoso pulimento artificial. Apenas admirable en la perenne premura de lo desechable, la saturación de mediaciones y tecnologías para engullir; más que alimentar, el desarrollo humano.

Ferrer tiene ese otro imán, el de no extrañar invitaciones, a esos u otros mercados, a veces no tan delicados en la tele como aquel Hasta el último aliento. Escuchamos su Santiago, cuna y pan, atrás, días atrás, de fondo, en una Mesa Redonda como un antojo de la ironía, descontando los fragmentos de su obra que se emplean para matizar algunos cortos comerciales de la radio.

La proscripción solo hace más llamativo a Pedro Luis, de por sí prominente en su fragua, también habitada temporalmente por todos aquellos magníficos trovadores de los albores de su generación, bajo un puente, en el portal de un amigo, en un rincón del barrio, en una esquina de la playa, o en la UMAP, antes que en los grandes medios, escenarios y disqueras personales.

La industria cultural, que parece querer relegarle al folklorismo, pierde noción elemental de las raíces que lo conectan con la más amplia y representativa sensibilidad de nuestra cultura popular, sus desemejanzas más realistas, reacias al disciplinamiento de una vanguardia que no sustenta cierta integridad.

Así impresiona más su cantar a los nuevos contextos con significados renovados entre los colores y matices que añaden el tiempo y el espacio, la memoria y la esperanza, la transparencia o el disfraz, la consistencia o la levedad, como aspectos que enrarecen en el Mundo de apariencias y olvidos que puede o no alimentar, la cultura de masas.

A Pedro Luis, no por bendición o macabro accidente, le ha tocado gravitar en el punto inicial y cada vez más vulnerable. Ha elegido permanecer donde acuden historias periféricas, extremos que supuestamente no deben re-escalar la norma y que, sin embargo, son los que finalmente han conformado una rara era abandonada, que prometía parir un corazón.

Sus canciones cada vez más testigo de la metamorfosis que nos puede hacer habitar cierta noción del éxito. El hedonismo del parnaso de las élites, aún rebautizadas, doquier de a poco siempre desvanece, al no poder conformar ni unir, elevar a la cima el debate, superar retos, crear conciencia sobre cada presente porque, el Universo no es la incondicionalidad del agradecimiento que sacrifica la búsqueda sin compromisos ajenos a la verdad, con todas sus contradicciones; ni es la inercia de la imagen del pasado.

A veces la marginalidad resulta virtud alternativa. Si el ciudadano que la sociedad casi aniquila al violar sus antecedentes experienciales, inter-generacionales, tal vez epigenéticos, debe evitar los efectos del poder de los medios y de los medios del poder, que no siempre dan espacio al que los refrenda y alimenta.

Los valores de Pedro Luis, acaso de los que no caben en un grano de maíz, sino en la sabiduría de una flor silvestre, amparan esos niveles de lectura y simbolismo que nos hacen a todos capaces de arrastrar al plano consciente antaños fantasmas junto a los posmodernos.

A las lógicas incardinadoras de su contexto, aún en sus nuevas apariencias, sigue regalando su contraste, el sempiterno necesario beneficio de la duda, altruismo, sacrificio y toda su profundidad ante la seducción del metal, la moda o los discursos.

Regala a oídos tiernos una experiencia generacional, su camino, entre exiguas señales de violación de aquellos mismos principios de humanidad más amplia. De sus partituras se siguen expandiendo sin pliegos ni pauta a la inopia, el silencio, el interés o la indiferencia. Así lo hizo aún cuando un mínimo cambio, siquiera en el sentir, suponía colisionar e insistir, algo imposible, cuestionar o estar disponible a la hora del clásico rollo… ¡ni hablar!

Entre corolarios, alegra verle rodeado de jóvenes, retoños florecientes y prometedores, apuntando directo al zenit de nuestra diversidad. Encarnando la defensa del patrimonio más caro de un pueblo orgulloso de su ajiaco, acaso por desaparecer entre esas caras que se fabrican o desmantelan por los medios.

Algunas canciones requieren la escolta de ligeros sorbos de ron-merillo. Parece esperar compañía en el escenario o tomar aliento en nuestras noches. Al alba habrá de expandirse su cubanía, declarada sin exageraciones, ni desequilibrios, que nos mira con la inocencia y la naturalidad de la brisa fresca de nuestros campos, con sus gentes y doquier con sus problemas y valores para darles solución, cuando cesen esas corrientes cosmopolitas que nos dejan, la mayor de las veces, de aspirantes.

Siempre el mismo, Pedro Luis responde, mueve, piensa y hace pensar, sin cambiar una letra, en rescate a la heredad de nuestros abuelos y padres, aunque seamos un tanto no como ellos.

Como un Zamacois de la brisa, con maestría y fe invariable, contra todos esos vientos brega aún entre canas por un País libre de neurosis ya casi inhabitable, trata de enmendar lo echado a perder desde el respeto a todas nuestras memorias y esperanzas, con paradigmas de autenticidad e inteligencia natural, sin un ápice de violencia, ni de disfraz.

Como antaño es el hechizo de lo que no podemos reconocer entre telarañas: el falso ciudadano, el que se hace el que trabaja. Quienes debemos pagar, elegir, informar, administrar, gobernar, proteger, o crear; porque todos tenemos, no un papel, sino un qué jugar.

También tenemos por qué estar agradecidos, Maestro, una vez más, por dotes tales. Vocalista, compositor, instrumentista entero. Tanto o más cubano persistente y puro. Pensador. Por cada espacio de verdad y esperanza. Arte, de todos incluyente, sin cupo en listas, salvo aquellas, más universales. Sin historias hechas, sino de páginas vivas. Pícaras sonrisas compartidas entre hijos y padres, tarareadas al son de la Pijirigua, resonarán siempre más alto en los corazones que en la TV, la radio, o la cocina.

¡Bravo!

Referencia

1José Martí, Ediciones Críticas, tomo 7, página 415. “Uno de los más grandes pintores modernos. La carrera y las obras del español Eduardo Zamacois” [Traducción].

 


Eladio Guillermo Hernández Rivera (La Habana, 1963).
Ingeniero aerofoto geodesta, graduado en Novosibirsk, antigua URSS.
Ha trabajado en el Contingente “Blas Roca Calderío”, en los Órganos de la Administración del Poder Popular en Ciudad de La Habana, Artemisa y Mayabeque y en la empresa GEOCUBA.
Actualmente se dedica a la investigación y al trabajo por cuenta propia.
Participó en el evento del Centro de Estudios Martianos en La Habana bajo el tema “Martí y la Espiritualidad” del año 2008 y en abril del año 2016, y ese mismo tema en el Museo Fragua Martiana, bajo el tema: “Martí y el Mundo Árabe”.

Lissy Sarraff Mirabal (La Habana, 1962).
Ms. C. Universidad de las Artes, ISA.
Licenciada en Educación Artística, especialidad Artes Plásticas.
Artista Independiente e investigadora etnocultural.