Jueves de Yoandy

La ideología marxista como referente para los regímenes totalitarios

Yoandy Izquierdo Toledo | 24 Enero, 2019
Hablar de ideología en el siglo XXI resulta apasionante dada la evolución que ha habido del tema, desde los clásicos hasta nuestros días. En todos los casos, no centrarse en la primacía de la persona humana puede ser el error que conlleve a los fracasos vividos y otros que vendrán en el futuro. La concepción marxista de la ideología, que coloca al hombre primero como un ser biológico material, y luego con alma y conciencia, que se derivan de su naturaleza, presenta un marcado carácter reduccionista. Interpretar la conciencia y el lenguaje del hombre como frutos del ser biológico que es, reduce a una sola dimensión la esencia misma de la persona. Para Marx, el desarrollo de las fuerzas productivas provoca cambios en las relaciones de producción, lo que condiciona directamente a la ideología dominante.

La ideología puede ser entendida como un conjunto de verdades teóricas, llevadas a la práctica con carácter universal y que se transmiten a través de un pequeño grupo de “elegidos”. En este sentido, en el propio Manifiesto del Partido Comunista, hablando de esa universalidad nos dicen que “En lugar del antiguo aislamiento y la amargura de las regiones y naciones, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones” (Marx y Engels, 1848). Esa interdependencia no debe ser entendida como camisa de fuerza o imposición de “una” ideología. Cuando la ideología se convierte en dogma total y excluyente se recae en totalitarismos de todo tipo y se incurre en otra arista que es la exclusión de toda idea diferente, no necesariamente tiene que ser contraria.

La repercusión de esa arista dogmática de la ideología es mejor vista en los regímenes totalitarios donde es usada como un instrumento de control de toda la sociedad. “Las ideas dominantes en cualquier época no han sido nunca más que las ideas de la clase dominante” (Marx y Engels, 1848), tal es así que atreverse a expresar una idea diferente puede ser el origen de intensos conflictos, o es interpretado como que no es una concepción propia, sino de un enemigo externo que la ideología exclusivista se construye para justificar que no todos son sus seguidores.

El caso cubano es un referente latinoamericano donde calaron hondo las ideas de Marx, aunque también desde muy temprano en el período de “Revolución” quedó demostrado el fracaso de la filosofía marxista en la concepción del hombre nuevo. El poder político concentrado en una sola persona, enarbolando al comunismo como fase superior del socialismo, única verdad oficial monopolizadora de toda actividad social, intentó mostrar al mundo el único camino de salvación para la humanidad, al más clásico estilo populista, devenido en dictadura con el decursar de los años. Las consecuencias son de gran magnitud porque el dogma no solo es en la política, sino que controla la legitimidad de todas las actividades, y decide cuáles de ellas pueden ser aprobadas y cuáles censuradas. El control de la economía, la educación, el libre pensamiento, la creación artística, enquista a la sociedad y conduce a una crisis que afecta a la propia existencia humana; es decir, desde los valores hasta las actitudes que de ellos se derivan.

Es así que se describen, como consecuencia de las ideologías dogmáticas, sociedades en las que:

  • Existe ausencia de modelos caracterizados por la autoridad moral, lo que incrementa la inseguridad y la incertidumbre hacia lo moralmente positivo y negativo.
  • Surge un nuevo modelo del saber y de las relaciones de poder, bajo el dominio de la información y los cambios en el desarrollo científico-técnico, lo que exige más capacidad de decisión y discernimiento de prioridades; y un elevado nivel de coherencia entre juicios y acciones, que se dificulta al no corresponderse las ideas propias con la que; supuestamente, son las de la “masa”
  •  Aumentan las dificultades socioeconómicas para la realización de expectativas personales y profesionales por las nuevas generaciones, lo que dificulta la elaboración de proyectos individuales y de un sentido de la vida en correspondencia con los resortes morales.

El aporte de algunos grandes pensadores, incluso anteriores a la teoría marxista, como el Padre Félix Varela y Morales (1788-1853) fueron no dogmatizar la ideología, sustituyendo la concepción del hombre como objeto de objetos, por el fomento de la ética de las virtudes, que transforma el pragmatismo-utilitarismo en el cultivo del alma, la formación corporal (mente sana en cuerpo sano), intelectual (los conocimientos), emocional (los sentimientos), volitiva (la voluntad) y trascendente (la espiritualidad). De esta forma puede ser sustituida la manipulación o utilización del hombre como sujeto pasivo, por un ser psicosocial integrado a los costos y beneficios de las revoluciones tecnológicas que vive la sociedad contemporánea, en sintonía con las dosis elevadas de libertad y responsabilidad que se requieren.

La ideología no puede entenderse como un mecanismo de cerrazón de las libertades individuales o una única concepción utilitarista del hombre como ser meramente biológico. Los daños que han ocasionado estas concepciones son tangibles, sobre todo en sociedades donde los modelos del marxismo-leninismo han sido replicados a la vieja usanza y se han realizado experimentos sociales con alto costo para la salud del alma de los pueblos. Al respecto el Papa polaco nos decía: “Quizás una de las debilidades más llamativas de la civilización actual esté en una adecuada visión del hombre. La nuestra es, sin duda, la época en que más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo paradójicamente, es también la época de las grandes angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del relajamiento del hombre a niveles insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes”.


  • Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
  • Licenciado en Microbiología.
    Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
    Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
    Responsable de Ediciones Convivencia.
    Reside en Pinar del Río. Ver todas las columnas anteriores