Lunes de Dagoberto

LA SEMANA SANTA EN CUBA

Dagoberto Valdés Hernández | 26 Marzo, 2018

Lunes de Dagoberto

La secular tradición de celebrar la Semana Santa en Cuba viene de los días de la colonización y la evangelización española de nuestra región. La religión católica penetró todos los ámbitos de la vida y no solo existen los malos ejemplos y las historias negras como la de Hatuey que más que rechazar el Cielo de Dios rechazó la terrible colonización de la espada. Están también las historia del Misionero de Macaca en la hoy diócesis de Bayamo-Manzanillo que catequizaba con el Ave María por toda la región y las Fiestas de los Cabildos esclavos que salían el 6 de enero, Día de Reyes, para expresar libremente sus culturas. La “Cruz de la Parra”, se conserva y venera todavía hoy como el signo cinco veces centenario de la llegada del mensaje de Jesucristo, muerto y resucitado, como ha sido la historia del pueblo cubano. Al mestizaje se unió el sincretismo pero la Semana Santa con sus “Guanos Benditos” del Domingo de Ramos, su Santo Entierro del Viernes Santo y su Sábado de Gloria con campanas al vuelo, entraron a formar parte de nuestra naciente cultura criolla.

Las costumbres, nuestros pueblos, calles y ciudades llevan nombres cristianos. Los fundadores de nuestra nacionalidad y de la República invocaron el nombre de Dios en la Constitución y pidieron al Papa que declarara oficialmente a María, la madre de Jesús, como Patrona de la República de Cuba bajo el paradigmático nombre de “Virgen de la Caridad”. Los siglos y las sucesivas generaciones se ocuparon de asentar estos cimientos y construir sobre ellos el edificio de la Nación.

Llegó 1959 y un repentino giro hacia el marxismo-leninismo entronizó el extraño ateísmo de Estado con el pretendido intento de borrar para siempre un “reflejo fantástico de la realidad” que era como el materialismo oficial calificaba a la religión. Se persiguió la tenencia de la fe, la práctica religiosa y toda manifestación pública de la fe. Se discriminó, se encarceló, se segregó de la sociedad a todo aquel que profesaba públicamente una religión, sea cual fuere. Recuerdo de adolescente, cuando era acólito en la Catedral de Pinar del Río, que un oficial aseguraba al Párroco, el Padre Cayetano Martínez, señalando a las canas de la exigua grey perseverante: “¡Cuando todas esas cabezas blancas mueran su religión habrá desaparecido para siempre!”

Como adolescente aquella sentencia me impactó definitivamente. Mi Iglesia desaparecería y mi cabeza aún no exhibía aquellas venerables y martiriales canas. De ellas había recibido la fe. No puedo explicarme con razonamientos humanos por qué continué allí, por qué crecí y maduré siendo uno de los jóvenes animadores de los primeros Encuentros Diocesanos de Jóvenes Católicos a partir de 1975 bajo el lema: “Cristo nos hace felices” y a pesar de todo reunimos un centenar de muchachos en aquel memorable primer encuentro en la misma Catedral. Las cabezas que yo miraba desde el altar no eran blancas y cantábamos: “En medio de la prueba, la Iglesia sigue caminando… y nadie la detiene en su caminar”.

Pasaron los años y llegó 1986, año en que con motivo del ENEC: Encuentro Nacional Eclesial Cubano, primer congreso de la Iglesia en Cuba, fui elegido para pronunciar las palabras de homenaje al Padre Félix Varela ante su cenotafio en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, en lo que fue el primer acto público de nuestra Iglesia en Cuba. Miré por encima de las cabezas y allí estaban algunas de las que más canas conservaban y otras muchas que eran nuevas.

Llegó el mes de enero de 1998 y arribó a Cuba el primer Papa que nos visitara, San Juan Pablo II, con motivo de su viaje se volvió a declarar feriado el día de Navidad y allí en la Plaza Cívica José Martí de La Habana durante la celebración de la Misa el 25 de enero de 1998, el Santo Padre me entregaba junto con otros 19 laicos cubanos una Sagrada Biblia bendecida por él representado a los miles de laicos perseverantes a lo largo de los oscuros años de persecución religiosa. Al girarme y mirar la inmensa multitud que asistía fervorosa y alegre a la Eucaristía, volvió a mi mente aquella sentencia de muerte frente a las pocas cabezas canosas de mi Catedral. La marea humana que rezaba, cantaba y daba vítores a Cristo y a Cuba, era la señal luminosa de una Iglesia viva y vivificadora.

He querido, al comenzar esta Semana Santa de 2018, compartir este testimonio de lo que he visto y oído. Medio siglo después de aquella sombría experiencia en la que mis oídos de adolescente cristiano escucharon aquella sentencia de muerte lenta para la Iglesia al contemplar el resto fiel y canoso que quedaba en aquella mañana después de Misa en la Catedral, participo de una nueva Semana Mayor en la que celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo y puedo identificar, en las entrañas siempre emocionantes de la liturgia católica, que esa conmemoración no es solo el recuerdo de hechos históricos, sino el signo sagrado y redentor de la misma Pasión, Muerte y Resurrección del pueblo cubano a lo largo de estos 60 años que he vivido en medio de la prueba.

Desde hace muchos años Dios me ha revelado la respuesta a aquellas preguntas de por qué me quedé en Cuba, por qué perseveré en mi compromiso cristiano, por qué me ha regalado poder sufrir y ofrecer mi insignificante sacrificio testimonial, siendo yo quien soy y pudiendo proclamar que todo lo poco que soy y que he hecho ha sido por fe y para gloria de Dios vivo:

La respuesta es corta y clara: Dios lo ha hecho en mí. Como dice el Salmo de Pascua: “Este es el Día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Es el Señor quien lo ha hecho. Ha sido un milagro patente”.

Este es nuestro Pregón Pascual, el mismo que hace dos mil años proclamaron los primeros discípulos de Cristo: Cristo ha resucitado y resucita en su pueblo todos los días.

Cuba ha vivido y vive su pasión y su cruz pero estamos seguros que vive y vivirá como Nación su resurrección en libertad, justicia, paz y amor.

Eso celebramos y rogamos en esta Semana Santa de 2018.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

 


Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
Ingeniero agrónomo. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017.
Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
Reside en Pinar del Río.

 

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